Como en la película, un grupo de jóvenes entusiastas desarrollan este deporte en el país. Se entrenan en el Parque Chacabuco, llevan el deporte a las villas y quieren representar a Argentina en mundiales. Aquí su historia.

Dodgeball: la dimensión desconocida que crece en Argentina

Daniela Simón

28 DE MARZO DE 2018

Es un sábado cualquiera de los primeros días de primavera, el sol brilla con más fuerza que de costumbre e invita a las personas al aire libre. Parque Chacabuco, inundado de verde, lleno de gritos y música, está abarrotado. Debajo de la autopista hay sombra y el asfalto es más fresco, algunos chicos juegan al fútbol, otros corren y unas nenas patinan. Entre la multitud, hay un grupo habitué del lugar que se lleva las miradas porque juegan dodgeball, un deporte extraño para muchos, pero que desde hace un tiempo está creciendo en el país.

“Hace un par de años, mientras Lex hacía el profesorado de educación física hizo un trabajo sobre deportes alternativos y se encontró con el dodgeball. Le pareció que podía funcionar y que los chicos se podían prender a jugarlo, entonces me comentó la idea de implementarlo”, dice Diego Bertola, presidente de la Federación Argentina de Dodgeball. Por ese entonces, Lex no se imaginaba que iba a terminar siendo el capitán de la Selección, Los Albatros. Sentado en el banco aledaño a donde el equipo practica todos los sábados, justo delante de la bandera de la Federación Argentina de Dodgeball, recuerda ese primer instante: “Cuando me llamó le pregunté: ‘¿Qué es eso?’, me explco que era como la película (Pelotas en juego), y que era interesante porque no se necesita una gran inversión, sólo un terreno donde jugar y seis pelotas”.

El dodgeball es muy parecido al quemado: se juega por equipos, los jugadores lanzan pelotas con el objetivo de tocar y así “quemar” al rival, que en ese caso deberá salir fuera del terreno de juego. El partido finaliza cuando uno de los dos equipos se queda sin jugadores.

Bertola, además, forma parte de la comisión directiva del Club Atlético Newell's Old Boys de Parque Chas. Cuando Lex le llevó la idea, se puso en contacto con la Federación de Canadá, que envió dos kits de pelotas –son particulares, livianas y de una contextura especial- porque en Argentina no se fabrican.

Debajo de la autopista, la veintena de jóvenes se entrena bajo las órdenes de Paolo Danpher Trigoso. Entre ellos, hay tres que viven en la Vila 1-11-14. “Nuestra idea es que el dodgeball sea inclusivo, no algo comercial. Lo importante es que los chicos estén vinculados al deporte y no en la calle. Queremos impulsar la honestidad en el juego, los buenos valores y educar”, comenta Bertola.

Después de una pequeña entrada en calor, dan inicio al partido. Dividen imaginariamente el terreno en dos campos iguales y colocan seis pelotas en esa línea divisoria. En un partido oficial, habrá seis árbitros, hoy es uno solo y además se encarga de alcanzar las pelotas que salen por fuera de los límites imaginarios. Cuando comienza, un jugador de cada equipo corre a toda velocidad hacia el medio, lanza tres pelotas hacia atrás, que son tomadas por sus compañeros, y retrocede rápidamente. Inicia la batalla: las seis pelotas vuelan de un lado a otro al unísono y con velocidad, tener un solo par de ojos parece inútil. Para no ser quemados, combinan movimientos corporales y saltos. Los cuerpos se contornean, levitan y flamean en una danza con el objetivo de sortear el balón.

Hay quienes lanzan con la agilidad y la precisión de un francotirador. Los más arriesgados intentan desafiar con la mirada a su rival esperando el cañonazo, y si los reflejos tienen la velocidad de la luz, capturarán la pelota de aire. Si la agarran, quien arrojó el balón está quemado; si en cambio, no logran capturarla y se les escurre entre los dedos, ellos deberán salir. La pelota, además, puede ser usada como escudo para evitar ser quemado. Hay algunos osados que intentan agarrar una pelota que tocó a un compañero y todavía no cayó al suelo, de esa manera, eliminarán un rival.

