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Luego de su experiencia en Malvinas, De Felippe vive el fùtbol con pasión.

Soldado del buen fútbol

La historia detrás de Omar De Felippe, el técnico que combatió en Malvinas y encontró en el deporte su ámbito de contención. El viaje al pasado y la vuelta al presente, un ejercicio diario que opera en él como una metamorfosis.

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Florencia Giammarini
25 de Octubre de 2016

Como Jean- Claude Van Damme pero cambiando Vietnam por Malvinas. La cabeza de este soldado prefería no pensar, si no estar ocupada, aunque por momentos le resultaba imposible. Solo percibía el desolador silencio que recorría cada rincón de las Islas. El frío era cruel y dolía, hasta ese momento, su único enemigo. Sin embargo, a las 4.40, de ese 1º de mayo de 1982, en territorio malvinense, todo volvería a cambiar para ese joven de 20 años. Un ruido lejano irrumpió en la tranquilidad de la noche y se dejó reconocer: eran hélices, era un avión. Luego, la primera bomba tocó la tierra y dos más la acompañaron. En él, un sentimiento irreconocible se apoderó de cada una de sus células. Poco después entendería: era miedo, era la guerra.

Corría abril del año 1982 cuando Omar de Felippe fue llamado a filas para acudir a la Guerra de las Malvinas y su madre lo padecía. Omar no era más que una joven promesa que militaba en las categorías inferiores de Huracán, por lo que se vio obligado a dejar el fútbol de forma momentánea para servir a los intereses que su país tenía en ese momento en el archipiélago sudamericano.

"No cierro los ojos para recordar, lo hago estando despierto. Son situaciones que viví y estarán siempre presentes: pasar hambre, sufrir frío, estar descompuesto, tener que robar para comer, tener que comer la grasa que sobraba, escuchar la primera bomba, tirar todas las balas que pudimos. Hay mil imágenes en la cabeza", dice, mientras esa mirada sigue perdida a más de 1900 kilómetros de donde está sentado, 34 años atrás. Y esos recuerdos, que parecen volver a sentirse, llevan a otros: "Era difícil cerrar los ojos y dormir. El peor momento fue cuando sabíamos que estaban los gurkhas (soldados británicos) dando vuelta por la noche y te acostabas con la nueve milímetros sin seguro en el pecho. El alerta siempre fue permanente y eso te llevaba a dormir con un solo ojo. Allá no nos daban tanta información, pero te enterabas por rumores que se corrían". Una carga psicológica que De Felippe supo sobrellevar, y que otros compañeros, no.

-Muchos soldados que volvieron de Malvinas se suicidaron, ¿a vos se te cruzó esa idea en algún momento?

-No, porque para mí las cosas fueron difíciles desde antes de Malvinas. Yo perdí a mi viejo de un ataque al corazón cuando tenía 7 años. No tuve espejo, no tuve guía, siempre la tuve que luchar. Cuando fui a las islas ya estaba bastante curtido, y eso me terminó dando una gran fortaleza para sobrevivir. La guerra me obligó a pensar: de alguna manera te la tenés que arreglar. Al regresar tuve que hacer dos años de terapia para acomodarme. Desde entonces, vivo alerta. Yo estoy manejando o dirigiendo una práctica y siento que estoy atento a todo. Es algo que tenía y que ese lugar potenció.

Tiempo después del cese del fuego, De Felippe que “varios compañeros se herían a propósito para volver a sus casas. Limpiaban las armas y hacían como se les escapaba un tiro y se lo daban en el pie, hasta que los jefes se dieron cuenta”. En su caso, asegura no haber tomado esas decisiones “no por héroe, sino porque pensaba en volver a Huracán”. Su mayor miedo era perder algún miembro y no poder jugar nunca más al fútbol.

El 14 de junio terminó la guerra y De Felippe pudo decir adiós al frente para regresar y continuar con su carrera futbolística. Jugó como defensor en Huracán, Olimpo, Villa Mitre, Arsenal y Once Caldas, una carrera profesional que, conjuntamente con la dirección técnica, le salvaron la vida.

- ¿Cuál es tu ideal de equipo?

- Me gusta que mis jugadores sean protagonistas, que se animen a jugar. Lo más importante de un técnico es convencer a un equipo de lo que se puede hacer, construirlos desde la modestia y que dispongan de la posesión aun en inferioridad de condiciones. Si se sienten cómodos en esa idea, seguramente lograrán mucho.

Actualmente, Vélez Sarsfield lo contrató por su rendimiento como entrenador. Por su presente antes que por su pasado. Por haber conseguido en apenas cinco años, tres ascensos a Primera División: el primero con Olimpo (2009/10), otro con Quilmes (2011/12) y el último con Independiente (2013/14), campeonato que le sirvió como vidriera para viajar a Ecuador y hacer estragos en el Emelec. El equipo de Guayaquil logró por primera vez el Tricampeonato Nacional, hecho inédito para un conjunto de la Costa y que no ocurría desde hacía 32 años en el país. Y como su familia está primero, estos logros fueron compartidos junto con su hermano Walter, quien se destacó como su ayudante de campo.

- ¿Qué lugar ocupó y ocupa el fútbol en tu vida?

- Siempre lo digo, más allá de lo familiar, el fútbol me salvó la vida. No sé si habré tenido las condiciones suficientes para ser jugador, pero Huracán me había evaluado mucho tiempo. Tan bueno no era porque no jugué en ninguna selección, pero me ayudó a encarrilarme en la vida. Me dio la posibilidad de poder ser una persona normal, como cualquiera, sin olvidar que me tocó estar en una guerra, de la cual siento mucho orgullo.

A los 54 años, casado y con una hija, a este “soldado del buen juego” oriundo de Mataderos, se lo busca por las campañas de sus equipos. Pero a las Malvinas las lleva en la piel. En cada gesto, en cada mirada y a mucha honra.

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