El conflicto en la educación superior que se prolongó por más de un mes afectó a los atletas que collevan en simultáneo la doble vida del estudio y el juego profesional.

Los deportistas también sufren el ajuste en las universidades

Francisco Rodríguez

28 DE MARZO DE 2018

Superación, perseverancia, compañerismo, solidaridad, respeto e igualdad son algunos de los valores que enseña el deporte. A mayor formación, mayor independencia. Por eso, muchos deportistas –al igual que mucha gente que tiene la posibilidad- deciden estudiar una carrera universitaria.
Son menos los casos de deportistas profesionales y de alto nivel, como los futbolistas de Primera División, que se meten en el mundo universitario. La sociedad, alimentada por los medios masivos de comunicación, suele considerar que el estudio en la vida de un deportista de alto rendimiento es solamente una distracción. A pesar de eso, hay casos de jugadores que –aunque sea inconscientemente- pelean contra este estereotipo.
Por el otro lado, están los deportistas que se dedican a una actividad no profesionalizada o escasamente remunerada, como el atletismo y el fútbol femenino –incluso el masculino en los estratos más bajo- que deben ganarse la vida trabajando y estudiando para asegurarse un futuro mejor. Lejos de estar salvados económicamente, sabiendo que lo que te da el deporte un día termina, dentro de este grupo se encuentra la mayoría de los deportistas que eligen estudiar una carrera universitaria.
También, es por ese estereotipo –la concepción del estudio como una distracción- que la mayoría de los deportistas, especialmente los futbolistas, son vistos como vacíos, huecos y hasta tontos, que no deben opinar de cuestiones ajenas al deporte.
“Dosificar deporte, trabajo y estudio es un gran desafío, ya que vivir del deporte, tanto para mí como para muchos atletas, casi que no es una opción”, dice Gabriel Copola, jugador de tenis de mesa adaptado, licenciado en Educación Física y docente en la Universidad de La Matanza (UNLAM); sobre el esfuerzo que conlleva este estilo de vida.
Tanto el tenismesista como Macarena Sánchez, delantera de la UAI Urquiza –el último campeón del torneo argentino de fútbol femenino- y estudiante de Trabajo Social en la Universidad de Buenos Aires, no tienen la suerte de que su actividad deportiva sea lo que les da su mayor fuente de ingresos. Por eso, tienen una vida muy sacrificada, ya que además del tiempo empleado en el deporte y en el estudio, deben trabajar.
“Es difícil el ritmo de vida. Trabajo de 8 a 14, entreno de 15 a 18 y curso de 19 a 23. La mayoría de los días es así, pero ya me acostumbré. A veces me cuesta encontrar momentos para estudiar pero apenas tengo un tiempo libre no me queda otra que hacerlo, trato de aprovecharlos porque si no me atraso”, dice Sánchez respecto a su apretada rutina en una entrevista para El Equipo.

Superación, perseverancia, compañerismo, solidaridad, respeto e igualdad son algunos de los valores que enseña el deporte. A mayor formación, mayor independencia. Por eso, muchos deportistas –al igual que mucha gente que tiene la posibilidad- deciden estudiar una carrera universitaria.

Son menos los casos de deportistas profesionales y de alto nivel, como los futbolistas de Primera División, que se meten en el mundo universitario. La sociedad, alimentada por los medios masivos de comunicación, suele considerar que el estudio en la vida de un deportista de alto rendimiento es solamente una distracción. A pesar de eso, hay casos de jugadores que –aunque sea inconscientemente- pelean contra este estereotipo.

Por otro lado, están los deportistas que se dedican a una actividad no profesionalizada o escasamente remunerada, como el atletismo y el fútbol femenino –incluso el masculino en los estratos más bajo- que deben ganarse la vida trabajando y estudiando para asegurarse un futuro mejor. Lejos de estar salvados económicamente, sabiendo que lo que te da el deporte un día termina, dentro de este grupo se encuentra la mayoría de los deportistas que eligen estudiar una carrera universitaria.

También, es por ese estereotipo –la concepción del estudio como una distracción- que la mayoría de los deportistas, especialmente los futbolistas, son vistos como vacíos, huecos y hasta tontos y que no deben opinar de cuestiones ajenas al deporte.

“Dosificar deporte, trabajo y estudio es un gran desafío, ya que vivir del deporte, tanto para mí como para muchos atletas, casi que no es una opción”, dice Gabriel Copola, jugador de tenis de mesa adaptado, licenciado en Educación Física y docente en la Universidad de La Matanza (UNLAM), sobre el esfuerzo que conlleva este estilo de vida.

