Hinchas y periodistas les ponen palabras a sus emotivos sentimientos sobre la hazaña de Racing que vieron con sus propios ojos, hace ya 50 años.

Yo estuve ahí

Javier López Ezcurra (@javi_lopez96) y Santiago Ferrer (@santiagomferrer)

28 DE MARZO DE 2018

Ginés González García fue uno de los pocos privilegiados en asistir nada menos que al encuentro de ida, en Glasgow, en el que Racing cayó por 1-0. El ex Ministro de Salud de la Nación se encontraba de intercambio de estudios en París y no dudó en viajar unos kilómetros hasta la mayor ciudad escocesa para ver al club de sus amores. ”Tenía 21 años, recién me había recibido. Estaba en Francia y me agarró la locura por ir. Tomé el tren a Londres y seguí hasta Glasgow. En la cancha éramos muy poquitos, no más de 20. Cada vez que el Panadero Díaz levantaba por el aire al Colorado Johnstone temía que se desquitaran con nosotros. Era un equipo que te daba confianza hasta perdiendo 2 a 0. Generó una épica a nivel mundial. Días después tuve que llamar a casa para saber si Racing había salido campeón”.

Simplicio Vázquez tiene 74 años. Fanático de la Academia desde que nació, como él mismo destaca, siempre anda dando vueltas y hace algún que otro favor que le piden en el club. En la década de los 70 fue coordinador de juveniles. Pasaron presidentes, técnicos y equipos, pero él sigue caminando los pasillos de su amado Racing. Justamente equipos. Hubo un solo equipo que quedó inmortalizado en la retina de Simplicio: El equipo de José. Fuaah… era una cosa… Tenías a Rulli que siempre la peleaba, Martin se rompía el lomo. Eran una máquina. Todos laburaban parejo. Nunca vi un equipo igual”, confiesa.

Cuando surgió el partido definitorio entre Racing y Celtic, Simplicio no dudó en ningún momento en cruzar el charco y alentar a sus amados colores en Uruguay. “Yo trabajaba en la Usina del Arte. Fui con unos compañeros, sacamos los pasajes en la empresa 33 Orientales y nos fuimos. Teníamos la entrada incluida”, recuerda. “Cuando bajamos del barco los uruguayos nos empezaron a tirar piedras. Estaban con los del Celtic. Entramos a la cancha y había un muchacho que vino con nosotros pero no sabía nada de fútbol. En vez de mirar la pelota miraba las piedras que volaban. Nos maltrataban hasta en la calle!”.

Carlos Ulanovsky es periodista, docente e historiador. Pero sobre todo aficionado de Racing. “Yo viaje como hincha”, aclara. “Ya trabajaba de periodista en Confirmado, desde el 64. Tenía 24 años, era muy joven. Fui con un amigo y compañero de trabajo, Carlos Tarsitano. Sacamos una promoción que la entrada estaba incluida en el pasaje de la compañía uruguaya Pluna. Gracias a una gestión de la revista me pude meter en la bancada de periodistas”, admite. La casi tragedia aérea del Equipo de José en un viaje a Medellín aún seguía latente y para Ulanovsky resurgió en forma de pesadilla: “A la vuelta llegando a Buenos Aires, el cielo se encapotó muchísimo y hubo una tormenta tremenda. El avión se bamboleaba de un lado para el otro y yo pensé que se caía. En ese momento creí que las felicidades no son eternas. Miré para atrás y estaba José María Muñoz. Ahí tuve un rapto de pensamiento mágico y me dije: “'Si viaja el Gordo Muñoz este avión no se puede caer'”.

Y continúa Ulanovsky: “Ese día hubo 25 mil hinchas de Racing en la cancha. Los uruguayos estaban todos en contra porque habíamos eliminado a Nacional en la Libertadores. Estaban con los escoceses. Racing salió al campo de juego con una bandera uruguaya como para ganarse un poquito al público pero no sirvió. Recuerdo la salida de la cancha cantando y celebrando el triunfo. El recibimiento de los uruguayos fue una gran hostilidad. Los 25 mil hinchas de Racing gritaron a más no poder. No había muchos hinchas del Celtic, claramente eran casi todos uruguayos. Como si las volcase en una revista o un periódico, sus palabras narran con elegancia la distinción de los dirigidos de Pizzuti: “Era un equipo extraordinario, con un funcionamiento perfecto. Por algo tuvo un récord de 39 partidos invictos. Tenían una vocación ofensiva que pocas veces la vi. Todos atacaban. Hacían goles Perfumo, Basile, el Panadero Díaz… Prácticamente todos los que entraban se acoplaron al equipo. Eran muy sólidos. Fue el gran momento del técnico. Daba satisfacción verlos”.

