María José Granatto salió campeona con Las Leoncitas en el Mundial Sub 21 de 2016. En febrero de este año fue elegida como mejor jugadora juvenil del mundo. Hoy, busca consolidarse en la selección mayor.

Energía concentrada

Marianela Balinotti, Agustín Charriere, Valentín Cherny, Bruno Dupuy, Alfredo Malagón y Daniela Simón

28 DE MARZO DE 2018

Majo juega al hockey desde los 5 años, empezó en el Círculo Universitario de Quilmes, y desde el 2002 juega en Santa Bárbara junto a sus hermanas Mariquena y Delfina, y hasta hace unos meses también junto a Victoria, quien emigró a Rusia. Es que Evangelina y Marcelo, sus padres, siempre incentivaron en el hogar a la práctica del deporte.

Hoy, con 22 años se entusiasma con sus participaciones en clínicas de hockey, y espera que algún día la disciplina crezca y deje de ser un deporte elitista jugado por unos pocos, para que todos puedan practicarlo. "Hay nenas que juegan descalzas y se turnan los palos -comenta- porque les hace bien y lo disfrutan, pero me encantaría que lo puedan hacer con las herramientas que necesitan", sostiene.

Majo es la 11 del equipo, y por su contextura física, bajita, morocha, de piernas bien formadas, y de rodete, siempre de rodete, es fácil equivocarla con Delfina o Chuky como le dice ella. Pero es la capitana, y su palo, zapatillas y la cinta que luce en la pierna derecha son de un mismo color: magenta. En su antebrazo izquierdo tiene un tatuaje que refleja su compromiso con el hockey y con sus estudios, profesorado de educación física: "Disfrutar y hacerlo con pasión". Tiene cejas pobladas y sus ojos se achinan cuando sonríe. Pero en el momento en que empuña el palo se pone seria y se abstrae de todo aquello que pase a su alrededor.

Esa tarde de abril, en pleno calentamiento, está enfocada en eso y sólo intercambia una palabras con Agustina Hasselstron, su compañera del equipo platense Santa Bárbara. El sol no ha aparecido en todo el día, en la cancha de Pilar hace frío pero algunas comenzaron a sacarse el buzo o la campera para ponerse la camiseta: marrón y amarilla la de Belgrano, el local; blanca, verde y negra la de Santa Bárbara.

-¿Cómo estamos jugando?- pregunta una de las espectadoras que recién llega, y que al parecer pertenece al club local.

-Zafamos por una jugada de Majo al minuto y medio, que si entraba era un golazo, pero un golazo- responde una de las adolescentes que estaba sentada desde el comienzo.

Majo recibió la bocha por la derecha y corrió hasta la línea de fondo. Esquivó a toda aquella que se le cruzó en el camino. Se metió en el área y de revés marcó el primero. Se abrazó con sus compañeras y con su brazo por sobre los hombros de la 99, su hermana Delfina, trotó hasta mitad de cancha. “Ella es magia pura, es mágica”, comenta Delfi.

Terminaron los primeros 35 minutos y en la segunda parte Majo volvió a demostrar por qué en febrero de este año fue elegida como la mejor juvenil del mundo. En mitad de cancha, observaba cómo una compañera suya avanzaba con la bocha por el carril izquierdo. Seria, casi sin pestañear. Arrancó a correr a la par y se frenó sin dejar de mirar a su compañera. Volvió a correr, y cuando se dio cuenta de que había perdido la marca, le pidió la bocha con un “¡Sí, dale”. Siempre habla dentro de la cancha, dice “vamos, vamos” y reacomoda las piezas: que hay que ser más agresivas, que ponete adelante, que para atrás, que andá para la derecha.

Su grito alertó a quien llevaba la bocha, que inmediatamente se la pasó. Majo recibió y la cuidó. Parecía ser que tenía una especie de magnetismo con su palo. Corrió, pasó la última línea de 22 metros, una defensora se interpuso en su camino, pero logró superarla. Otras dos jugadoras la cruzaron, pero las eludió y se metió en el tumulto de jugadoras, palos y piernas que había en el área. Se acercó lo más que pudo y le pegó. La arquera la tocó. La bocha había quedado muerta y blanda en el área, como si se tratara de una pelotita de goma. El gol fue de María José Larraín.

