¿Era el pueblo argentino el que había tomado la escena o era la escena política la que se había devorado al pueblo?

A 40 años del Mundial 78

Federico Bairgian

28 DE MARZO DE 2018

Por multiplicidad de causas no existe una sola verdad que explique la relación entre futbolistas, el pueblo, el periodismo, la junta Militar y el Mundial de 1978. “Se efectuaron cientos de miles de pelotitas, calcomanías, llaveros, sin más que gastos para el Estado. No se podía cambiar sobre la marcha. Era un obsequio del gobierno para mostrarse políticamente”, dijo Carlos Alberto Lacoste, quien asumiría la vicepresidencia de la FIFA el 7 de julio de 1980. Los militares supuestamente habían heredado el emblema de mala gana. Pero el Mundial iba a llevarse a cabo en Argentina y para ello la creación del Ente Autárquico Mundial ‘78 fue fundamental.
Las campañas anti mundialistas principalmente de Francia, no solo por materia de derechos humanos sino también por intereses económicos, se contrarrestaron con algunos referentes como Joao Havelange, quien era en aquel entonces el presidente de la máxima entidad de fútbol a nivel internacional, (Cambio 16 de Madrid, 28/05/78): “Argentina es un poder económico. Produce petróleo, hasta el 86 por ciento de su consumo. Es el mayor exportador de carne en el mundo. Culturalmente hablando es la nación más avanzada de América Latina”, decía en respuesta a la posibilidad infraestructural de que el país no cumplía con los requisitos en tiempo y forma para la realización de la Copa del Mundo. También declaró en La Nación, el 14/10/75: “Las obras fueron licitadas, adjudicadas y comenzaron los trabajos en los estadios. Luego, las inspecciones irán dando la palabra, pero es solo cuestión de trabajar. ¿Violencia? Es más que lamentable pero es algo que sacude al mundo actual y no es exclusivo de nadie (…) Lo único que pienso es que la Argentina debe trabajar y no crear fantasmas”.
La junta militar supo aprovechar el fútbol como un espacio publicitario a nivel internacional y los discursos de los máximos referentes no eran más que mensajes directos a los emisores, casi sin intermediarios. Con el Mundial existía una polémica en los círculos de intelectuales acerca de irse o quedarse en el país. Para algunos, quedarse otorgaba más derechos de hablar que irse y mirar a la distancia. Para otros, irse había sido una necesidad obligada por las circunstancias, aunque no hubieran mediado amenazas, y no lo sentían como un “abandono del barco”. Algunos sostenían que era muy fácil hablar; otros argumentaban que desde afuera se sabía más y se podía hablar mejor. Lo cierto es que tanto los personajes públicos como los ciudadanos formaban parte de listas que se categorizaban desde Fórmula 1 a la 4, según el nivel de ideología marxista y que esa persona representaba.
El pueblo festejó en las calles. La celebración se puede apreciar en la película “La Fiesta de todos”, un documental que solo proyecta una parte “La fiesta” y no se pone en cuestión si realmente fue de todos. En el 78’ todos los jugadores del seleccionado argentino coincidían en estar exclusivamente enfocados en el objetivo de la Copa. El alrededor no era correspondido y la mejor forma de mantener la conciencia limpia dentro de un campo de juego, una redacción o un bar, era pensar y justificar con la palabra subversión. Pensando en todo o no, Johan Cruyff decidió negarse a participar, mientras que el resto del seleccionado holandés lo hizo. Por otra parte, Ronnie Helstrom, arquero de Suecia, expresó: “Fui por razones de conciencia moral”, respecto a la primera vuelta de junio que daban las Madres de Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada.
A 40 años del primer Mundial de Argentina, los recuerdos siguen generando discusiones. El 25 de junio de 1978 se agregó la primera estrella en el escudo de la selección albiceleste y una más en los trajes de los militares. Aún una parte de nuestra sociedad no acepta que la política y el deporte tengan relación y a días de una nueva Copa Del Mundo, con todo la unión y el fervor que eso genera en un pueblo, es fundamental recordar que ¡Nunca Más! se debe mirar por la tele antes que por la ventana y que ¡Nunca Más! nos podrán ocultar el terror con la gloria.

