Maradona desembarcó en Sinaloa para dirigir a Dorados. Su alo hace recordar a las deidades de hace cuatro mil años.

La llegada del nuevo dios zurdo a México

Franco Sommantico

28 DE MARZO DE 2018

En el México antiguo, en Coatepec, la montaña sagrada, una mujer admirable, Coatlicue, la de la falda de serpientes, hacía penitencia barriendo un templo cuando de pronto una bola de plumas cayó del cielo. Coatlicue la colocó en su seno y de esta manera quedó embarazada.

Cuando sus hijos, los Cuatrocientos Surianos, se enteraron de este gesto decidieron, celosos, vengarse. Partieron de la ciudad en la que vivían para matar a su madre. Coatlicue se refugió en la montaña, asustada, y esperó, sentada, a que le llegara la muerte. El colibrí zurdo, que todavía no había nacido pero ya tenía nombre, intentaba tranquilizar a su madre prometiéndole que todo iba a estar bien. Y como toda buena historia, ésta también tiene un traidor. Resulta que uno de los Surianos, Cahuitlicac, en un momento dado se apiadó de su madre y de su hermano y les pasó información acerca de los lugares a los que iban llegando los Surianos. Para cuando los Surianos arribaron a la montaña donde se refugiaba su madre, el colibrí zurdo ya era un fuerte guerrero. La historia habla de plumas de águilas, dardos, y lanzas. Dice que el colibrí pintó su cara con franjas diagonales y que sobre su cabeza fijó plumas finas; y dice que sobre uno de sus pies, el izquierdo, llevaba una sandalia también cubierta de plumas.

El desenlace es el que todos esperamos. El colibrí zurdo, con su arma letal, la serpiente hecha de teas, le cortó la cabeza a uno de sus hermanos y persiguió al resto de los cuatrocientos Surianos hasta matar a casi todos y obligar, a los pocos que quedaron con vida, a huir hacia el sur.

Hoy a Sinaloa está por llegar, casi cuatro mil años después, otro dios zurdo. Este no tiene ni plumas de águilas, ni dardos ni lanza. Su cara no está pintada con franjas diagonales y sobre su cabeza solamente hay rulos. No mató a ningún hermano ni le cortó la cabeza a nadie. Su única arma letal fue, ya no la serpiente hecha de teas, sino una pelota y un par de botines.

Faltan pocos minutos para que el nuevo Dios zurdo baje del avión. Del otro lado de la puerta corrediza, decenas de fanáticos se amontonan y esperan impacientes. Los periodistas, que también vinieron de a decenas, acomodan sus cámaras, sus micrófonos, y terminan de chequear que todo esté en condiciones para cuando aparezca. Es el momento que todo México está esperando desde que Diego Armando Maradona anunció su salida del Dynamo Brest de Bielorrusia y dijo que se haría cargo de Dorados de Sinaloa. A lo mejor porque, cuando lo dijo, nadie creía que fuera posible. Nadie creía que fuera capaz de abandonar los veinte millones de dólares que le daban en Bielorrusia, su mansión y la vida de lujo para sumarse a un club de la segunda división de la liga mexicana, donde no va a ganar ni la mitad de lo que ganaba allá.

Pero hoy, ahora, en este momento, está a punto de suceder. Todos los medios de la ciudad están presentes. Nadie quiere perderse este acontecimiento histórico. Porque todo lo que hace, dice o toca Maradona pasa a ser, de un segundo a otro, histórico. Eso es lo que diferencia a las celebridades o los famosos de los Dioses.

El destino es Sinaloa, un estado ubicado al noroeste de México, conocido más que por sus logros deportivos por ser la ciudad madre de uno de los grupos narcotraficantes más grandes del mundo: El Cartel de Sinaloa -que hace unos años fue noticia porque su líder Joaquín “el Chapo” Guzmán logró fugarse por tercera vez, y de manera casi hollywoodense, de una cárcel de máxima seguridad.

En Sinaloa la gente estaba acostumbrada a celebrar, los domingos a la tarde, después del almuerzo y de la siesta, las carreras y los hits de Los Tomateros, el equipo de béisbol más popular del estado. Pocos hablaban de fútbol, casi nadie, y la idea de tener un equipo que representara al estado era una locura para todos menos para dos importantes hombres de negocios, que desde el momento en que lo concibieron supieron que lo iban a lograr.

