Gustavo Picate tiene 46 años y desde hace 40, es un judoca que ha ganado tres títulos del mundo como veterano. Enamorado de su especialidad, le dijo a El Equipo que se pudiera vivir de ella, lo haría sin dudarlo un segundo. "Mas que un deporte, es un estilo de vida" reconoce sin dejar de entrenarse un solo dìa en su casa.    

"El judo me da alegría"

Nicolás De Mónaco

28 DE MARZO DE 2018

A los 8 años fue a un pediatra que le recomendó hacer actividad física. Se lo dijo como a cualquier chico de esa edad. Dío la casualidad de que tenía un compañero que practicaba judo en River. Lo fue a ver y terminó fascinado. Decidió que ese arte marcial era su vida. “River fue el primer club que representé y hace 40 años que no paro de entrenar”, relata Gustavo Picate, un veterano judoca multicampeón que ahora tiene 46 años.

Desde sus primeros pininos en el judo entendió que no le iba a dar un sustento para vivir. Entonces decidió no dejar el estudio e ir a la Universidad Argentina “John F. Kennedy”. Así fue como consiguió un título de Licenciado en Publicidad. Por aquella época comenzó a trabajar como empleado bancario con cargo de Asistente y atendiendo a clientes prendarios.

“Me gusta mi trabajo, pero el judo me da alegría”, dice el judoka. Siempre pensó que si pudiera vivir del judo, lo haría sin dudarlo un segundo. Pero en Argentina es una utopía. El judo “es más que un deporte, es un estilo de vida”, asegura. El arte marcial inculca disciplina, orden y tradición. El judo es un deporte muy técnico y díficil de entender y practicar.

“El cuerpo debe naturalizar los movimientos, no tenés tiempo de pensar como tirar al rival”, dice Picate. Con esa premisa, se entrena. A veces pasa dos horas repitiendo un movimiento para lograr esa naturalización. Es una forma de automatización. El sacrificio dio frutos cuando ganó una final clave en catorce segundos. Un instante fugaz, un rélampago, casi un abrir y cerrar de ojos. Fue la final del Campeonato Mundial de Veteranos de 2015 en Amsterdam contra el francés Jean Luc Garcia.

“Gané la pelea por ippon, con una llave que fue pensada para el final de la pelea”, explica Picate quien vió la oportunidad e instintivamente lo derribó. Derribarlo era un movimiento que no había sido planeado para ese momento de la lucha, era para el final.

Para cada una de las competiciones practica los ocho meses previos. “Son ocho meses duros, porque sabes que puede pasar cualquier cosa durante la pelea”, señala. Un combate dura en promedio cinco minutos y un solo movimiento puede decidir todo. Una de sus mayores frustraciones fue con la selección argentina. No logró clasificarse a los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. “Cuando quise planificar para Atlanta 1996 me rompí los ligamentos de las dos rodillas”. Representó, sin embargo, a Argentina en Panamericanos y abiertos de Estados Unidos.

Luego de esa dura lesión dejó de competir. Le devoraban todo su tiempo la universidad y el trabajo. Pero no dejó de entrenar. “Por suerte en 1998 surge la categoría Veteranos y mi maestro Enrique Denegri me ayudó a volver a competir”, dice agradecido. Es en esa categoría en la que explotó competitivamente siendo campeón del mundo en Atlanta 2009 contra el brasileño Frederico Guerra. Volvió a ganar en Montreal 2010. Y esos títulos hicieron que el Club Banco Nación, al que representa, lo tuviera en cuenta como profesor. “Yo soy como el ayudante de mi maestro, soy el segundo entrenador”, afirma Picate.

Con sus hijos en edad de empezar a practicar judo, se lamenta de que no compartan su mismo interés. Pero recalca: “Un deporte tienen que hacer, es como leer y escribir, indispensable”. La única interesada, aunque remotamente, en el mundo del judo es su hija más chica. “No es de machista, pero no quiero el judo como deporte para mi hija, es muy agresivo”, justifica.

Si bien la familia no comparte su pasión lo apoya en todo. “Tengo una lonita en casa y mi familia sabe que por dos horas al día entreno”, cuenta. Además, Picate apoya la incursión de la tecnología al judo. Recientemente apareció el streaming, que permite ver las peleas por internet. Picate admite: “Saber que mi viejo me estaba mirando me ayudó en esa final”. Como todo deportista amateur, resalta la importancia del apoyo familiar. Nunca hubiese podido llegar adonde llegó.

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