Hugo Miguel Pérez, entrenador y exjockey uruguayo cree que hay una caída de la actividad y que ya no hay especialistas que cuiden a los caballos como antes.

El turf: "una magnífica ilusión"

Joaquín Méndez

28 DE MARZO DE 2018

Día de lluvia en el Hipódromo de San Isidro. Grandes charcos inundan las calles que rodean uno de los sitios más emblemáticos del turf argentino. Pareciera que no hay actividad, pero a unos 100 metros, cerca de la entrada sobre la avenida Diego Carman, se asoma un peón a caballo por un pequeño sendero de la vereda. Viste una boina y una bombacha de campo con botas de goma, y para cubrir su torso utiliza una bolsa negra para que el agua no lo estorbe. En el acceso, dos agentes de seguridad regulan todo lo que entra y sale, en su mayoría, o son camionetas 4x4 o son hombres en bici, con pocos grises. Basta hacer una cuadra dentro del predio para empezar a ver edificaciones blancas en su mayoría, los Studs. Entre ellos, el del uruguayo Hugo Miguel Pérez.
Hay un portón oxidado y esta lleno de barro. La humedad y el olor a pasto mojado reinan en el pasillo de la entrada, entrenador ganador de muchos clásicos del turf y ex jockey. Está compuesto por 20 boxes, donde descansan y viven los caballos que se preparan para las carreras. Están distribuidos en galería y en el centro se encuentra un horno de barro donde en varias ocasiones se juntan alrededor de 20 personas a comer y a escuchar las anécdotas del cuidador.
A la derecha, en una esquina está la oficina de Pérez. Hay un olor fuerte a alfalfa que se mezcla con el excremento de caballo, húmedo y seco, pero eso no afecta ni a los peones, ni a los veterinarios y mucho menos, a Pérez y su capataz, que dentro del pequeño cuarto debaten qué medicamentos les van a dar a los animales para que optimicen su rendimiento.
Pérez finaliza su trabajo con el capataz y continúa haciendo chistes. Bajo de estatura, con una campera gris y peinado hacia atrás comienza hablar sobre sus pasiones: el turf y el tango. “Mirá allá, pegado a la pared está el más grande”, dice y señala cuadros de sus caballos ganadores, una foto de Carlos Gardel. Hay más de cien retratos de caballos, algunos más grandes, como el de Áspero Wells, que ganó varias competencias.
“Los caballos los compramos en el remate a los 2 años, a veces antes”, cuenta Pérez y aclara que los mismos, se doman en un campo por una cuestión de gastos. ”Una vez domados los empezamos a entrenar con vistas al debut. Tenés que hacerlo suave y lleva unos 6 meses hacer debutar un caballo”, afirma.
Un caballo de carrera puede llegar a costar desde 15 mil pesos hasta más de medio millón, incluso en dólares, todo depende de sus progenitores y de donde sea el remate o quién sea el vendedor. Pérez abre una vieja valija color verde agua y bromea: “Esta es mi notebook”. Allí tiene toda la información de sus caballos, los que debutaron y los que no. No necesita ponerles los nombres o alguna referencia, recuerda todos y cuál es su valor: “Este lo pagué 600.000 pesos y este 150.000 pesos que es mejor, y el boludo este 800.000 y ni mira adelante. Este 250.000. Este 200.000. Este costó 2 mangos y es bueno”.
Para mantenerles en forma se varea a los caballos, es decir, se los hace galopar, realizar piques y para eso están los vareadores. Los piques son partidas cortas de menos de mil metros. “Cuando pasan los 1000 están para correr”, dice Pérez. Otro factor vital en su mantenimiento es la alimentación, ya que eso puede o mejorar o empeorar el rendimiento de cada caballo. “Se basa todo en la alimentación. Si come mal, el cuidador no puede hacer nada”, confirma Gustavo Ruzzante, jefe del equipo veterinario, también agrega: “Viene el cuidador a la mañana y pregunta cómo comieron los caballos y ahí el capataz le informa para ver que hacen. A veces el caballo tiene preparado una actividad. Si come mal no la puede hacer”.
“1 segundo está compuesto por 5 quintos, en un quinto un caballo le gana a otro por un cuerpo. Es muy poca la diferencia, por eso hay que hilar finito. Si no chau”, señala el cuidador respecto al resultado final de una carrera. Serio, con sus cejas fruncidas alza la voz, levanta el dedo índice de su mano derecha y grita: “El deporte ecuestre más lindo y más trasparente es el turf. Te lo argumento. Esos que juegan de 4(polo), mira los caballos de ese partido. ¿Sabés lo que les dan? Hasta le sacan saliva. Mi papá daba 10 aspirinas verdes y yo ni un corticoide de mierda puedo dar, déjate de joder”.
