En una fecha de clásicos con grandes ilusiones y nulas emociones, El Equipo te cuenta cómo es jugar un partido en la tribuna ajena. La noche de La Plata y el 0 a 0 entre Gimnasia y Estudiantes contada desde adentro.

Juguemos en el Bosque mientras el Lobo está

Luisina Graffigna @lugraffigna

28 DE MARZO DE 2018

Faltan sólo 20 minutos para que empiece el espectáculo platense más esperado y son dos –tal vez más- los pinchas metidos en la boca del lobo, en la que si alguno se dejara llevar por el sentimiento, la mordida sería más que dolorosa. Rodeados de los últimos colores que elegirían en el mundo, apenas pueden ver la popular de enfrente por la neblina que siempre regala el bosque de La Plata.

El reloj marca las 20:45 y Diego Abal pita para dar comienzo a esta fiesta que nada tiene de divertido para este par de infiltrados. Ahí están, paraditos en el décimo escalón justo detrás del córner, a la derecha de ese muchacho de guantes blancos que levantó la Libertadores aquel 15 de julio de 2009. “¡Andújar cagón!”, grita una voz ronca y pesada unos escalones más arriba. Por suerte, nunca faltan las semillitas de girasol para combatir los nervios, que ahora combaten la acidez de tener que quedarse en el molde.

Van 30 minutos de disputa. Schunke despeja un centro de Brum y la pelota cae en los pies de Rinaudo a un metro del área grande. En cuestión de segundos, había que meter en los bolsillos, los puños con los dedos índices y meñiques levantados. Los cuernitos nunca fallan: Andújar vuela y desvía el remate al tiro de esquina. Ahora sí, por distintas razones, todos aplauden.

A unos pocos escalones, un compañero de colegio de la primaria de este par, aparece entre la multitud. No se veían desde la promesa a la bandera de cuarto grado, pero no importa, no es hincha de Gimnasia y eso es más que suficiente. Se acercan y se abrazan para transmitir lo que significa encontrar esa complicidad ante semejante contexto. Ahora son 3, qué felicidad.

Son casi las 22 y la luna llena le pone algo de belleza al paisaje. La muchedumbre canta “el que no salta es un inglés” -esa absurda referencia a Verón en el partido de la Selección contra Inglaterra en el Mundial de 2002- y hay que saltar. Por supervivencia, todos tenemos que saltar.

Los suplentes de Estudiantes precalientan a dos o tres metros del alambrado que divide el cemento del césped. Van 8 minutos del segundo tiempo cuando el Chavo –por fin- se saca la pechera de suplente después de un mes fuera de las canchas. ¡Desábato cagón!, dice esa misma voz. Por sorpresa, es el mismo que hace unas horas quemaba un ataúd rojo y blanco con el nombre de Verón debajo de una cruz negra en el monumento a Bartolomé Mitre –lleno de graffitis y pintado de azul y blanco para completar- a una cuadra de la cancha.

Entra el defensor y capitán del león mientras que en la popular tripera se despliega un telón que la cubre casi por completo. Un hincha prende una bengala segundos antes de que el gran trapo llegase al final. Todos gritan y comienzan a subirlo a toda velocidad para no quemarlo, pero ya es muy tarde. Las risas disimuladas invaden la situación en ese décimo escalón, aunque podría haber causado un accidente.

Pero a nadie le importa nada. El “dale Lo, dale Lo” ya es cansador y repetitivo. ¿No sabemos (saben) cantar otra cosa? A los 46 minutos del segundo tiempo, suena el silbato que le pone fin al sufrimiento. Sólo quedan un par de los clásicos chiflidos al árbitro y a los jugadores del albirrojo que se dirigen a la manga.

Un empate sin goles con la lengua mordida, ni goles “gritados” con la más pura hipocresía, nos deja ir tranquilos a casa.

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