A pesar de muchas veces ser invisibilizadas, las jugadoras logran imponerse para ser escuchadas.

El auge silencioso del fútbol femenino

Morena Beltrán

28 DE MARZO DE 2018

8 de abril de 2001. Boca y River se miden en la Bombonera por el Clausura. Juan Román Riquelme, luego de errar un penal y -en el rebote- convertir el gol, corre, abstraído, pidiendo pausa a sus compañeros. Se planta frente al palco de Mauricio Macri, presidente de Boca en aquel período, lleva ambas manos detrás de sus orejas y se queda, inmóvil. Con la misma quietud que aquel gesto, congelado, se transformó en un símbolo y se inmortalizó en el tiempo. El festejo del 10, que reclamaba una mejora contractual, reencarnó posteriormente en varias y varios futbolistas de diferentes clubes, países, etnias y nacionalidades.

17 años después de esta rebelión de Román -abril de 2018- el plantel completo de fútbol femenino, en la foto oficial previa al encuentro frente a Colombia por el cuadrangular de la Copa América, emula un Topo Gigio físicamente parcializado -llevan una sola mano por detrás de su oreja derecha- pero símil simbólicamente.

En Argentina, convivir con los extremismos es algo cotidiano. Lo que raramente sucede es que estos se combinen. El futfem quebró esa máxima. Mientras el número de chicas que practicaba la actividad se multiplicaba, AFA, en lugar de tomar estos índices como trampolín, lo guardó vagamente bajo la alfombra. No obstante, luego de dos años de amateurismo y sin competencia oficial, el fútbol femenino regresó para nunca más volver a cesar. Y, lejos de retractarse ante a la adversidad, la enfrentan. Porque así se quieren: escuchadas, organizadas y, sobre todo, dejar de ser invisibilizadas.

Las jugadoras están en conflicto con la dirigencia argentina. “700 camisetas. 600 shorts. 200 pares de medias. 100 botines. 200 buzos. 200 pantalones. 100 camperas. 100 pelotas. 200kg de yerba. 60 termos. Un contenedor con carne. Y la Selección Femenina peleando por ropa del 2010, por un viático digno, por un poco de RESPETO”, se aquejaba Laurina Oliveros, arquera de la Selección, en su cuenta de Twitter, al enterarse del equipamiento que sus pares masculinos llevarían a Rusia 2018. A diferencia de ellos, las chicas no cuentan con un salario ni perciben premios. El único pago es un viático diario que, a fines de 2017 rondaba los 150 pesos por entrenamiento y 450 si tocaba viajar. “Estamos tratando cambiar de adentro para afuera porque de afuera no viene nada. Queremos ser escuchadas, cosas mínimas por lo menos. La Selección Argentina me parte el corazón, discutimos, pedimos cosas mínimas. Hay muchas de las chicas que dejan su trabajo para venir y estar acá. Están perdiendo cosas, realizan un gran esfuerzo. Llegan cansadas, mal comidas, pero siempre entrenan. Esas cosas en la Selección no pueden suceder. Hay veces que nos dan ropa XL, somos mujeres, estamos representando a nuestro país. Da mucha tristeza. No pedimos fortunas, pedimos que nos respeten y que nos cuiden”, lamentaba Soledad Jaimes, referente y goleadora del plantel, en diálogo con Página 12.

En este contexto, la disciplina crece como el pasto de un campo abandonado. Coexistir a partir de la desidia, algo que no puede continuar. Por el derecho a dejar de ser amateurs en un espacio de exigencia profesional. Por el derecho a contar con un proyecto dedicado y honesto que funcione desde las divisiones formativas. Por el derecho a contar con terrenos dignos para entrenar y competir. Por el derecho acceder a un vestuario apropiado. Por el derecho a la difusión y no a la omisión mediática. Por el derecho a un salario digno para vivir del fútbol y no desvivirse por él.

Despojar la cancha de estereotipos, apostar a la equidad y posibilitar a tantas chicas la libertad de elegir el fútbol como recurso de vida, porque así se quieren y así las queremos.

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