Tiene apellido alemán, pero nació en Concepción del Uruguay hace 26 años. Tras haber debutado en 2010, el defensor de Gremio de Porto Alegre conquistó su segunda Copa Libertadores. En una charla íntima, el ex San Lorenzo cuenta lo que atravesó desde sus inicios hasta ser el jugador que es hoy.

De Ciudad Evita al mundo: Walter Kannemann, bicampeón de América

Rodrigo Vizcarra

28 DE MARZO DE 2018

Walter es un pibe de barrio. Humilde. Sencillo y que no le teme a la adversidad. Es familiero y, sobre todo, muy amigo de sus amigos. “Tengo recuerdos muy buenos de la familia y los amigos en Isabel La Católica. De jugar a la pelota en la playa de estacionamiento y de sentarnos a hablar de todo en la cabina del gas. Cada vez que tengo tiempo, vuelvo para allá”, admite quien pasó toda su infancia en Ciudad Evita.

La última vez que Gremio había jugado la final de la Libertadores había sido 10 años atrás y la perdió ante Boca. Lejos ya quedaba el recuerdo de la conquista de 1995 y, otra vez, los brasileños estaban ante la oportunidad de estampar su tercera estrella en el certamen. El rival era Lanús y tras haber ganado 1-0 en Brasil, el panorama para la vuelta era favorable. “Fue una previa muy disputada y difícil. Se vieron dos partidos muy intensos en donde cualquier mínima cosa podía hacer la diferencia. Habla de dos equipos que juegan a un alto nivel”, reflexiona Kannemann luego de consagrarse campeón.

-En toda la Copa, ganaron 10 partidos y empataron y perdieron dos, ¿cuál es la marca del equipo que dirige Renato Gaúcho?

-Es el trabajo en conjunto y el compañerismo. Tenemos buenos jugadores en el ataque y un grupo comprometido que cuando tiene que defender y buscar un resultado, lo hace. Nos adaptamos a los distintos rivales y tenemos las herramientas para contrarrestarlos.

-¿Qué diferencias notás entre el fútbol brasileño y el argentino?

-Los entrenamientos son muy parecidos. La diferencia es que acá son muchos partidos en el año y no es tanto el tiempo para entrenar, sino para recuperarse y llegar más entero al encuentro siguiente. Es un fútbol muy competitivo y físico. Hay que estar 100% preparado porque los jugadores son rápidos y muy fuertes, y jugar tan seguido, cualquier debilidad física te puede salir cara.

-¿Cuánto cambiaste desde tu debut hasta hoy?

-No mucho. Lo que sí me doy cuenta es que estoy más tranquilo. Uno cuando recién empieza tiene que demostrar todos los partidos y si no alcanza, hace que el jugador no tenga la calma para demostrar sus capacidades. Hoy juego tranquilo y pienso en cómo ayudar a mi equipo. Eso es lo que cambió

La historia de quien hasta la sexta de inferiores jugaba de volante por izquierda es de lucha y sacrificio: “Estuve un tiempo sin jugar. Tuve un crecimiento bastante rápido, me fisuré una vértebra y tuve que usar un corsé. Gracias a Dios, los doctores de San Lorenzo me ayudaron y lo solucionaron muy bien”.

Al finalizar el 2014, el Gringo pasó de Boedo al Atlas mexicano. Se salvó del descenso y fue campeón de un torneo local y de la única Libertadores del conjunto azulgrana. El hincha lo recuerda por el gol de la permanencia ante San Martín de San Juan, por su entrega y hasta por su particular manera de descargarse ante situaciones límites como, por ejemplo, romperse un vidrio en la cabeza antes del partido final con Vélez cuatro años atrás.

-La principal pregunta es, ¿por qué te fuiste de San Lorenzo?

-Llegó un punto donde uno hacía, daba, daba, daba y del otro lado no recibía lo mismo. Me fui porque creo que uno demostraba y no se lo trató como tenía que ser en el período de crecimiento. Tenía que pensar en mi futuro y tuve que emigrar al fútbol mexicano. No me sentía tapado, jugué de titular el Mundial de Clubes. Eran otros problemas.

-Con este presente, ¿ves muy lejana la convocatoria a la Selección?

-Uno siempre va a estar predispuesto y feliz si lo convocan. Voy a hacer el mejor trabajo posible y tratar de rendir para dejar a Gremio lo más alto posible.

-Si tenés que dedicarle un mensaje, ¿qué le decís al hincha de Gremio y al de San Lorenzo?

-Gracias. Me ayudaron y aportaron toda su confianza. Me han demostrado el cariño por lo que uno hace dentro del campo de juego. Ese agradecimiento de la gente no tiene precio.

Debajo del traje de ese zaguero duro, persistente y con alma de gladiador también está el vikingo que entre lágrimas y emocionado deja abierta la puerta para volver a vestir la casaca azul y roja del club que lo vio nacer: “Desde que me fui, nunca me volvió a llegar una propuesta. En algún momento uno quiere volver. Viví 15 años de mi vida ahí. Hice todas las inferiores, pasé todo lo que pasé y siempre el cariño va a existir”.

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