Cuando la realidad supera a la ficción. Un casino, un club de amigos, un dueño gordo y transpirado y un puesto de gerente vacante.

AFA

El casino de la calle Viamonte

Germán Trucchi | @gtrucchi

28 DE MARZO DE 2018

El reloj marca las 4.38 de la madrugada. Buenos Aires duerme casi en su totalidad, excepto en calle Viamonte. Allí la noche está en su máximo nivel de gente en lo que va de la semana, el mes y hasta quizás el año.

El casino, la gran atracción de la sociedad, está desmejorado, pero se llena igual.

Tres personas miran cómo un gordo visiblemente transpirado, con cara de agotado y vestido de chomba azul con un escudo en la parte superior izquierda, gira la ruleta.

Uno es flaco y de pelo corto y negro, otro tiene rulos y un lunar arriba del labio que lo distingue por sobre el resto. El último, pelado, cara de malo y con el overol gastado, espera un paso detrás.

El casino es un movimiento constante de billetes, rosca y chusmerío. Al fondo a la derecha juegan al póker. Dicen que ese salón es privado. Es de un club de amigos que viene hace años al mismo lugar, al mismo casino, aunque hace poco cambió de dueño. Falleció Il Capo, lo quisieron salvar los socios, pero votaron y empataron. Un lío bárbaro. Llegó un tipo que mandaron del ente de casinos europeos, quiso normalizar la situación, no pudo y se fue. Ahora apareció éste, gordo, transpirado, con poca pinta de dueño de casinos.

El puesto de gerente general, del que lleva la batuta, está vacante. Probaron con estilos diferentes: conservadores y obsesivos al juego, pero ninguno funcionó. Pero el casino sigue en pie porque quiénes van son ludópatas. Adictos. Necesitan descargarse y lo utilizan para ahogar penas o para descorchar alegrías.

Ya son las 5.27 de la madrugada y la ruleta está parada desde hace varios minutos. El dueño tiene problemas para pagarles a sus ex gerentes generales, quienes fueron despedidos por no lograr los objetivos planteados. Se la pasa de reunión en reunión y el juego queda en segundo plano. En la prensa no cae bien. Hablan más de dinero que del juego. Y no sirve. Es un casino. El dueño quiere llenar tapas de diarios con tácticas de blackjack y el enigma de las maquinitas; no con el dinero que perderán por rescisiones de contratos. Para colmo a los adictos no les gusta ver caras distintas tan a menudo. Dicen que no hay un proyecto, un estilo de casino, se quedan sin guía. Pero los del póker siguen yendo. A la misma mesa; al fondo a la derecha.

Entonces, con el paso de los gerentes y la falta de respuesta de mando del gordo transpirado, la gente cuestiona a los que juegan al póker. “¿Por qué siguen viniendo ellos, acaso no ven el lío que es esto?”, dicen en una de las esquinas laterales del casino, cerca del baño de mujeres. “Que den una mano en lo organizativo o que esa sala deje de ser privada, que vengan otros”, menciona un cuarentón mientras señala a un enano morocho de barba, un As del póker. Como si de ellos se trataran todos los males y la debilidad en la construcción de un espacio.

Mientras, la ruleta sigue sin girar. Pero el flaco de pelo corto y negro lo mira al del rulos y lunar de manera cómplice. El flaco fue un jugador sin pena ni gloria en su otra vida. El del lunar fue un crack, cuenta la leyenda que supo ganarle a las maquinitas con su habilidad. “Ojo con este que gambetea hasta las sillas”, tira una señora al pasar mientras retira su premio de la noche. El cara de malo es eso. Un pelado reacio, cuasi molesto constantemente. O es lo que nos quiere vender.

Cansado de las negativas de gerentes generales de los mejores casinos del mundo; Madrid, Londres, el muy coqueto de Núñez, el gordo transpirado hace una jugada arriesgada y gira la ruleta con solo tres personas apostando. Ninguno experta en el tema, incluso son poco habitués de los casinos, al flaco de pelo corto y negro lo llevó un pelado que fue gerente general que empezó como vencedor y terminó vencido. Como si de una especie de manotazo de ahogado se tratara, para que el gordo transpirado pueda lograr que la prensa lo deje tranquilo, la gente siga yendo al casino sin quejarse y por fin poder acomodar las cuentas de tantos contratos acumulados. Porque, ¿cuánto le puede salir este gerente general, de experiencia nula?

Mientras giraba la bola en la ruleta el tiempo se detuvo. Varios del club de amigos decidieron irse de su salón privado antes de saber en qué casillero iba a quedar. Algunos seguirán jugando en casinos locales en las ciudades que les hacen de hogar.

Y después de girar; la bola frenó en un casillero que apenas tenía dos fichas. El gordo se secó la transpiración de la cara con la remera. La jugada le había salido.

El flaco de pelo corto y negro esbozó una sonrisa.

El del lunar entendió lo que pasaba.

El pelado con cara de malo se encogió de hombros.

La suerte cayó de su lado.

¿Estarán preparados?

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