Todo estaba encaminado para que Santa Bárbara ganara por 2 a 0, pero en la búsqueda del tercero, llegaron dos tantos de Belgrano: estaban empatados y el tiempo se terminaba. Majo arrancó corriendo como un torbellino a toda velocidad con posesión de la bocha, pero esta vez la defensa pudo quitársela, ¡Por qué! Era un manojo de desespero, una búsqueda constante. "Para qué se la di yo, de gusto", mientras giraba sobre su propio eje. Estaba desconcertada, cada vez que arrancaba sus posibilidades quedaban truncas. Fiel a sus apodos, era un Demonio lleno de Furia. Es que Majo admitió ser bastante calentona, y contó que Pilar Campoy fue la autora de sus seudónimos. Todo nació en un torneo en el que tuvo problemas con un ascensor, y tras haber bajado los largos y tediosos pisos caminando, su cara se transformó. Pero se enoja, porque siente que es la primera que tiene que salir para luchar, para revertir el resultado. Su único objetivo es ayudar al equipo. Finalmente, el partido terminó en empate.

Algunas jugadoras ya habían terminado sus ejercicios de elongación y se habían ido a las duchas. El frío calaba hondo en los huesos, pero Majo se quedó hablando con un integrante del cuerpo técnico, pareció no haber quedado conforme.

Ignacio Salas, que jugó en la selección masculina, ahora dirige técnicamente a Santa Bárbara. Le dice Negrita a todas sus jugadoras, sin importar quién sea, y con las manos en los bolsillos en la mitad de la cancha aclara que Majo está hecha de fortalezas. “Es la referente principal del club, es la capitana, es la líder deportiva, es eso, multiplicado por diez”, comenta. En Santa Bárbara, las más chicas la tienen como ídola a Majo y la esperan a la salida de cada entrenamiento para sacarse una foto. Ella se levanta a las 5, viaja hasta el Cenard para entrenar, vuelve, cursa, va al club (para volver a entrenar) y se frena para sonreír, para que sus seguidoras se lleven un recuerdo.

***

"Es la primera en llegar y la última en irse”. Todo aquel que la conoce lo deja en claro: Ignacio, Agustina y Rocío Sánchez Moccia. Sale de su casa en La Plata, donde vive con su familia, dos horas antes para el entrenamiento con Las Leonas, que usualmente es en el Cenard, pero que a veces, como en la semana del 19 de abril, se traslada a San Fernando, por lo que en esos días sale un rato antes. Por eso cuando dice estar cansada y que se levanta "muy temprano", estira con énfasis la u. No se permite estar retrasada, si hasta en el entrenamiento de ese jueves había llegado con 40 minutos de anticipación. Aunque su día anterior terminó pasadas las 23, después del entrenamiento con su club, se prepara mentalmente para dar el máximo. "Ya habrá tiempo para el descanso -dice-. Por eso, intento dar todo".

Siempre hará reír a los demás, y si entra en confianza como cuando le tocó compartir habitación con Rocío, será muy simpática, pero a la hora de entrenar se pone seria.

El sol realzaba el azul de la cancha de San Fernando, unos metros hacia la izquierda los socios jugaban al tenis. El cuerpo técnico había dispuesto un partido dividido en cuatro cuartos con ejercicios físicos en los entretiempos. Majo se secó el sudor de la cara estirando la parte de arriba de su remera azul y comentó: “Te mata, pero está bueno”. Volvió a ubicarse en cancha para reanudar el partido, corrió, se metió entre dos, le pegó al arco, pero falló. Pero siguió intentando, aunque se trate de un simple entrenamiento.

Su barra de energía nunca está en rojo, y siempre tiene una reserva para cuando más lo necesite. “Desde los selectivos de las Leoncitas que demuestra la entrega y el sacrificio para llegar a ser lo que es hoy. Su presente no es casualidad”, comenta Agustina, que tiene miradas cómplices con Majo que desatan risas interminables.

Eran las 11, Majo acomodó su bolso, saludó a sus compañeras y se subió a su auto. Quizás Lisandro Aristimuño la acompañará por la ruta en su viaje de regreso.

Delfina resume la vida de Majo a la perfección: “Ella ama el hockey el hockey la ama a ella”.

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