Pérez está en desacuerdo con la dirección del Jockey Club Argentino y añade: “Nosotros siempre estuvimos mal promocionados y ahora tenemos el Gobierno en contra”. Además asegura que el turf es más riguroso en Argentina que en Estados Unidos. El estadounidense es mejor debido a todos los medicamentos que se les permite dar a los caballos. “El turf no ha hecho un buen marketing, ahora para apostar hay casino en todos lados y esas cosas le jugaron en contra”, concuerda su jefe veterinario.
Según sus protagonistas hay una decaída de la actividad y tener un caballo en el stud sale 15 mil pesos que son administrados por el cuidador. “Cuando arranqué en el 80, los cuidadores andaban en Mercedes Benz. Ahora le deben a todo el mundo. Si no ganan una carrera, te diría que andan pelados, sin un mango”, recuerda Ruzzante.
También se perdió el trabajo calificado en el deporte. Antes las personas que entrenaban o cuidaban a los caballos eran especialistas en el rubro, ahora ya no hay. “Ahora entra cualquier peón y lo meten, que quizás nunca vieron un caballo. Hay 3 venezolanos que entraron ahora que no tenían idea de cómo se trabaja y van aprendiendo”, agrega Ulises Gonzales veterinario del equipo de Ruzzante. Antes, todos los puestos de trabajo en el turf siempre se heredaban, los hijos de los trabajadores de experiencia aprendían el oficio, ahora sólo trascienden de generación en generación, los cuidadores.
Luego de unos minutos de enojo y descargo por la situación actual del turf Pérez comienza a hilar una historia para comprenderlo. Durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, los principales cabañeros de Argentina, propietarios fuertes como José Alfredo Martínez de Hoz, ex presidente de la Sociedad Rural Argentina, compraron un terreno en Uruguay y fundaron el Haras Uruguay. Aureliano Rodríguez Larreta, reconocido abogado uruguayo, se unió a la sociedad.
El grupo invirtió en el caballo Uranio y bajo su dirección le ganó una carrera a Doubles, que venía de ganar el Pellegrini en 1948, una de las carreras más importante de Argentina. Tiempo después obtuvo el Gran Premio Nacional y batió un récord que llamo la atención del mundo del turf. A pesar de la buena inversión en Uranio, el Haras comenzó a darles pérdidas lo que derivó en una crisis para el negocio. La situación económica forzó a una reunión entre Martínez de Hoz y Rodríguez Larreta. El encuentro se realizó en un lujoso hotel de Colonia, Uruguay. Peréz cuenta que allí Aureliano recibió la lección más importante en su vida.
El abogado creía que con la venta de Uranio, el mejor caballo del Haras Uruguay, resolvería todos los problemas financieros. El posible comprador era un árabe que tenía caballos en Europa y que tendría mucho dinero pero, lo que no sabía es la reacción que tendría su socio…
-Aureliano, ¿usted desea que yo me retire de la sociedad?- primera respuesta de Martínez de Hoz
-Si eso aconteciese, yo sería el primero que me voy. Responde Rodríguez Larreta.
-Entonces Uranio no se vende.
Al final Uranio no se vendió y el Haras Uruguay años después declaró la quiebra con su posterior desaparición. Pérez contó con un poco de orgullo y un poco de frustración este acontecimiento y sentenciaba: “Todo esto porque el turf fue, es y será siempre nada más que una magnifica ilusión”. El cuidador se retira y cierra de un golpe seco la puerta blanca de su despacho. Sus veterinarios se ríen, los peones acompañan con alguna pequeña mueca y sus dos perros se acuestan en la entrada.
“Vos comprás un potrillo y no sabés si va ser bueno o malo. Es verdad lo que dice”, confirma Ruzzante y Ulises asiente inclinando su mentón hacia abajo. La llegada de extranjeros que carecen de experiencia en busca de un trabajo precario como peón. El grupo veterinario que pese a que Pérez les debe mucha plata todos los días están ahí, con sus caballos. La compra de los animales a un alto o bajo precio no garantiza el éxito. Algunos dueños de los Studs ni siquiera los eligen, solo entregan el dinero.
Las apuestas los días de carrera en San Isidro, en Palermo o en La Plata. El hombre mojado con su ropa vieja y una canasta, donde contiene sus últimas empanadas en busca de algún comprador. Un caballo bueno o malo. Un clásico o Gran Premio. Todo lo que rodea y forma parte del turf como dijo Pérez es una magnífica ilusión.