“Esperen, ¡alto, alto! Que pasa gente”, dice una de las jugadoras mientras levanta sus brazos para reforzar su mensaje. Si bien ellos ocupan una parte del ancho del terreno y dejan un pasillo a cada lado para quienes pasan caminando, frenan el juego. Los parates durante el partido son constantes y casi insoportables, pero continúan con la misma intensidad y ganas que en el inicio.

“¡Me quemó!”, grita Jésica con su mano en alto y sale de la cancha. Una vez fuera, ayuda a quien hace las veces de árbitro a recoger las pelotas. “Yo podría haber dicho que no me tocó y seguir jugando, pero no es así, somos honestos y decimos si fuimos quemados o no”, dice mientras espera poder volver a entrar o que el partido termine para arrancar uno nuevo.

El dodgeball produce la minuciosa observación de quienes pasan por allí, extrañados y maravillados por lo desconocido. “La idea de venir a jugar a Parque Chacabuco es que la gente pueda ver lo que es, que se frene y pregunte qué estamos haciendo. Es una forma para que se prendan a jugar, de esa manera podemos seguir creciendo y que haya nuevos chicos”, comenta Bertola.

***

La Federación Mundial había invitado a la Argentina a participar del Mundial de Toronto, que se llevó a cabo en octubre. Canadá enviaba dos pasajes para abaratar los costos, pero una mala campaña para recaudar fondos -consiguieron poco más de 300 pesos- y la poca cantidad de sponsors, diluyeron el viaje. La falta de financiación es el mayor problema que tiene la Federación Argentina, porque si bien todos los meses ellos aportan dinero desde su bolsillo, una buena base económica implicaría mayores crecimientos.

A pesar de esto, Bertola viajó en representación del país. “En una reunión con el canadiense Duane Wysynski, presidente de la federación mundial, y los presidentes de las demás federaciones, me dieron la bienvenida y las certificaciones por el trabajo realizado”, comenta. Ahora, la Federación tiene los derechos de todo lo que se relaciona a dodgeball en Argentina. “Me regalaron una caja llena de pelotas, quedaron en que me iban a mandar más. Ellos van a visitarnos para realizar capacitaciones y formar nuevos árbitros”, dice.

Malasia fue el gran campeón de la cita, en masculino venció en la final a Canadá y en femenino a Australia. “En cuanto a lo deportivo me traje las técnicas de los equipos. Al ser los primeros en Argentina, no teníamos a nadie como ejemplo–explica-. Entendí que había jugadas armadas y preparadas, los jugadores sabían cómo salir y a quién quemar”.

El Mundial del próximo año será en Los Ángeles, Estados Unidos, y la idea es que Argentina pueda presentar su equipo. “Con los días lindos se hizo imposible jugar en Parque Chacabuco porque se llena de gente. Hablé con Gustavo Acosta (de Femec) para pedirle un lugar, si queremos representar al país no podemos estar entrenando así. Mientras estaba en Canadá me comunicó que vamos a poder jugar en el Club Artigas”, comenta

El deporte está en un continuo crecimiento, mientras esperan por los campeonatos de cada mes, preparan los Juegos Porteños y los Juegos Evita y realizaron una muestra en La noche en los Museos. Despertaron el interés por el dodgeball en La Rioja y Tierra del Fuego, y de colegios de la ciudad de Buenos Aires, en donde realizan clínicas. Además, en los primeros días de noviembre hicieron una presentación de dodgeball ultimate, otra disciplina, en el Complejo de Rush en Pilar. La modalidad se juega en camas elásticas, por lo que al estar sobre una superficie inestable se necesita de mayor precisión. El escenario otorga dinamismo y atracción visual. Los jugadores rebotan y utilizan la suspensión para esquivar y conseguir distintas alturas. “Esta presentación nos va a dar la difusión que necesitamos y un ingreso de dinero para comprar pelotas y hacer clínicas”, afirma.

VIDEO

Un partido abajo de la autopista

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