Espósito, de 21 años, es una de las promesas de Barracas Central, pero además es cadete y está cerca de recibirse de contador en la UBA. "Todavía no vivo del fútbol, que es lo que quiero, pero hoy por hoy es lo que toca", le cuenta a El Equipo.

De la casa a la cancha, de la cancha al trabajo y del trabajo a la facultad

Matías Escobar @matiescobar10

28 DE MARZO DE 2018

Es otoño en Buenos Aires, pero no parece. Corre mayo, llega junio y el fatigante calor que se vive en la ciudad, más el atolondramiento de la gente, invitan a sumarse a ese círculo. Sin embargo, la tranquilidad que conserva Fabricio Espósito es admirable.

Dos pasos separan al puesto de diarios con el edificio donde se realiza la nota en Santa Fe al 3146. Ese kiosko de diarios y revistas es de su abuelo y de su padre. Fabricio trabajó varios meses ahí: "Hace 20 años que ellos viven de eso. Ahora yo laburo como cadete para una administración de consorcio que maneja mi viejo. Estoy en la calle toda la tarde, cobrando y pagando".

Desde que era un niño, sus padres le enseñaron que todo se logra con sudor y sacrificio. Pero el que mejor sintetiza la vida de Fabricio es Abel Soriano, ex jugador de Atlanta y su compañero en Barracas Central: "¿Fabricio Espósito? ¡Uhh! Es groso el pibe. Se entrena, labura y estudia, la verdad, no sé cómo carajo hace. Se rompe el lomo".

"Me levanto bien temprano para ir a entrenarme a Barracas o a Ezeiza, al mediodía voy para Capital y arranco a trabajar hasta las 18, y después, me voy a la facultad. Curso en la UBA, Ciencias Económicas, en la Avenida Córdoba, estudio contabilidad. En este último año, dejé algunas materias colgadas porque jugamos entre semana y la verdad que no me da el tiempo. Todavía no vivo del fútbol, que es lo que quiero, pero hoy por hoy es lo que toca. Igualmente, no me quejo", esboza su rutina la promesa de 21 años.

Vive en Sarandí, a diez cuadras de la cancha de Arsenal. Es hincha de Independiente y desde chico admira a Federico Insúa, aunque siempre jugó de 5. Gastón Bojanich, actual futbolista de Temperley, lo llevó a Barracas en 2012 y dos años más tarde, Salvador Daniele, técnico del elenco barraqueño, lo hizo debutar en Primera. A la hora de recordar su debut, le brillan los ojos y su sonrisa se estira de oreja a oreja: "La semana previa al partido, yo ya estaba entrenando con la Primera y un día antes, el Gato (seudónimo del entrenador) me pone en la lista, pero como número 19. Es decir que ni al banco iba a ir. Horas antes del encuentro contra Deportivo Morón, Luis Monge (ex jugador de River) sufrió un cuadro gripal que le impidió jugar. Fui al banco y la verdad es que estaba muy nervioso. Faltando 20 minutos, el técnico me mandó a la cancha y en la primera pelota que toqué, ingresé al área de sorpresa y se la piqué a Sebastián Peratta. Fue increíble. Hasta ahora sigo mirando el gol (ja ja)".

El tango podría cantar el episodio: "Dormía el muchacho y tuvo esa noche, el sueño más lindo que pudo tener: el estadio lleno, glorioso domingo, por fin en Primera lo iban a ver.Faltando minutos iban cero a cero. Tomó la pelota sereno en su acción, gambeteando a todos enfrentó al arqueroy con fuerte tiro quebró el marcador".

En la carrera de Espósito los pétalos comienzan a florecer, pero él tiene algo para decir que quedará para siempre: "Barracas es mucho para mí. Me dio la posibilidad de soñar con ser futbolista".

MAS NOTAS DE ESTA SECCION

Fútbol femenino

La mujeres futbolistas avanzan y ahora son profesionales

Una serie de hechos y de reclamos empujó a la AFA a considerarlas trabajadores después de años de amateurismo. Es un paso más entre los tantos que dieron y que piensan dar en el fútbol femenino.

Historia de vida

Vivir, jugar y resistir en Venezuela

El rosarino Mario Santilli es arquero del equipo venezolano Deportivo La Guaira, y relata las complicaciones que observa diariamente frente a un escenario político convulsionado.

Racing

Racing campeón: cuando el fuego crezca quiero estar allí

Diciembre de 2001 fue el escenario en el que la sociedad no sólo se apoderó de las calles, sino que también fue el momento en el cual el pueblo racinguista pudo desatar el grito de gloria.