Día de lluvia en el Hipódromo de San Isidro. Grandes charcos inundan las calles que rodean uno de los sitios más emblemáticos del turf argentino. Pareciera que no hay actividad, pero a unos 100 metros, cerca de la entrada sobre la avenida Diego Carman, se asoma un peón a caballo por un pequeño sendero de la vereda. Viste una boina y una bombacha de campo con botas de goma, y para cubrir su torso utiliza una bolsa negra para que el agua no lo estorbe. En el acceso, dos agentes de seguridad regulan todo lo que entra y sale, en su mayoría, o son camionetas 4x4 o son hombres en bicicletas, con pocos grises. Basta hacer una cuadra dentro del predio para empezar a ver edificaciones, en su mayoría, blancas: los Studs. Entre ellos, el del uruguayo Hugo Miguel Pérez.

Hay un portón oxidado y está lleno de barro. La humedad y el olor a pasto mojado reinan en el pasillo de la entrada del entrenador ganador de muchos clásicos del turf y exjockey. Está compuesto por 20 boxes, donde descansan y viven los caballos que se preparan para las carreras. Están distribuidos en galería y en el centro se encuentra un horno de barro donde en varias ocasiones se juntan alrededor de 20 personas a comer y a escuchar las anécdotas del cuidador.

A la derecha, en una esquina, está la oficina de Pérez. Hay un olor fuerte a alfalfa que se mezcla con el excremento de caballo, húmedo y seco, pero eso no afecta ni a los peones, ni a los veterinarios y mucho menos, a Pérez y su capataz, que dentro del pequeño cuarto debaten qué medicamentos les van a dar a los animales para que optimicen su rendimiento.

Pérez finaliza su trabajo con el capataz y continúa haciendo chistes. Bajo de estatura, con una campera gris y peinado hacia atrás comienza hablar sobre sus pasiones: el turf y el tango. “Mirá allá, pegado a la pared está el más grande”, dice y señala un sector donde entre los cuadros de sus caballos ganadores se deja ver una foto de Carlos Gardel. Hay más de cien retratos de caballos, algunos más grandes, como el de Áspero Wells, que ganó varias competencias.

“Los caballos los compramos en el remate a los 2 años, a veces antes”, cuenta Pérez y aclara que los mismos se doman en un campo por una cuestión de gastos. ”Una vez domados los empezamos a entrenar con vistas al debut. Tenés que hacerlo suave y lleva unos 6 meses hacer debutar un caballo”, afirma.

Un caballo de carrera puede llegar a costar desde 15 mil pesos hasta más de medio millón, incluso en dólares. Todo depende de quiénes sean sus progenitores y de dónde sea el remate o quién sea el vendedor. Pérez abre una vieja valija color verde agua y bromea: “Esta es mi notebook”. Allí tiene toda la información de sus caballos, los que debutaron y los que no. No necesita ponerles los nombres o alguna referencia, recuerda todos y cuál es su valor: “Este lo pagué 600.000 pesos y este 150.000 pesos que es mejor, y el boludo este 800.000 y ni mira adelante. Este 250.000. Este 200.000. Este costó 2 mangos y es bueno”.

Para mantenerlos en forma se varea a los caballos, es decir, se los hace galopar, realizar piques y para eso están los vareadores. Los piques son partidas cortas de menos de mil metros. “Cuando pasan los 1.000 están para correr”, dice Pérez. Otro factor vital en su mantenimiento es la alimentación, ya que eso puede mejorar o empeorar el rendimiento de cada caballo. “Se basa todo en la alimentación. Si come mal, el cuidador no puede hacer nada”, confirma Gustavo Ruzzante, jefe del equipo veterinario, que también agrega: “Viene el cuidador a la mañana y pregunta cómo comieron los caballos y ahí el capataz le informa para ver qué hacen. A veces el caballo tiene preparado una actividad y si come mal no la puede hacer”.

“Un segundo está compuesto por cinco quintos, y en un quinto un caballo le gana a otro por un cuerpo. Es muy poca la diferencia, por eso hay que hilar finito. Si no chau”, señala el cuidador respecto al resultado final de una carrera. Serio, con sus cejas fruncidas, alza la voz, levanta el dedo índice de su mano derecha y grita: “El deporte ecuestre más lindo y más trasparente es el turf. Te lo argumento. Esos que juegan de a 4 (polo), miran los caballos de ese partido. ¿Sabés lo que les dan? Hasta le sacan saliva. Mi papá daba 10 aspirinas verdes y yo ni un corticoide de mierda puedo dar, déjate de joder”.

