Ignacio Bogino, jugador de Temperley, le cuenta a El Equipo sus opiniones acerca de la literatura, el dibujo, la música y la actualidad política del país.

Un defensor pintado al óleo

Juan Ignacio Saravia y Patricio Vicente

28 DE MARZO DE 2018

“Tengo más libros en mi biblioteca que camisetas cambiadas”, confiesa el defensor de 31 años Ignacio Bogino, sentado en una silla del sum del edificio en el que vive junto a su pareja Lucía y su hija Vera, ubicado en Lomas de Zamora. Actualmente, este pisciano, de pelo castaño y ojos marrón oscuro que mide 1,87 metros, juega en Temperley.

Se crió con sus padres, Nelba y Marcelo, cerca de la terminal de ómnibus, en el barrio rosarino de Echesortu. “Rosario tiene algo que a mí me gusta mucho que es la mística y lo cultural. Nos hicimos un poco de los íconos, nos apropiamos de artistas como Fito Páez, Juan Carlos Baglietto, El Che Guevara y el Negro Fontanarrosa”, sostiene.A los 18 años, se fue a probar a Rosario Central, club del cual se hizo hincha con el correr del tiempo, al terminar la secundaria en el Instituto Zona Oeste. La primaria la había cursado en la Escuela Nº 67 Juan Enrique Pestalozzi. Antes de comenzar a jugar en la quinta división del club de Arroyito, el zaguero de Temperley se divertía con sus amigos en el Deportivo Club Morning Star. “De ahí me llevo los mejores recuerdos de la infancia, se extraña un poco la ciudad”, dice. “Siempre quise jugar en Primera. Íbamos con un amigo solos a la cancha de chicos pero mis padres, simpatizantes de River, no me dejaban ir mucho. Hacerme de Central fue una construcción; no nací hincha pero, al ser jugador del club, me potencié”, relata Bogino.

El 19 de julio de 2007 falleció, a los 62 años, el escritor y humorista gráfico Fontanarrosa. Ese mediodía, concluyó el entrenamiento del club de sus amores, Rosario Central. Bogino estaba saliendo de la práctica, junto a su compañero Leonardo Borzani, cuando recibió esta trágica noticia. “Me quería largar a llorar en el vestuario”, recuerda.El defensor cuenta que leyó casi todos sus libros y es un gran admirador suyo por los dibujos que publicó en distintas revistas, ya que a él le encanta dibujar. El primero fue Diccionario de fútbol pero le costaba entenderlo porque era muy chico. Años después, su tío le regaló un libro de sus historietas, debido a que no le gustaba mucho leer. Esto cambió cuando se dio cuenta que el Negro hacía alusión a su ciudad natal en los cuentos. Con el tiempo se hizo fanático de Fontanarrosa y hasta tuvo la oportunidad de entablar una conversación por teléfono unos pocos minutos, un año antes de su muerte. Se basó en él para continuar con los dibujos que hacía desde pequeño. “Cuando uno es chico le gusta dibujar. Yo tenía facilidad y mis padres me motivaban a hacerlo”, manifiesta mientras se oye pasar, por detrás de su casa, el tren Roca con destino a Claypole.

Cuando llegó al club Patronato en 2011 comenzó un taller más especializado y ahí le "voló la cabeza” porque adquirió nuevas técnicas de dibujo y pintura. “Esto es lo que quiero hacer cuando me retire”, asegura.Cada 15 días da clases de un taller dentro de Temperley para siete personas, de las cuales una sóla es menor de edad. “No quiero hacer el papel de profesor ni estoy capacitado para hacerlo. Elegimos ser pocos para que cada uno pueda tener su lugar en el curso y así poder aprovecharlo al máximo; por eso no lo publicitamos mucho”, confiesa Bogino.

En una de sus primeras pretemporadas con la Academia rosarina le daba vergüenza llevar algo para leer a la concentración hasta que vio que su compañero Ezequiel González, exjugador de Boca y Fluminense, estaba con una novela en la mano. En ese momento pensó: “Si él, que es un referente del club, lee, yo también puedo hacerlo”. Bogino cuenta que en la secundaria era mala palabra el libro. “Cuando la profesora te mandaba a leer nadie lo hacía”, recuerda quien se dio cuenta que Otra vuelta de tuerca de Henry James, libro que debía leer en la escuela, le había gustado aunque le daba vergüenza decirlo.

Cuando comenzó a jugar en Central, también inició a cursar Publicidad. Allí estudió a Karl Marx en la materia Sociología y “le abrió la cabeza”. En ese momento estaba atravesando una situación difícil con su novia y tenía muchas dudas con respecto a su futuro como jugador de fútbol. Para dejar de sentirse solo decidió leer La canción de nosotros, de Eduardo Galeano, vinculada a la dictadura uruguaya de 1973. “Me sentí acompañado y eso me motivó. Cuando uno encuentra contención le dan ganas de seguir. No digo que los libros me hayan llevado a jugar en Primera pero me empecé a sentir más fuerte y, de paso, aprendía”, comenta mientras saluda con su mano derecha a un vecino. Y agrega, en referencia a Galeano: “Debería haber más personas como él por la sensibilidad y la mirada humana de todo que tiene, y por cómo ayuda al más débil a través de sus poesías”. Además le gusta como escribe el periodista Martín Caparrós, de quien disfrutó las novelas Los living, Valinfierno y las crónicas El hambre y El interior.