Sus nombres son Valente Aguirre y Eustaquio de Nicolás; el primero, un empresario metido en el negocio de las franquicias y los clubes de fútbol; el segundo, el creador de Homex, una compañía que se encarga del diseño, la construcción y la comercialización de viviendas en México. Con mucha plata en los bolsillos y un sueño por realizar, el 9 de agosto de 2003 estos dos hombres fundaron el Dorados de Sinaloa Football Club.

Durante su corta vida deportiva este club vivió cosas tan grandes como el ascenso a la primera división en el 2004, y otras que los hinchas prefieren olvidar, como el descenso dos años después. Por sus equipos titulares pasaron jugadores importantes como el uruguayo Sebastián “El loco” Abreu, el argentino Ángel “Matute” Morales, el brasileño Pedro Iarley y el español Pep Guardiola. Algunos hinchas se llenaron la boca diciendo que eran el club que vio jugar por última vez a uno de los mejores técnicos de la historia –Guardiola descendió con el Dorados en el 2006 y anunció su retiro para volver a Madrid a terminar su curso como director técnico-. Hoy esos mismos hinchas van a poder decir, también, que tuvieron como técnico al mejor jugador de la historia.

El bullicio en el aeropuerto se hace cada vez más fuerte. Los fanáticos del Dorados empiezan a cantar “Oleeee ole ole ole, Diegoooo, Diegooooo” y por sus mentes deben estar recordando algunas de las batallas más memorables, como los dos goles a Inglaterra en el 86, en estas mismas tierras, cuando agarró la pelota en la mitad de la cancha y empezó a derribar ingleses como si fueran muñecos de trapo. Pero el nuevo Dios zurdo todavía no baja, se hace esperar, y mientras tanto hay que seguir escribiendo.

Allá por el 1400 A.C, cuando los hombres se vestían solo de la mitad hacia abajo, había un grupo de valientes llamados Aztecas que se disputaban los conflictos que surgían con los pueblos vecinos –tierras, tributo, controles comerciales- con una pelota de caucho que pesaba cerca de cuatro kilos en espacios de tierra delimitados por dos grandes muros de cal. Es el primer registro de un juego con pelota que se tiene en la historia. El objetivo del juego era sencillo, cada pueblo defendía un aro de piedra; el que embocaba la pelota ganaba. Lo complejo era lo que sucedía con el que perdía: además de perder las tierras los sacrificaban a los dioses. Una variante de este deporte se sigue practicando en Sinaloa: el ulama. La adrenalina de aquellos competidores, en donde perder significaba la muerte, no se compara a la que enfrentan los jugadores de ahora. De lado quedaron los sacrificios humanos a los dioses, está claro, pero el Ulama moderno -que se asemeja más a una vóley sin red en donde los jugadores deben golpear una pelota de goma con las caderas- sigue estando ligado a la tradición popular y es, de alguna manera, un puente que une el pasado de México con el presente. Imagino que muchos jugadores y periodistas ya se ilusionan con ver a Maradona practicando este deporte.

La gente empieza a gritar y su presencia ya se siente. Por la manga que une al avión con el aeropuerto viene, de una vez por todas, rodeado de seguridad y de personas cercanas a él, el nuevo Dios zurdo. La puerta corrediza se abre y entonces todos lo ven. Trae puestos unos anteojos oscuros, una gorra y una bufanda con el escudo de Dorados. Camina despacio, siempre erguido. Los de seguridad se desesperan por atajar las manos que intentan tocarlo, pero Dios sigue caminando. Los fotógrafos no dan abasto con sus cámaras, los flashes vienen de todas partes, los micrófonos aparecen por todos lados, la gente empuja, se golpean entre ellos, algunos se tropiezan, otros se escabullen, como si fueran ratas, para estar más cerca, y llega un momento en el que Dios está rodeado y ya no puede caminar más, entonces frena. Y cuando frena, todo, por un segundo, frena también. Los flashes desaparecen, los periodistas se quedan quietos, la gente deja de gritar y de empujar. El mundo deja de girar. Entonces llega, algo tímida, la primera pregunta. La expectativa es enorme; la ilusión, gigante. Maradona se acomoda la gorra, le da una vuelta más a su bufanda y empieza.

Y hasta acá llego, porque el nuevo Dios zurdo ha empezado a hablar.

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