Pérez está en desacuerdo con la dirección del Jockey Club Argentino y añade: “Nosotros siempre estuvimos mal promocionados y ahora tenemos el Gobierno en contra”. Además, asegura que el turf es más riguroso en Argentina que en Estados Unidos, donde tienen permitido darles medicamentos a los caballos que acá no. “El turf no ha hecho un buen marketing, ahora para apostar hay casino en todos lados y esas cosas le jugaron en contra”, concuerda su jefe veterinario.

Según sus protagonistas hay una decaída de la actividad y tener un caballo en el stud sale 15 mil pesos, que son administrados por el cuidador. “Cuando arranqué en el 80, los cuidadores andaban en Mercedes Benz. Ahora le deben a todo el mundo. Si no ganan una carrera, te diría que andan pelados, sin un mango”, remarca Ruzzante.

También se perdió el trabajo calificado en el deporte. Antes las personas que entrenaban o cuidaban a los caballos eran especialistas en el rubro, ahora ya no hay. “Ahora entra cualquier peón y lo meten, aunque quizás nunca habían visto un caballo. Hay 3 venezolanos que entraron ahora que no tenían idea de cómo se trabaja y van aprendiendo”, agrega Ulises Gonzales veterinario del equipo de Ruzzante. Antes, todos los puestos de trabajo en el turf se heredaban, los hijos de los trabajadores de experiencia aprendían el oficio. Ahora sólo trascienden de generación en generación los cuidadores.

Luego de unos minutos de enojo y descargo por la situación actual del turf, Pérez comienza a hilar una historia para ser comprendido. Durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, los principales cabañeros de Argentina, propietarios fuertes como José Alfredo Martínez de Hoz, expresidente de la Sociedad Rural Argentina, compraron un terreno en Uruguay y fundaron el Haras Uruguay. Aureliano Rodríguez Larreta, reconocido abogado uruguayo, se unió a la sociedad.

El grupo invirtió en el caballo Uranio y bajo su dirección le ganó una carrera a Doubles, que venía de ganar el Pellegrini en 1948, una de las carreras más importante de Argentina. Tiempo después obtuvo el Gran Premio Nacional y batió un récord que llamo la atención del mundo del turf. A pesar de la buena inversión en Uranio, el Haras comenzó a darles pérdidas, lo que derivó en una crisis para el negocio. La situación económica forzó a una reunión entre Martínez de Hoz y Rodríguez Larreta. El encuentro se realizó en un lujoso hotel de Colonia, Uruguay. Peréz cuenta que allí Aureliano recibió la lección más importante en su vida.

El abogado creía que con la venta de Uranio, el mejor caballo del Haras Uruguay, resolvería todos los problemas financieros. El posible comprador era un árabe que tenía caballos en Europa y que tendría mucho dinero, pero lo que no sabía es la reacción que tendría su socio:

-Aureliano, ¿usted desea que yo me retire de la sociedad?- pregunta Martínez de Hoz
-Si eso aconteciese, yo sería el primero que me voy. -Responde Rodríguez Larreta.
-Entonces Uranio no se vende.

Al final Uranio no se vendió y el Haras Uruguay años después declaró la quiebra con su posterior desaparición. Pérez contó con un poco de orgullo y un poco de frustración este acontecimiento y sentenció: “Todo esto porque el turf fue, es y será siempre nada más que una magnifica ilusión”. El cuidador se retira y cierra de un golpe seco la puerta blanca de su despacho. Sus veterinarios se ríen, los peones acompañan con alguna pequeña mueca y sus dos perros se acuestan en la entrada.

“Vos comprás un potrillo y no sabés si va ser bueno o malo. Es verdad lo que dice”, confirma Ruzzante y Ulises asiente inclinando su mentón hacia abajo. La llegada de extranjeros que carecen de experiencia y obtienen un trabajo precario como peón. El grupo veterinario que pese a que Pérez les debe mucha plata todos los días están ahí, con sus caballos. La compra de los animales a un alto o bajo precio no garantiza el éxito. Algunos dueños de los Studs ni siquiera los eligen, solo entregan el dinero.

Las apuestas los días de carrera en San Isidro, en Palermo o en La Plata. El hombre mojado con su ropa vieja y una canasta, donde contiene sus últimas empanadas en busca de algún comprador. Un caballo bueno o malo. Un clásico o Gran Premio. Todo lo que rodea y forma parte del turf como dijo Pérez es una magnífica ilusión.

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