Tanto el tenimesista como Macarena Sánchez, delantera de la UAI Urquiza –el último campeón del torneo argentino de fútbol femenino- y estudiante de Trabajo Social en la Universidad de Buenos Aires, no tienen la suerte de que su actividad deportiva sea su mayor fuente de ingresos. Por eso, tienen una vida muy sacrificada, ya que además del tiempo empleado en el deporte y en el estudio, deben trabajar.

“Es difícil el ritmo de vida. Trabajo de 8 a 14, entreno de 15 a 18 y curso de 19 a 23. La mayoría de los días es así, pero ya me acostumbré. A veces me cuesta encontrar momentos para estudiar pero apenas tengo un tiempo libre no me queda otra que hacerlo, trato de aprovecharlos porque si no me atraso”, dice Sánchez respecto a su apretada rutina en una entrevista para El Equipo.

Por otro lado, Juan Manuel Herbella hace varios años se recibió de médico en la UBA mientras era futbolista profesional: “Mi experiencia fue buena, muy sacrificada. Era otro tiempo, en la actualidad creo que es todavía más difícil hacer la carrera de medicina en la UBA y jugar al fútbol al mismo tiempo, ya que los requisitos de ambos incrementaron notablemente. El grado de dificultad es mayor hoy en día que hace 20 años cuando estudié yo”.

“Creo que tanto los medios como la sociedad le exigen muchísimo al jugador, como si el fútbol fuese cuestión de vida o muerte, y eso hace que el futbolista crea que eso debe ser así. También, hoy en día un futbolista profesional está salvado de por vida y ve en el estudio una pérdida de tiempo”, explica Sánchez.

Contrariamente, Herbella cree que los medios no tienen tanta influencia en este preconcepto de la sociedad: “hay otros actores que tienen mucha más injerencia, como los que están vinculados al día a día del jugador, esos que toman contacto con él en distintos lugares, como en el entrenamiento, en la pensión, en el club y en la casa”.

Copola tampoco considera que los medios inciten al deportista a no estudiar, e incluso cuenta que el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo los estimula a incursionar en el ámbito universitario: “De hecho el ENARD tiene un programa de becas de estudio. Muchos deportistas necesariamente deben hacerlo y formarse ya que es casi imposible dedicarse exclusivamente a ser deportista”.

¿Por qué consideramos que los medios son responsables de fomentar este estereotipo? Lo que ocurrió con Gonzalo Maroni, el hoy jugador de Talleres de Córdoba, luego de debutar en Boca puede ayudar a demostrar esta idea. Luego de su prometedor debut, el juvenil fue entrevistado por un programa de Fox Sports. Allí, Oscar Ruggeri –campeón del mundo en 1986- felicitó al joven cordobés pero también le recomendó que estudie. Sin embargo, el conductor del show,Sebastián Vignolo, lo interrumpió y dijo: “No le vengan con el estudio, está en la Primera de Boca”.

Lo que entre risas parece un dicho inocente, es en realidad un mensaje peligroso, y que alguien que no tiene la necesidad de estudiar o de salir a buscar trabajo quiera ampliar su mente es un ejemplo. No es una cuestión recurrente en las agendas de los programas de debate deportivo porque, justamente, no se lo considera importante, y los deportes en lo que estos focalizan –por no decir el fútbol exclusivamente- son donde menos casos se encuentran. El hecho de que un deportista que estudie una carrera sea noticia es lo que debería hacer ruido.

No obstante, a este preconcepto formado en la sociedad hay que agregarle la problemática vivida este año en las universidades públicas, que parece haber cesado, pero en cualquier momento puede reaparecer, de igual forma o peor.

El conflicto comenzó luego de las vacaciones de invierno, cuando debía comenzar el segundo cuatrimestre de clases. Los gremios docentes unificaron su reclamo ante la propuesta por parte del Gobierno de una recomposición salarial del 10,8%, que podía estirarse hasta el 15%. En cambio, ellos pedían un aumento del sueldo de un 30% con cláusula gatillo según la inflación oficial (que llegará al 42% este año). Además, reclamaron por el recorte de $4 millones destinados a infraestructura –lo que generó la suspensión de muchas obras- y por la ejecución y actualización del presupuesto.

Este reclamo produjo un paro que se prolongó por más de un mes, dentro del que se dictaron clases públicas y se tomaron universidades. Como consecuencia, los estudiantes de las 57 universidades nacionales del país no pudieron empezar con la cursada regularmente, e incluso, muchos de ellos perdieron este cuatrimestre.

El punto de máxima visibilidad del conflicto, que al principio parecía ser ignorado por algunos medios de comunicación, fue el 30 de agosto, cuando se realizó la Marcha Nacional en Defensa de la Universidad Pública, donde el movimiento estudiantil acompañó la lucha del personal docente y no docente en una movilización histórica que finalizó en la Playa de Mayo.

