Entrevista íntima con Gabriel Rojas, el pibe de 20 años que debutó en la Primera de San Lorenzo en 2016, y que a los 18 le tocó ser padre. Le cuenta a El Equipo cómo es ser jugador profesional, cuál es su visión de la educación y cómo vive su paternidad.

“La escuela brinda armas propias y nos hace no depender de nada”

Stefania Vera y Daniela Simón

28 DE MARZO DE 2018

La humedad se adueñó del clima porteño, atravesando la Ciudad Deportiva de San Lorenzo, el entrenamiento vespertino acababa de finalizar. Entre la oscuridad, aparece el lateral izquierdo Gabriel Rojas vestido de joggin gris y con un botinero bajo el brazo. Cerca de los autos, afuera de la sala de prensa, se divisa un añejo cantero con ladrillos a la vista al cual la primavera lo había abandonado hace rato. Allí se sienta y da inicio a esta charla.

-¿Qué es ser jugador profesional para vos?

-Tanto adentro de la cancha como en mi vida privada ser una persona correcta. Saber lo que tengo que hacer para poder rendir en la cancha, tener un cuidado personal, y no hacer otras cosas que el día de mañana me lleven a lesiones.

Cuando empezó a caminar, el padre, un fanático empedernido, ya lo vestía con camisetas de fútbol. Rojas comenzó a jugar a los 7 años en un club de barrio al ritmo de su autorelato: “Ahí la lleva el Pipi (Romagnoli)”.

-¿El público tiene en cuenta que ustedes son una persona?

-A veces es duro, porque la gente no lo entiende, y la realidad es que seguimos siendo personas comunes y corrientes. Por ejemplo, yo con 20 años, quizás tendría que estar disfrutando de las cosas que hace un pibe de mi edad, pero no lo puedo hacer. Estoy haciendo lo que más me gusta, y entiendo lo que implica. Por jugar y tener que concentrar o entrenar me pierdo momentos con mi familia, como cumpleaños. Con mis amigos me sigo juntando, para comer o jugar a la play, pero dejé de jugar al fútbol con ellos, porque sé que me puedo lastimar. Cuando estoy con ellos soy uno más y lo disfruto. Están contentos por mí y me cuidan cada vez que voy.

A sus 18 años, Rojas recibió la noticia de que iba a ser padre. La felicidad fue completa recién un mes después del nacimiento de Bastian, que hoy tiene 6 meses. El pequeño estuvo internado en neonatología durante 30 días por un reflujo y pausas respiratorias. Cuando la palabra hijo se dispersa por el aire, sus ojos se tornan vidriosos y se llenan de lágrimas.

-¿Ser un jugador profesional y el nacimiento de tu hijo te hicieron madurar de golpe?

-Mi hijo es todo. Llegó en un momento que no me lo esperaba, yo todavía no estaba en Primera. Es lo más lindo que me pudo pasar y estoy agradecido de que esté bien. Ahora tengo alguien a quien enseñarle cosas. Si bien lo tengo a él y desde los 16 años soy profesional, uno no deja de tener 20 años. Pero a partir de ahí cambió todo, cambié la mentalidad porque tengo que ser responsable, empecé a cuidarme más y a pensar de otra manera.

-Siendo papá, ¿cómo ves a los padres en el ámbito del fútbol?

-A los hijos no hay que obligarlos a nada. Ellos tienen que hacer lo que quieran hacer. Jugar, estudiar, lo que sea. Pienso que para un padre lo importante es verlo feliz y sonreír.
Los padres viven el fútbol a mil y a veces le gritan “pateá, qué hiciste”. Ahí creo que cometen un error, la idea es que ellos sean felices y se diviertan, si le seguís gritando no va a querer jugar más. Si a esa edad el pibe tiene presión, no me quiero imaginar cuando le toque jugar en una cancha con gente.

-¿Retomaste la escuela?

-En su momento la dejé por la edad, de rebeldía, no quería estudiar más y mis papás me dijeron “hacé lo que quieras”, pero no les gustó la idea. Ahora me arrepiento porque ya podría haber terminado como mis amigos del barrio. Hace un tiempo, hablando con Fabricio Coloccini me comentó que hay un plan para terminarla. Me interesó, le pedí que me explicara cómo tenía que hacer y ahí arrancó todo. Me propuse terminarla, espero poder hacerlo. Los más grandes siempre me aconsejan que lea, que hace bien para relajarme. La escuela y el fútbol tienen mucho que ver, el mejor caso es el de las entrevistas: a veces se hace difícil responder sin tener estudios. Brinda armas propias y nos hace no depender de nada. Creo que si uno puede terminar la escuela, hacerlo sería lo mejor.

-¿Cómo es entrar a la cancha y que te rodeen miles de personas?

-Ahora se volvió algo normal, pero los primeros dos o tres partidos sentía ese cosquilleo en la panza, pensaba: “Que el primer pase me salga bien”. Se escuchan los murmullos y se busca que se hable bien de uno. Con el tiempo me fui soltando.

-¿Cuándo te relajas?

-Cuando estoy con mis viejos o mis abuelos, tomando mates. Con mi familia es cuando la paso bien y estoy relajado. El tema de las presiones es algo que trabajo con Ruben, el psicólogo del club, me apoyo mucho en él, me aconseja y siempre lo escucho. Mi papá también siempre me aconseja, me dice que mantenga la humildad, porque hoy se puede estar arriba y mañana allá abajo, y de ahí cuesta salir. De todas maneras, trato de pensar en el presente, no trato de pensar más allá porque me puede hacer mal y no me quiero marear sin darme cuenta.

-¿Sos feliz dentro de una cancha?

-En San Lorenzo soy demasiado feliz, es mi segunda casa. Disfruto adentro de la cancha, y mucho más cuando termina el partido y gano. Sé que es un juego, y se puede perder o ganar, pero cuando pierdo me voy a mil por hora, mi familia ya sabe que en el camino a casa no me tienen que hablar porque no quiero contestar mal. Estoy hace muchos años, conozco a la gente de inferiores, les tengo mucho cariño. A veces, voy a ver a los más chicos, a Reserva o a Novena, que es donde juega mi hermano. A él siempre trato de aconsejarlo para que vea que no es imposible llegar, con trabajo y humildad lo va a poder lograr.

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