Una vez por semana hace un programa de radio llamado Final del Juego, como el libro de Julio Cortázar, junto a su compañero de equipo Leonardo Di Lorenzo. Llevan un invitado para hablar un tema en particular y, además, un especialista para que dé su opinión profesional. Por ejemplo, en uno de sus últimos programas hablaron sobre el feminismo y asistió la actriz Malena Pichot. “Lo que queremos hacer es mostrar que el jugador de fútbol no es aquel que te muestran los medios, que sólo tiene auto y sale con vedettes. Muchas veces somos un producto y solo te dan a conocer el envase”, aseguray cuenta que en Patronato conoció jugadores como César Carignano y Sebastián Vidal, con quienes, a la hora de entrenar, se sentía cómodo y podía hablar de lo que realmente le gustaba y no de “cosas banales”. También se da el gusto de compartir las prácticas con el arquero Leandro De Bórtoli, con quien comparten la pasión por la música.

“Me vi caminando, buscando las luces que bajan por tu calle”, recuerda a su ciudad el jugador de Temperley cada vez que escucha Caminando de la banda rosarina Cielo Razzo. “Hay etapas con la música, a veces quiero escuchar una cosa y otras veces otra”, dice mientras deja su llavero de Divididos arriba de la mesa, banda que escucha junto a De Bórtoli. “Tuvimos la posibilidad de ver recitales juntos. Ambos escuchamos blues y nos gusta Gustavo Cerati. Ignacio es un artista, está muy ligado a la literatura, lee muchísimo”, comenta el arquero, y sostiene que se juntan a tocar la guitarra para hacer “un poquito de música”, y reflejar su pasión por Divididos, La Renga, Las Pelotas o Los Tipitos, banda que fueron a ver a La Trastienda y con la que tuvieron la posibilidad de generar un vínculo.

En la adolescencia, además, escuchaba a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La mosca y la sopa, quinto disco lanzado en 1991, fue el primero de la banda en el que posó su atención. El arte de la tapa fue creado por Rocambole, admirado por Bogino: “La gráfica del cd es fundamental. Con mis primeros sueldos he comprado ‘longplays’ (vinilos), simplemente, por la estética. En la actualidad nadie contrata a un artista porque existen distintas plataformas (Spotify) que facilitan la obtención del nuevo disco”. Otro de los álbumes de Los Redondos que le gusta es Oktubre, aunque cuenta que cuando era chico le daba miedo ver la tapa, por el arte de los oprimidos y el monstruo que eleva con su mano izquierda las cadenas rotas. Luego, de más grande, lo analizó en profunidad y le fascinó. Su hermano tenía este cd y fue el que le dio una inyección de rock en las venas. Bogino habrá pensado: “Con esto soy rico gratis”, frase de la canción Semen-Up.

La política según Bogino

“Nuestro amo juega al esclavo”, canta el Indio Solari en el álbum ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, como si fuera un extracto de la realidad del país en materia educativa y delitos de lesa humanidad. El defensor opina que se declara en contra del fallo de la Corte Suprema de Justicia que le otorgó el beneficio del 2x1 al represor Luis Muiña: “Al estar un gobierno de derecha en nuestro país, los jueces se abocan a este modelo y se sienten más liberados a realizar estos dictámenes. Los delitos de lesa humanidad son delitos de Estado; no puede ser juzgado al igual que un chico que se roba una bicicleta. Entonces te das cuenta que hay gente que piensa así por su ideología, le bajan importancia y simbólicamente afecta mucho”. Bogino recuerda que en la época de la última dictadura hacían lo que querían y nadie se enteraba pero que ahora existen partidos opositores que pueden manifestarse. “En ese periodo dejaban entrar las importaciones y devaluaban la industria nacional. Es donde más se beneficiaron los grandes grupos económicos. Estas medidas se asemejan a lo que ocurre en la actualidad, aunque esto sea una democracia y aquello era un gobierno cívico-militar”, sentencia el defensor. Además piensa que, históricamente, ningún gobierno hizo hincapié en la educación ni busca que el pueblo sea inteligente o culto. “Que no se le dé importancia a los docentes es muy triste”. El futbolista rosarino asegura: “Me gustaría expresarme, hacerme escuchar e ir a las marchas pero no me da el cuerpo. Es una cuenta pendiente que tengo”, y añade que su pareja Lucía asiste con frecuencia a ellas.

También cree que todos los jugadores deberían terminar la secundaria para adquirir herramientas básicas que te permitan dialogar con dirigentes o para evitar que algún representante “haga lo que quiera con vos”. Bogino se para y va a abrirle la puerta de entrada del edificio a su mujer y a su hija. Vuelve y continúa: “El fútbol es muy capitalista; si servís te van a dar un método alimenticio pero si no rendís tres partidos seguidos o no metes goles, te dejan sin nada”. Opina que quienes dirigen los equipos son muy crueles y generan un embudo en los más chicos. “Los clubes tienen que darle más herramientas a los jugadores. Si no invierten en el sistema de inferiores no van a lograr nada a largo plazo”, concluye.

Producción: Matías Chiacchio y Adrián Olszewski

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