30 años pasaron del último Mundial conseguido por la Selección Argentina. Aquel equipo que levantó la copa en México 86 tenía como estandarte al mejor jugador del mundo: Diego Armando Maradona. 

Es un ser humano

Tomás Godoy @tomigodoy94

28 DE MARZO DE 2018

“Lo único que hizo bien en su vida es patear una pelota, no es ejemplo de nada”, sostiene un oficinista que su máximo logro profesional en la vida fue encontrar un trabajo estable, como empleado administrativo, distribuidor de empolvados expedientes en una dependencia estatal; que alcanzó su pico de adrenalina cuando se quedó sin yerba para el mate; y cuyo máximo hito futbolístico fue hacer dos goles en un partido de fútbol cinco que jugó con sus compañeros de oficina.

“Es un hombre desagradable, no es ejemplo de nada”, asegura con determinación una señora que habla sin sacarse la papa de la boca y peina el cabello hacia atrás, rubio pero de raíces oscuras. Tiene los labios pintados de rojo y lleva dos grandes aros colgados de cada uno de los lóbulos de las orejas, mientras que usa un collar dorado para ocultar la resquebrajada piel de su cuello e intenta que el maquillaje le disimule las arrugas en sus mejillas.

Esos personajes, que poco deben tener para enorgullecerse, suelen ser los mismos que utilizan las palabras como un atril acusador para señalar con la impunidad que sólo da la falta de autocrítica. Los mismos ciclotímicos que se deshacen para enaltecer con estatus de profeta y, después, volver a denostar como el peor de los pecadores a cualquier otra persona. Obsecuentes halagadores con el virtuosismo anónimo se convierten en jueces implacables ante el error ajeno.

Pocas personas imantan las críticas desproporcionadas y los elogios desmesurados como los jugadores de fútbol. Una gambeta innecesaria, una definición cinco centímetros más esquinada, una barrida tardía, un pase poco preciso o una pérdida en zona defensiva puede convertir al héroe en villano, al salvador en responsable, al genio en tosco, al talentoso en torpe y al patriota en mercenario.

Entre ellos, hay un futbolista en particular que exacerba la admiración, el agradecimiento perpetuo junto a la reprobación y el desprecio, hasta el empalagamiento; que genera una relación pasional e irracional tanto con sus seguidores como con sus detractores. Como si fuera poco, él se ha encargado de estar siempre en el banquillo de los analizados, al exponer sus destrezas deportivas y sus miserias personales en forma constante. “El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos”, dijo el escritor Eduardo Galeano. Y este ídolo ha disfrutado y padecido de esa enorme volatilidad que ha tenido el pueblo argentino para subirlo al altar de los dioses como para enterrarlo en el barro de los desgraciados.

Es que con esos dos goles y la humillación a Inglaterra volvió a izar la bandera argentina cuando la llaga por la Guerra de Malvinas estaba abierta. Primero, Dios metió la mano y puso el 1-0 para Argentina, mientras los ingleses protestaban al árbitro, se arrancaban los pelos de la cabeza y se sentían estafados. Pero, tan sólo cuatro minutos más tarde, la estafa se transformó en deshonra, en vergüenza. Ahora, ya no eran nobles caballeros víctimas de un fraude, soldaditos de la reina abusados en su hidalguía. No. Ahora eran un grupo de futbolistas impotentes ante la habilidad y desparpajo del genio.

Bastaron 10 segundos y medio, desde que recibió detrás de mitad de cancha el pase de Héctor Enrique. 10 segundos y medio fueron suficiente para el mejor gol de todos los tiempos. 10 segundos y medio en los que se burló de los ingleses, por bailar una música que nadie entendió. La eternidad misma, en un instante. Giró entre dos, con la pelota bajo el control de esa zurda aterciopelada, fuente de algarabía futbolera. Comenzó la carrera por el sector derecho del ataque argentino. Trancos largos. Toques cortos. Eslalon hacia izquierda y derecha. Desparramó a Fenwick, que le tiró un manotazo a la altura del estómago, y quedó mano a mano con Shilton.

Mientras esquivaba rivales, recibía trompadas y miraba de reojo a Valdano y Burruchaga, posibles receptores de pase; mientras hacía todo eso, tuvo tiempo para pensar en una recomendación que su hermano le había hecho años antes. “No definas, esquivá al arquero y empujá la pelota al arco vacío”, recordó en milésimas de segundo. Y eso hizo. Amague a Shilton. Gambeta corta y el arco a su merced. Toque con la zurda majestuosa y la pelota fue a morir en la red. El tiempo pareció detenerse.

Los hinchas se pellizcaban: los ingleses para constatar que en realidad todo era una pesadilla. Que nada de eso existía. Los argentinos, porque no podían entender lo que habían visto. El ídolo escribía la historia con la pluma de su pierna izquierda, y ellos eran testigos privilegiados en un Estadio Azteca colmado. Muchos gritaban de euforia. Otros intentaban disimular un lagrimeo inocultable. Pero eso no fue suficiente. No alcanzó. Después vino la consagración en ese Mundial, en ese mismo estadio, una semana después. En 1986, dejó de ser un futbolista determinante para convertirse en leyenda mundial, y en un mesías para un país que venía golpeado por la dictadura y la guerra.

Su gesta heroica para resistir patadas y jugar teniendo el tobillo del tamaño de un melón en el Mundial del 90' alimentaban ese circuito sin fin de amores y halagos. El filtrado pase a Caniggia frente a Brasil, luego de eludir tres rivales, resucitó la ilusión del bicampeonato. El triunfo ante Italia y la eliminación del país organizador, con los napolitanos coreando su nombre, demostraron que estaba en la cúspide. Sin embargo, el título no se le dio. Se lo robaron. Entonces, con la denuncia en plena ceremonia de premiación por la estafa del árbitro Codesal, acentuó aún más su carácter de Deidad, algo para lo que él y nadie estaban preparados.

Pero luego vino el doping del Mundial 94’ y un seleccionado que quedó moribundo por el knock out inesperado. Y llegó la eliminación, la decepción, la frustración. Más tarde, el fracaso como entrenador del Mundial 2010 y un largo camino de desencantos. Errores que no se le perdonaron. Fallas que no se le aceptaron, vicios que no se los trataron y que lo dejaron al borde de la muerte. Entonces se lo castigó hasta el hartazgo, se lo condenó a la reprobación hiriente.

Era Dios. Y Dios no puede ni debe tener defectos. Eso va en contra de su naturaleza divina. Entonces, pasó a ser el Diablo. Pero no es ninguna de las dos cosas. No es necesario enaltecerlo ni despedazarlo. Puede convertirse en una manantial inagotable de felicidad futbolística y fidelidad a sus padres; y, al mismo tiempo, ser responsable de los más grandes desengaños personales, familiares, éticos y morales. ¿Saben por qué? Porque, lamentablemente, también es un ser humano.

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