Con buen juego y conquistas estableció su legado. Debutó a los 17 y hoy su imagen se ve reflejada en los muros del Pedro Bidegain. Con 36 años y con la insignia de ser el máximo ídolo, Romagnoli revive su carrera en un entrevista exclusiva con El Equipo.

La historia del ídolo en primera persona

Rodrigo Vizcarra

28 DE MARZO DE 2018

El ídolo. El emblema. El diez. El Pipi. Todo eso es lo que representa Leandro Atilio Romagnoli para San Lorenzo. Porque la vida así lo quiso y porque él se encargó de que fuese posible. A base de sacrificio y perseverancia, los éxitos le concedieron el lugar que hoy ocupa: el de ser el más querido, el más aplaudido y el más ganador de la historia del club.

“Me llena de orgullo todo el cariño que la gente me da cuando estoy dentro de un campo de juego o en la calle. Vivo en un barrio de muchos hinchas de San Lorenzo y eso me lo hacen sentir”, expresa Romagnoli.

Resulta inevitable que no lo amen, que no quieran abrazarlo, que no lo paren para pedirle un autógrafo y que no lo coreen cada vez que lo anuncia la voz del estadio del Nuevo Gasómetro. Y sí, como para no encariñarse con el que supo ganar desde torneos locales hasta la única Copa Libertadores y con el que estuvo en las más difíciles con la casaca azulgrana.

La historia comienza el 13 de diciembre de 1998 cuando Oscar Ruggeri lo hace debutar con 17 años frente a Racing. No sólo está el recuerdo en la mente del Pipi del día que ingresó con la camiseta 35, sino con el que lo vio en Franja de Oro y lo llevó a club de Boedo: “El Toto Berg fue a hablar con mis papás para que pueda ir a San Lorenzo. Es una gloria del club, que sacó muchos jugadores de la escuelita y de infantiles. Es ese momento que uno tiene presente y por el que siento admiración por él”.

Los títulos llegaron a partir de 2001. Con destacadas actuaciones, goles y gambetas, el Pipi fue campeón del torneo local, la Mercosur, el Mundial Sub-20 con la Argentina, y un año más tarde, de la Sudamericana. Baluarte de San Lorenzo y aclamado como ídolo a temprana edad, Romagnoli continuó su carrera en Veracruz y Sporting de Lisboa, donde conquistó cuatro copas con el elenco portugués.

Y un día se concretó el regreso del hijo pródigo. “Tuve la posibilidad de volver en 2009 y ni lo dudé. Los primeros años no fueron buenos porque el equipo no venía bien y en lo personal tampoco estaba de la mejor forma. Jugamos una maldita promoción donde nos pudimos quedar y de ahí en más, vinieron los momentos lindos”, rememora el diez.

Sin dudas, el momento más dramático fue en 2012 cuando San Lorenzo concretó su permanencia en Primera ante Instituto. Las alegrías llegaron a fines de 2013, al quedarse con un nuevo campeonato, de definición agónica en cancha de Vélez, en su segunda etapa en el club, y meses después con el mayor anhelo del pueblo azulgrana. Cuando se le pregunta qué le significó ganar la Libertadores en 2014, la respuesta es automática. “Sabíamos que nunca se había logrado esa tan ansiada Copa y que la gente la esperó por tanto tiempo. Ser parte de toda esa historia y poder levantar la Copa es lo mejor que me pudo pasar. Si bien lo soñábamos, sabíamos que era muy difícil. Son recuerdos que nunca se olvidan y a San Lorenzo le faltaba ese trofeo”, detalla el enganche.

-¿Y cómo es el día después de haber tocado el cielo con las manos?

-En esos días después de la gran final, todavía no caes. Recién ahora o por ahí más adelante nos vamos a dar cuenta de todo lo que generó esa Copa. Hoy, seguimos en actividad y lo vemos como algo histórico, que se ganó algo que el club nunca había ganado. A medida que pasen los años uno se va a aferrar y a tomar más conciencia de eso.

-¿Qué te acordás de Bauza?

-Recuerdo lo mejor. El Patón ya sabemos lo que significa para el club, por lo gran entrenador y persona que es. Quedó en la historia por lo que nos dio. Cuando uno lo ve dirigiendo, siempre hace fuerza para que le vaya bien.

No sólo los trofeos forman parte de la vida de Romagnoli, sino también las lesiones que le tocó afrontar. Fue operado seis veces de sus rodillas, jugó lesionado y siempre volvió. A pesar de los cuestionamientos, el Pipi esquivó el retiro, demostró que el amor por los colores trasciende los impedimentos y las barreras que su físico le puso. El mensaje es ése, el de no rendirse. El hincha bien claro lo tiene y él también valora los elogios: “Siempre agradecido. No tengo otras palabras, el hincha siempre me dio lo mejor. Todo el cariño que la gente me da trato de devolvérselo dentro de la cancha. Las veces que me toca estar, trato de rendir al máximo para demostrarles que todavía puedo jugar”.

Con 36 años, más de 380 partidos y 36 goles en San Lorenzo, el nacido en Villa Soldati reconoce cuánto cambió desde su debut hasta hoy: “Como persona no cambió nada, sigo siendo el mismo. Como profesional, sí. No tengo esa velocidad que tenía a los 20, pero tengo otra experiencia y otro recorrido dentro del campo de juego. Cambié porque uno sabe que pasan los años y no es el mismo. En ese momento jugaba de enganche, hoy de volante interno”.

Su contrato vence en junio de 2018 y si bien aún se ve como jugador, su futuro continuará ligado a lo deportivo. “La idea es ser técnico, que es lo que me gusta. Me tocaron entrenadores de la talla de Pellegrini, que dirigió a Real Madrid y a Manchester City, de Ruggeri, de Gorosito, que es un ídolo del club, del Bambino Veira, que es un histórico, y del Patón Bauza que ya sabemos lo que significa para San Lorenzo. Me dirigieron DTs muy buenos y me sirvió para agarrar experiencia para el día de mañana, que lo que quiero es ser entrenador. Lo voy a evaluar más adelante, todavía pienso como jugador”, finalizó quien lleva tatuados los rostros de sus padres e hijas.

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La entrevista completa

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