En la previa de los Juegos Olímpicos de la Juventud no se sabía cuánto público argentino concurriría a ver los distintos deportes y cómo alentaría.

“Dale que tienen miedo”

Joaquín Arias

28 DE MARZO DE 2018

Si el olimpismo fuese una persona, viviría en soledad en su propia ciudad, los cinco anillos serían su rostro, los atletas su columna vertebral, el fuego sagrado sus brazos, los voluntarios sus pies y el espíritu olímpico, que no se ve pero permite que resalten los valores intrínsecos de la amistad, el respeto y la excelencia, su corazón.
En la antesala de Buenos Aires 2018, una de las mayores incógnitas era si el público argentino estaría preparado para abandonar su versión de todos los fines de semana en una cancha de fútbol -o la que aparece con menos frecuencia pero similar potencia en las series de Copa Davis- y no traicionar esa filosofía. Con el diario del día después, es prudente afirmar que los terceros Juegos Olímpicos de la Juventud latieron al ritmo de la cordura y la educación en las tribunas, sin jamás carecer de vigor y calor.
Queda excluido el encuentro de semifinales del futsal ante Brasil, claro. Porque cuando rueda una pelota y en frente hablan portugués, pareciera que ser efervescente y hacer sentir la localía siempre debe caminar de la mano de la agresión y la denostación, cualquiera sea el contexto. Aunque quedarse con este episodio, un lunar entre la pulcritud, sería injusto.
Rebobinemos la película, entonces, hasta el 14 de octubre, el domingo en el que todo se definía en el tenis. Aquella jornada fue una prueba contundente de la estatura de las masas albicelestes: luego de aplaudir de pie durante alrededor de un minuto a la eslovena e ignota Kaja Juvan, campeona en individuales femenino, y despedir con cordialidad a la subcampeona gala Clara Burel, el aliento mesurado hacia Sebastián Báez y Facundo Díaz Acosta, quienes dirimían el oro ante el búlgaro Adrian Andreev y el australiano Rinky Hijikata, fue el tiro ganador por excelencia.
Previo a un saque de Andreev, un alarido tímido afloró entre el silencio del Buenos Aires Lawn Tennis: “Dale que tienen miedo". De inmediato y espontáneamente esa voz fue silbada y callada. El comentario se esfumó como el polvo de ladrillo en el aire cuando sopla una brisa de viento. Fue el único grito resonante agrediendo lo ajeno y no en favor de lo propio. Quizá haya cooperado el resultado (los argentinos nunca estuvieron más de un game abajo en el score) pero el “público a la europea”, ese que tanto se venera, tampoco falló en la catedral del tenis nacional.
Dale que tienen miedo. Definitivamente quienes temieron saltar a la escena durante casi todos los 12 días de competencia fueron aquellos que en nombre de una presunta argentinidad incurren en el desprecio y la afrenta. Cuando quisieron figurar no fueron bienvenidos. Los “Juegos de la gente”, como los bautizó Carlos Retegui, fueron los Juegos del espíritu olímpico, ese protagonista que pudo haberse ausentado pero que, desde Argentina y para el mundo, vociferó bien fuerte "acá estuve".

Si el olimpismo fuese una persona, viviría en soledad en su propia ciudad, los cinco anillos serían su rostro, los atletas su columna vertebral, el fuego sagrado sus brazos, los voluntarios sus pies y el espíritu olímpico -que no se ve pero permite que resalten los valores intrínsecos de la amistad, el respeto y la excelencia- su corazón.

En la antesala de Buenos Aires 2018, una de las mayores incógnitas era si el público argentino estaría preparado para abandonar su versión de todos los fines de semana en una cancha de fútbol -o la que aparece con menos frecuencia pero similar potencia en las series de Copa Davis- y no traicionar esa filosofía. Con el diario del día después, es prudente afirmar que los terceros Juegos Olímpicos de la Juventud latieron al ritmo de la cordura y la educación en las tribunas, sin jamás carecer de vigor y calor.

Queda excluido el encuentro de semifinales del futsal ante Brasil, claro. Porque cuando rueda una pelota y en frente hablan portugués, pareciera que ser efervescente y hacer sentir la localía siempre debe caminar de la mano de la agresión y la denostación, cualquiera sea el contexto. Aunque quedarse con este episodio, un lunar entre la pulcritud, sería injusto.

Rebobinemos la película, entonces, hasta el 14 de octubre, el domingo en el que todo se definía en el tenis. Aquella jornada fue una prueba contundente de la estatura de las masas albicelestes: luego de aplaudir de pie durante alrededor de un minuto a la eslovena e ignota Kaja Juvan, campeona en individuales femenino, y de despedir con cordialidad a la subcampeona gala Clara Burel, el aliento mesurado hacia Sebastián Báez y Facundo Díaz Acosta, quienes dirimían el oro ante el búlgaro Adrian Andreev y el australiano Rinky Hijikata, fue el tiro ganador por excelencia.

Previo a un saque de Andreev, un alarido tímido afloró entre el silencio del Buenos Aires Lawn Tennis: “Dale que tienen miedo". De inmediato y espontáneamente esa voz fue silbada y callada. El comentario se esfumó como el polvo de ladrillo en el aire cuando sopla una brisa de viento. Fue el único grito resonante agrediendo lo ajeno y no en favor de lo propio. Quizá haya cooperado el resultado (los argentinos nunca estuvieron más de un game abajo en el score) pero el “público a la europea”, ese que tanto se venera, tampoco falló en la catedral del tenis nacional.

Dale que tienen miedo. Definitivamente quienes temieron saltar a la escena durante casi todos los 12 días de competencia fueron aquellos que en nombre de una presunta argentinidad incurren en el desprecio y la afrenta. Cuando quisieron figurar no fueron bienvenidos. Los “Juegos de la gente”, como los bautizó Carlos Retegui, fueron los Juegos del espíritu olímpico, ese protagonista que pudo haberse ausentado pero que, desde Argentina y para el mundo, vociferó bien fuerte "acá estuve".

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