El equipo de Marcelo Gallardo entró en la historia grande: venció 3-0 a Tigres en la final de la Libertadores y es campeón por tercera vez luego de 19 años. En un Monumental repleto y bajo la lluvia, Alario, Sánchez y Funes Mori marcaron los goles. Crónica de una noche mágica.

River de América

Federico Menteguiaga

28 DE MARZO DE 2018

Tuvieron que pasar 19 años para que River volviera a mirar a toda América por encima del hombro. Los goles de Lucas Alario, de Carlos Sánchez y de Ramiro Funes Mori le dieron una victoria 3-0 sobre Tigres sin sufrimiento y la tercera Copa Libertadores. Los hinchas, que tras terminar el triunfo lloraron de emoción y de alegría, también derramaron lágrimas liberadoras que desencadenan a una angustia que se marcha, derramaron lágrimas que son producto de un alivio que les inunda el alma, derramaron lágrimas que les llenan el corazón de tranquilidad, derramaron lágrimas por sacarse una mochila de encima.

Porque en los últimos 19 años, el hincha de River agachó la cabeza, se bancó con mucho amor los baldazos de agua fría y transitó con los ojos vendados por un camino lleno de piedras, pero siempre que tropezó con una y se cayó, se levantó y siguió adelante sin importar lo que pase. Hoy, con la vista despejada y con el mentón en alto, recorre el sendero de gloria que el destino le tenía reservado para la noche del 5 de agosto de 2015. Lo que se banca ahora son los baldazos de agua fría que le caen desde las nubes de Nuñez mientras Fernando Cavenaghi y Marcelo Barovero levantan la copa.

El Monumental se vistió de gala para la ocasión. Cotillón compuesto por globos y banderas desde la tribuna Belgrano hasta la Centenario. El blanco y el rojo eran los propietarios de la escena. Los gritos desaforados no cesaban y convirtieron la decoración en caldera. Poco antes de la hora del partido, las bengalas y las linternas de los celulares se encendieron a la vez que los fuegos artificiales iluminaron, con sus espectaculares destellos, el cielo nocturno. Difícilmente no hayan subido las pulsaciones de los 22 jugadores que estaban dispuestos a pelear por el trono continental.

Las primeras expresiones de entusiasmo llegaron antes de los 60 segundos del encuentro como consecuencia de la clara intención de presión alta por parte del dueño de casa. También fue antes del primer minuto que la lluvia se hizo presente y comenzó a empapar a los espectadores del Vespucio Liberti. Avanzó el cronómetro sin que ocurrieran acciones destacadas hasta que, entre los 15 y los 25’, una serie aproximaciones del visitante inquietó a los dirigidos por Marcelo Gallardo y provocaron signos de preocupación en el ambiente. La más clara fue la chance que desperdició Gignac en soledad, cuando, dentro del área, le pifió a un buen centro atrás que le dio Jürgen Damm. En ese momento se encendieron las alarmas en la confianza del público local, que sintió miedo por primera vez y respondió con un aumento en el volumen de sus canciones. No querían que los once hombres que los representaban empiecen a cometer errores ni a tener imprecisiones.

Cuando pasó lo peor, que no fue grave, el partido se planchó y perdió intensidad. Esa intensidad es la que ganaba cada vez más el agua que caía, y se la contagiaba a la gente. Sobre el final del primer tiempo, llegó la primera alegría. Jugada individual de Leonel Vangioni, pase preciso y vertical a media altura, palomita de Alario, pelota al primer palo, vuelo en vano de Nahuel Guzmán. Y gol de River. 70 mil bocas explotaron y se combinaron en un solo grito. Esos cuerpos reventaron de incontenible emoción y la sangre de sus venas aumentó la velocidad de su circulación. Abrazos por doquier tuvieron lugar en cada rincón del estadio y las primeras lágrimas comenzaron a salir de los ojos de los hinchas y chorreaban por sus mejillas, camufladas en las gotas que mojaban Buenos Aires. En el entretiempo, la expectativa por que todo se mantuviera como estaba podía respirarse en el aire.

Una vez en marcha los segundos 45 minutos, Tigres fue decidido a la carga del arco rival con el objetivo de empatar la final. Era otra la disposición de sus futbolistas, que estaban plantados más adelante en un campo que ya tenía agua acumulada en algunos sectores. Pero River no estaba dispuesto a retroceder y luchaba para no ser acorralado, durmió el fútbol en la mitad de la cancha y llevó el juego a donde más le convenía estando con un gol de ventaja. Y de uno, pasó a ser de tres esa ventaja entre los 70 y los 80’, con el penal convertido por Sánchez y con el cabezazo que usó Funes Mori para conectar el córner pateado por Leonardo Pisculichi e inflar la red.

Después nada de lo que pudiera suceder en el verde césped importó. El nerviosismo se transformó en seguridad. El pitazo final desató la celebración de los jugadores en el campo: banderas y abrazos entre ellos, canciones dedicadas al público que los apoyó y saludos a sus familiares. La lluvia le agregó un marco especial a la consagración y quienes amanezcan resfriados al día siguiente tendrán el resfriado más lindo de sus vidas.

La gente expresó su orgullo con melodías de aliento, le agradeció a Gallardo -quien a pesar de estar suspendido y ver el partido en un palco, entró a la cancha a festejar- y hasta tuvo tiempo de acordarse de su máximo rival. Nadie podía resistir el llanto. Ni los más viejos que escucharon anécdotas de La Máquina, que vivieron épocas gloriosas y que pasaron las penurias del último tiempo. Tampoco los de mediana edad que no experimentaban su primera vez en Libertadores. Menos aun los jóvenes que padecieron junto a su equipo en la B y recién ahora pueden disfrutar de ver a su querido River como el mejor equipo de América.

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