Luego de esta marcha, el –por aquel entonces- ministro de Educación (hoy de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología) Alejandro Finocchiaro reconoció que el 15% de aumento era muy poco comparado con la inflación y no tuvo otra opción que sentarse a negociar con los profesores.

Llegando a la quinta semana de conflicto, cinco de los seis gremios de representación docente aceptaron el aumento propuesto por el gobierno del 25% en promedio, según categoría, con dos cláusulas de revisión obligatoria en diciembre y enero. A partir de allí, se consideró que el conflicto universitario había llegado a su fin. El único sindicato que no aceptó esta medida fue la CONADU Histórica, que continúo exigiendo un aumento del 30% con cláusula gatillo.

Sin embargo, con el auge de la lucha ya disipado, con todos los profesores cobrando el aumento que aceptaron parte de los gremios, hoy en día, las formas de protesta cambiaron: se decidió no hacer más paros (en parte porque empezarán a descontarles el sueldo a los participantes) y reanudar con la cursada de forma regular, pero sin dejar de estar alerta.

El conflicto universitario conmovió a todos los estudiantes de las 57 universidades nacionales del país, incluyendo a los deportistas que están explorando el mundo universitario. Este ámbito no los deja abstenerse de la realidad, como muchas veces el deporte si les permite.

“El paro obviamente me afectó, como a todos los estudiantes. Se pierden contenidos o te ves obligada a estudiar sin haber tenido la clase, pero entiendo que esa es la forma de acompañar un reclamo válido. Los alumnos tenemos también la obligación de apoyar los paros y acompañar a los docentes desde el lugar que nos toca”, explicó Sánchez representando a la mayoría del movimiento estudiantil, órgano clave para la visibilización y consolidación del reclamo de los profesores.

“La falta de apoyo y el recorte en las universidades son un gran problema, ya que éstas son las únicas instituciones no cuestionadas por la sociedad en donde se forman los profesionales de nuestro país”, agrega Copola.

Sin embargo, el conflicto no está terminado realmente, solamente se encuentra en una meseta debido al acuerdo temporal al que llegaron los gremios y el Gobierno, que implica también que los sindicatos docentes ya no utilicen medidas de fuerza como antes. El confrontamiento se puede reactivar en cualquier momento por el problema madre: el presupuesto. El proyecto de la “ley de leyes” presentado para el 2019 supone un gran recorte en el área educativa, por lo que seguirá siendo un tema de debate por un largo tiempo.

“La tormenta” que está atravesando la Argentina sobre la que hizo referencia el presidente Mauricio Macri profundizó la crisis y animó al Gobierno a pedir una extensión del préstamo al Fondo Monetario Internacional, que todavía no está confirmado, pero parece bien encaminado.

La condición principal del FMI, y el objetivo para el 2019, es el déficit fiscal cero. Para esto, el Gobierno recortará en gran medida el "gasto" público, que incluye el dinero destinado a la educación, y destinará la mayor parte del presupuesto a la prioridad: pagar los intereses de la deuda pública, razón por la que el dinero destinado a esto aumentará un 82%.

La función “Educación y Cultura” será una de las tantas partidas que se encontrarán debajo de la inflación promedio de 34,8% calculada por el Gobierno para el 2019. El proyecto de ley del presupuesto le asigna $144.650 millones al sistema universitario, una suba nominal del 23,1 %, que incluso supera el pedido de los rectores, pero en términos reales, se registra una caída del 10%, debido a la inflación proyectada.

¿Qué significan estos números? Quieren decir que tarde o temprano, este conflicto podría reactivarse, de igual o peor forma, porque la crisis económica puede profundizarse en 2019 y porque la educación superior, teniendo en cuenta las acciones del Estado, sigue sin ser una de las prioridades del Gobierno.

“Creo que vale la pena el sacrificio que hago, aunque a veces cansa, no voy a mentir. Pero sé que el esfuerzo me va a servir en el futuro. Estudiar te abre mucho la cabeza, salís del táper en el que te metés cuando jugas al fútbol. Chocás con otra realidad, conoces gente de otra clase social, empezas a cuestionarte cosas más importantes y valorás mucho más lo que tenés. Estudiar te lleva a darte cuenta que no todo es fútbol en la vida”, explica Sánchez sobre los beneficios que les da a los deportistas estudiar una carrera.

Hay que tener en cuenta, entonces, que estos problemas que pueden reaparecer en el ámbito universitario –además de perjudicar a millones de personas- afectarán a aquellos deportistas que estén estudiando una carrera en una universidad pública y también a los que estén pensando en hacerlo. Eso provocaría una disminución de los deportistas-estudiantes y dificultaría la lucha por el fin de este preconcepto que la sociedad argentina tiene sobre ellos.

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