Retirado por una larga sanción, a los 43 años el ex arquero montó un criadero de pura sangre en su casa de Chascomus y se refugia en el turf, su nueva pasión.

El Gato y los caballos: la nueva vida de Gastón Sessa

Santiago Ladino

28 DE MARZO DE 2018

Al bar de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires entró Gastón Sessa, un hombre grande, no de edad, tiene 43 años, sino de tamaño. Más de un metro noventa. Con hombros, brazos y manos de un volumen poco habitual, como las de un gigante. Con solo observar sus dedos estropeados por su profesión alcanza para saber que lo suyo fue con las manos.

Algo de artes marciales mixtas practicó y no fue en un octágono, sino en una cancha de fútbol: la patada voladora a Rodrigo Palacio, la agarrada de cuello al árbitro Sergio Pezzotta o el día que salió disparado hacia la manga para trompear a Lucas Castromán, luego de interpretar que se hizo expulsar de manera irresponsable.

El exarquero, que en 23 años como profesional defendió el arco de Racing y Vélez, entre otros, llegó puntual al bar de GEBA, como si fuese un entrenamiento. Su vestimenta, un conjunto deportivo gris y zapatillas para correr, terminó de completar ese perfil de deportista. Se sentó de espaldas a un televisor que transmitía el partido de vuelta de la Champions entre Atlético y Real Madrid, y luego de pedir un agua mineral, comenzó a contar su nueva vida en el turf.

Se despierta todos los días a las 6 de la mañana. Prepara el mate y se va con el entrenador que se encarga de organizar los trabajos a los variadores. Estos últimos son los encargados de realizar los ejercicios a los caballos mientras observa todo desde un mirador. Luego del entrenamiento los bañan, los masajean y les engrasan los cascos. Nueve peones viven en su casa, los cuales se ocupan, al igual que un veterinario, del cuidado diario de los animales. “Hice una tira de box para 60 caballos y 50 viven permanente. Construí un caminador eléctrico y tengo mi propia pista de 2.000 metros de arena de cava - arena de río -. Mi hogar lo transformé en un haras, Sauce Grande”, cuenta.

En su campo de Chascomús, donde vive con su mujer y sus dos hijos varones, montó su propio criadero de pura sangre. Hace dos años que en el mundo del turf encontró el lugar indicado para seguir alimentando esas emociones que tanto temía perder cuando colgara los guantes.

“Hubiese seguido jugando un poco más de no ser por lo ocurrido”, dice sobre la larga sanción que recibió en 2016 por agarrar del cuello a un árbitro cuando defendía el arco de Villa San Carlos en la categoría B Metropolitana. “Siempre tuve miedo de perder esa adrenalina y de no saber cómo suplantarla, pero hoy encontré en estos animales una pasión y un incentivo que me hace feliz. Verlos crecer, entrenar, competir y planificar sus carreras; hacen que no extrañe lo que pensé que jamás podría dejar: el fútbol. Yo podía retirarme tranquilo porque sabía que a mis hijos no les iba a faltar nada, pero le tenía mucho miedo a dejar la profesión. A caer en la depresión. Mis amigos me decían que juegue hasta que no tenga más ganas y la psicóloga de Boca Unidos me aseguró que existe una vida después del fútbol”.

Cuando se refirió a cómo es preparar un caballo para correr profesionalmente, no pudo evitar hacer la comparación con un futbolista: El camino que recorre un jugador para llegar a primera es muy largo. Es un trabajo que requiere mucha constancia en el día a día, entrenar duro, alimentarse bien, descansar. Para que un caballo esté en cancha es necesario el mismo proceso. Cuando entrenaba tenía un equipo de masajistas, kinesiólogos, médicos y técnicos a disposición para alcanzar mi mejor rendimiento. Hoy mis animales cuentan con el mismo equipo de gente trabajando para ellos”.

La adrenalina es, sin dudas, la mayor similitud que encuentra en ambas profesiones. “En un estadio de fútbol como cuando corre tu caballo, hay momentos que se te sale el corazón por la boca”. Y a pesar de que los partidos se juegan a 90 y las carreras sólo duran unos minutos, garantizó que “la tensión que se vive cuando a tu caballo le faltan los últimos cien metros para cruzar la meta es terrible y se podría comparar a lo que se siente cuando un rival se prepara, toma carrera y analiza a donde va a patear el balón desde los doce pasos”. Luego de una pausa breve, y con un previo revoleo de ojos hacia arriba, como buscando recordar y visualizar mejor la situación, agregó: “Es mucho peor que te pateen un penal, y más si el partido está empatado y después de esa jugada termina”, se ríe.

Más de un futbolero desearía que Gastón Sessa sea pionero en tomar del cuello a un caballo o pegarle una patada voladora a un jockey, pero el exGimnasia y Esgrima La Plata asegura: “El turf me despierta mucha pasión, pero es un ambiente donde no hay con quién calentarse. No hay provocación, por ende, no hay reacción. Es más difícil que se te salga la cadena. No existen las cargadas del rival o la hostilidad que se vive en un estadio de fútbol”.

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