Por multiplicidad de causas no existe una sola verdad que explique la relación entre futbolistas, el pueblo, el periodismo, la Junta Militar y el Mundial de 1978. “Se efectuaron cientos de miles de pelotitas, calcomanías, llaveros, sin más que gastos para el Estado. No se podía cambiar sobre la marcha. Era un obsequio del gobierno para mostrarse políticamente”, dijo Carlos Alberto Lacoste, quien asumiría la vicepresidencia de la FIFA el 7 de julio de 1980. Los militares supuestamente habían heredado el emblema de mala gana. Pero el Mundial iba a llevarse a cabo en Argentina y para ello la creación del Ente Autárquico Mundial ‘78 fue fundamental.

Las campañas anti mundialistas principalmente de Francia, no solo por materia de derechos humanos sino también por intereses económicos, se contrarrestaron con algunos referentes como Joao Havelange, quien era en aquel entonces el presidente de la máxima entidad de fútbol a nivel internacional, (Cambio 16 de Madrid, 28/05/78): “Argentina es un poder económico. Produce petróleo, hasta el 86 por ciento de su consumo. Es el mayor exportador de carne en el mundo. Culturalmente hablando es la nación más avanzada de América Latina”, decía en respuesta a la posibilidad infraestructural de que el país no cumplía con los requisitos en tiempo y forma para la realización de la Copa del Mundo. También declaró en La Nación, el 14/10/75: “Las obras fueron licitadas, adjudicadas y comenzaron los trabajos en los estadios. Luego, las inspecciones irán dando la palabra, pero es solo cuestión de trabajar. ¿Violencia? Es más que lamentable pero es algo que sacude al mundo actual y no es exclusivo de nadie (…) Lo único que pienso es que la Argentina debe trabajar y no crear fantasmas”.

La Junta Militar supo aprovechar el fútbol como un espacio publicitario a nivel internacional y los discursos de los máximos referentes no eran más que mensajes directos a los emisores, casi sin intermediarios. Con el Mundial existía una polémica en los círculos de intelectuales acerca de irse o quedarse en el país. Para algunos, quedarse otorgaba más derechos de hablar que irse y mirar a la distancia. Para otros, irse había sido una necesidad obligada por las circunstancias, aunque no hubieran mediado amenazas, y no lo sentían como un “abandono del barco”. Algunos sostenían que era muy fácil hablar; otros argumentaban que desde afuera se sabía más y se podía hablar mejor. Lo cierto es que tanto los personajes públicos como los ciudadanos formaban parte de listas que se categorizaban desde Fórmula 1 a la 4, según el nivel de ideología marxista y que esa persona representaba.

El pueblo festejó en las calles. La celebración se puede apreciar en la película “La Fiesta de todos”, un documental que solo proyecta una parte “La fiesta” y no se pone en cuestión si realmente fue de todos. En el 78’ todos los jugadores del seleccionado argentino coincidían en estar exclusivamente enfocados en el objetivo de la Copa. El alrededor no era correspondido y la mejor forma de mantener la conciencia limpia dentro de un campo de juego, una redacción o un bar, era pensar y justificar con la palabra subversión. Pensando en todo o no, Johan Cruyff decidió negarse a participar, mientras que el resto del seleccionado holandés lo hizo. Por otra parte, Ronnie Helstrom, arquero de Suecia, expresó: “Fui por razones de conciencia moral”, respecto a la primera vuelta de junio que daban las Madres de Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada.

A 40 años del primer Mundial de Argentina, los recuerdos siguen generando discusiones. El 25 de junio de 1978 se agregó la primera estrella en el escudo de la selección albiceleste y una más en los trajes de los militares. Aún una parte de nuestra sociedad no acepta que la política y el deporte tengan relación. Y al disputar una nueva Copa Del Mundo, con todo la unión y el fervor que eso genera en un pueblo, es fundamental recordar que ¡Nunca Más! se debe mirar por la tele antes que por la ventana y que ¡Nunca Más! nos podrán ocultar el terror con la gloria.

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