Ramón Cabrero fue el entrenador que puso la semilla, allá por 2007, para que este Lanús creciera: lo sacó campeón por primera vez del torneo argentino. Y, por las vueltas de la vida, se tuvo que ir un día después de verlo al Granate llegar a una final de Copa Libertadores. 

El Gallego ilusionista

Ines Lucía Vergottini y Federico Pintini

28 DE MARZO DE 2018

Creció el amor, se expandió por el barrio y el club. Las fronteras quedaron atrás, los aviones y planetas se tiñieron de color granate desde aquel nacimiento, ese 2007 se dispara hacia la eternidad en forma de una luz que envolvió a los hinchas, los encandiló hacia la divina gloria. Las copas se llenaron de rojo vino, una corona en cada cabeza y la tristeza sonrió, el mago hizo aparecer la ilusión en una Bombonera repleta de silencio.

Cálido diciembre. Sonaron los redobles de las almas, la victoria extendió sus brazos para cachetear a los años de sufrimiento y dolor. Nada era capaz de apagar las canciones entonadas que unificaban al granate que cobraba vida en los escalones de La Fortaleza en los cuales sonaban bombos como leones que rugían en cada grito de gol.

Tristes insomnios, un ACV, los demonios, la caída y la burla de la muerte, meses de agonía, tragos amargos, la espera desesperante porque un viaje sólo de ida esperaba. El alma partió de la tierra, un viaje que trajo y una aguda tristeza.

Su risa sacará el dolor y aplacará las heridas con el hechizo que dejó en cada esquina de la zona sur del Conurbano. Las penas morirán, llegó una noche ciega, para quedarse y parir hijos pródigos del sol.

Dejar lo agrio por miel, alzar de nuevo la copa, esta vez para brindar por su alma, por Lanús, por Ramón Cabrero.

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