Lejos de las luces y del negocio de la pelota, en Colonia Uriburu, Chaco, el fútbol sigue a salvo de los raros peinados nuevos y los botines de colores.

 

Fútbol en estado puro

Sofía Sinforiano

28 DE MARZO DE 2018

Colonia Uriburu es un pueblo olvidado en el norte argentino, en la provincia de Chaco. Muchos piensan que no existe, o que simplemente es un lugar triste, que no tiene las atracciones de las grandes ciudades, las luces, los ruidos ni una multitud. Aunque aquellos que tuvieron la posibilidad de ir aseguran que volverían otras mil veces. Sin embargo, el camino de tierra esconde sus secretos. Al caminar algunos kilómetros las familias que viven ahí reciben a las visitas con besos dobles y un largo abrazo. Con una gran sonrisa y unos ojos negros que son el reflejo de su alma, permiten que no sólo entren en sus casas, sino también que formen parte de su vida. Los niños pasan su tiempo entre alegrías y llantos, juegan en la tierra árida de esas zonas, donde la lluvia es una bendición.

El fútbol en Colonia Uriburu es especial, no existen canchas perfectas porque alcanza con dos palos o lo que esté más cerca para marcar lo que serán los arcos. Divertirse es lo que importa, saben que deben aprovechar la luz del día, porque al ponerse el sol, la única luz con la que cuentan es la de la luna, las estrellas brillando y las velas encendidas en sus casas de barro.

No existen malas palabras a la hora de jugar a la pelota, las canchas no cuentan con bandas laterales porque se corre hasta que la pelota desaparezca entre los pastizales, entre las gallinas o se pase el alambrado de un campo que, en épocas mejores, fue una parcela donde sus padres cosechaban algodón. Para los niños no importa si su pelota es la mejor, la que está a la moda, o la que usan los mejores jugadores alrededor del mundo. Lo importante es tener algo redondo que pueda patearse y llevarse empujándolo a la meta contraria.

Tampoco necesitan de botines, porque juegan con el único calzado que tienen y que muchas veces comparten con sus hermanos. Las habilidades de cada niño, adolescente o adulto que juega pasan a segundo plano, nadie se lleva todo los méritos. Los goles se celebran chocando las manos entre ellos y los más chicos corren para contarle a sus madres que, amamantando a sus hermanos, observan cómo sus hijos juegan.

Que bien están ahí, el fútbol es un entretenimiento. Si todos pudieran sentir la paz con la que se juega, se ríe y se disfruta comprenderían que eso es simplemente vivir.

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