“Mi vida iba al compás de Racing”, confiesa Lito Trabes, de 70 años y fanático de la vereda albiceleste de Avellaneda. Trabes pudo viajar hacia Uruguay gracias a que un amigo -Horacio Ascacibar- le prestó el dinero necesario para el pasaje y para el ticket del partido. Describe al encuentro en el Centenario como una brillantez, tanto por el clima que se vivía en Montevideo como por tener la oportunidad de ver al club de sus amores en una final de Intercontinental. “Tuvimos que salir camuflados porque hubo problemas bastantes graves”, admite Trabes con aún un poco de temor en sus palabras. “Algo que me quedó grabado patente y que me emocionó mucho es cuando, al terminar el partido, la hinchada argentina se puso a cantar el himno”, expresa Trabes con emoción, al punto de aguantar las lágrimas. Sin embargo, no todo le salió redondo: “Lo que me queda como mal recuerdo es no poder estar en Argentina para festejar. Fue una locura el Cilindro”, se lamentó.

Carlos Rodríguez Duval es un periodista de vasta trayectoria. Cubrió el partido para La Prensa. “Viajé con un fotógrafo, no me acuerdo su nombre. Fuimos en un avión de Austral. En esa época a los periodistas nos hacían un 50 por ciento de descuento. Íbamos a todos lados. Había muchos hinchas de Racing pero también público local que apoyaba al Celtic. Hubo algunos incidentes pero yo no me detuve. La Prensa tenía una corresponsal a pocas cuadras del estadio, escribí todas las notas desde ahí”.

Ese equipo, cuenta Duval,se caracterizaba por ser muy ofensivo, muy audaz, encarador. Pizzuti agarró un equipo que estaba muy mal. Se constituyó con un reordenamiento de jugadores valiosos que no estaban afianzados en primera. Intentaba acorralar al rival, no había una figura individual predominante; Perfumo era un señor… Basile imponía su presencia temerosa y ganadora. Maschio le agregó pausa y orden”.

Son recuerdos, imágenes, sonidos y sensaciones que quedan almacenadas en las memorias y retinas de algunos de los 25.000 hinchas argentinos que tuvieron la posibilidad de ver ese partido y ese instante en vivo. Sin lugar a dudas, por cómo se llegó al resultado y por lo que significó para la época es una de las primeras páginas gloriosas de todo el fútbol argentino.

Los relatos varían entre todos. No todos llegaron de la misma forma, no todos lo sintieron de la misma manera. Pero hay algo dentro del mundo fútbol que todos expresan del mismo modo: el gol. El zapatazo del Chango Cárdenas va quedar guardado en la memoria de los hinchas allí presentes. Es de esos recuerdos donde con tan solo un poquito de esfuerzo viajamos al lugar del hecho y vemos en el lugar donde nos encontrábamos, con quiénes estábamos, qué hacíamos y por qué. El autor de este grito era un delantero atrevido, rápido y con hambre de gol. Por eso dentro de un partido áspero y con poco fútbol, él fue el encargado de romper con la monotonía.

Ulanovsky recuerda: “Estaba en la mitad de la cancha, corrido un poquito hacia la izquierda. En el mismo instante que el Chango pateaba yo la vi adentro. Fue maravilloso. En definitiva fue un gol de otro partido porque fue muy duro el encuentro, sucio, hubo cinco expulsados. Esa Copa no nos la saca nadie. Son 50 años y yo sigo siendo tan fanático como entonces. Racing tiene la condición de alegrarme o arruinarme los fines de semana, según gane o pierda.

A Simplicio le brillan los ojos si habla de ese zurdazo histórico: “Cuando lo vi patear al Chango y vi que entró fue una cosa de locos. Yo estaba en el medio de la tribuna”, comenta. “Cuando volvíamos en el barco de vuelta era todo fiesta. Algunos estaban encima del piano. Era pura fiesta. Pero como volvimos más tarde nos perdimos los festejos de acá porque los jugadores fueron directo a la cancha. Fue una experiencia linda”, rememora. “Tenía una buena ubicación, vi toda la jugada. El gol fue terrible, cuando pateó me di cuenta que iba a entrar. Desde ese momento en adelante no pude parar de llorar”, cerró Trabes con orgullo.

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