Mónica Santino entrena a un equipo de mujeres desde 2007 en el barrio de Retiro. A través de la pelota les hacen frente a las carencias y los prejuicios. En diálogo con El Equipo, cuenta: "El fútbol te hace dar cuenta que la mayoría de las trasformaciones son colectivas".

El fútbol femenino en la villa 31: un medio para ser y soñar

Catalina Sarrabayrouse

28 DE MARZO DE 2018

"¿No venís hoy? ¡Me estás fallando, eh!", le dice Mónica a una chica de unos 18 años con un nene en brazos que parece haber nacido hace dos. Las calles son de tierra; las casas, coloridas y precarias. En la Villa 31 el tiempo para el deporte no abunda. Las madres, en su mayoría muy jóvenes, tienen que hacerse cargo de sus hijos y trabajar, lo que les deja poco espacio para ir a correr con la pelota. Los hombres no suelen apoyar al fútbol femenino, y menos aún, encargarse de cuidar a los nenes mientras las mujeres van a jugar a la cancha del barrio. Monica Santino, Moni para sus jugadoras, es la entrenadora del equipo de fútbol femenino de la Villa 31, pero también es madre y compañera de muchas de ellas.

Una socióloga estadounidense, Allison Lassler, llegó en 2005 al barrio con el fin de investigar por qué un país en el cual el fútbol masculino es tan masivo y popular no ocurre lo mismo con el femenino. Allison conoció a Mónica en los Juegos Evita, cuando ella ya se ocupaba en Vicente López del fútbol femenino y el trabajo social. Aceptó la propuesta realizada por la socióloga de continuar con el proyecto en la Villa 31, pero nunca pensó que se quedaría por siete años más. Durante varios meses la entrenadora buscó crear una relación sólida con las jugadoras: "Uno puede construir un vínculo de confianza cuando está presente. Aunque lloviera veníamos igual. No podíamos entrenar pero tomábamos mate, y eso nos llevó a conocernos y establecer confianza, algo que tardó como un año".

Todos los martes y jueves, desde 2007, Mónica Santino se toma un colectivo desde Boedo hasta Retiro para entrenar a este grupo de chicas sin recibir ninguna gratificación económica por su tiempo invertido: lo hace por amor al deporte y al trabajo social. "El primer logro fue haber obtenido un lugar en la cancha para mujeres, porque siempre son los espacios públicos más importantes. Ese sector se respeta y no se construyen casas”, asegura. Además, Santino cree que el mayor triunfo fue que las mujeres puedan tener su tiempo para realizar una actividad que no sea cuidar a sus hijos: "Por suerte algunos de los chicos comenzaron a cuidar a sus nenes mientras las mujeres venían a la cancha, y así pudieron hacerse un hueco para venir".

El fútbol femenino en la Argentina no es uno de los deportes más promovidos a pesar de ser tan popular en el sexo opuesto. Una de las grandes falencias es que la gran mayoría de los clubes del país no tienen divisiones inferiores. Stefania Pingaro, jugadora de la Primera del Club Atlético River Plate, lidia con esto en su vida diaria: "Que no haya inferiores tiene que ver con que no hay muchas chicas que de entrada se decidan a jugar al fútbol", asegura. A su vez, las comisiones directivas están interesadas en las ganancias que genere el deporte, y “de parte de la dirigencia muchos piensan que no es rentable. No es lo mismo que los nenes, porque acá no les ven futuro", comenta la delantera.

Mónica Santino tiene la misma visión: “El fútbol de mujeres tiene una porción muy chiquita, al ser un deporte que no genera ingresos. Y si le sumas los prejuicios, es muy difícil que algo cambie". Santino habla desde el conocimiento de haber vivido esto no sólo desde el rol de entrenadora, sino también como jugadora. Es por esto que, a pesar de estar interesada en ingresar al torneo de la AFA, asegura que le gustaría “entrar a nuestra manera, con nuestro club. No así, armando un equipo como se pueda e ir a perder con Boca, River o San Lorenzo por muchos goles".

Otra de los graves problemas que afronta esta práctica es la discriminación originada por ser considerado un deporte para hombres. Stefania Pingaro, rodeada de hermanos varones y futboleros, no fue víctima del acoso por parte del sexo opuesto, sino por sus propias compañeras: "De chiquita sufría más el feminismo de mis compañeras diciéndome: ‘¿Cómo vas a jugar al futbol siendo mujer?’, mientras los hombres estaban felices de que jugara al futbol con ellos". Mónica Santino conoce esto y por eso se siente orgullosa de haber conformado un cuerpo técnico integrado exclusivamente por mujeres, algunas ex jugadoras y otras aún en actividad. "Es algo muy importante porque sino las pibas siempre tienen un referente en el fútbol varón: Tevez, Messi... Que está bien, pero es bueno referenciarse también en mujeres porque le vas dando una construcción identitaria”, resalta la entrenadora.

Luego de siete años de presencia y apoyo constante, Santino logró una excelente relación con sus jugadoras. Tal es así, que el día anterior a su casamiento, luego de acudir con total normalidad a la práctica, ellas juntaron dinero y le cocinaron hamburguesas como despedida de soltera. La vida de este grupo cambió gracias al deporte. "El fútbol te hace dar cuenta que individualmente no podes avanzar bajo ningún punto de vista. Que la mayoría de las trasformaciones son colectivas. Las ayudo a levantar la autoestima, a tener orgullo del barrio, a no creerse la cantidad de estigmas y tabúes que se establecen con respecto a las villas", concluye esta entrenadora que no se rinde en la lucha por sus proyectos. Igual que sus jugadoras, quienes dos veces por semana dejan su mochila cargada de prejuicios y desprecios de la sociedad a un costado, para disfrutar del deporte que les permite soñar con una vida mejor.

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