Una disciplina que jamás olvidó su procedencia, costumbres y hasta protegió y conservó la fisonomía tradicional de sus establecimientos como parte de su patrimonio cultural.

Remar hacia las raíces

Santiago Ladino

28 DE MARZO DE 2018

La ola de inmigración europea que vivió la Argentina, que tuvo lugar a partir de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, trajo al país, entre tantas otras cosas, una amplia diversidad en la cultura deportiva, y fue en ese mismo período donde una gran cantidad de clubes comenzaron a fundarse.

Es posible que al remontarse hasta ese tiempo, y si el asunto se trata de deportes y de clubes, sea en fútbol lo primero en que se piense, ya que fue una época en la que los equipos que hoy conocemos crearon sus instituciones.

Los ingleses, cuando desembarcaron en estas tierras, trajeron en sus valijas unos cuantos jueguitos como rugby, fútbol, tenis, golf, cricket, polo y hóckey sobre césped. Estos pasatiempos británicos captaron la atención de las masas criollas y en un breve lapso fueron engendrando instituciones para practicar estas disciplinas.

Pero hubo uno de los deportes que portaron en ese "kit de entretenimientos" que fue de los más atractivos de aquellos tiempos. Logró la pronta aceptación, el elogio, los aplausos de la multitud y, rápidamente, la creación de clubes. Se trata del remo y fue para la época uno de los deportes que más fascinación despertó. Mayormente lo practicaron las colonias de la burguesía inglesa, italiana y de la élite de Buenos Aires.

Poco tenía que ver con llevar la pelota de un extremo a otro en busca de anotar un gol o con canchas de césped delimitadas por largas líneas de cal. Consistía en la propulsión de una embarcación de madera sobre el agua, y quien la manejara iría sentado y de espalda a la dirección en la que se avanza hacia la meta.

Esta costumbre de remar continuó creciendo y el 10 de diciembre de 1873 algunos jóvenes, en su mayoría ingleses, corrieron la primera regata oficial de Argentina, en el Río Luján, en Tigre. El evento fue de tal importancia que ese día se despachó desde la Estación Central un tren especial colmado de fervorosos jóvenes para ver este nuevo deporte y hasta el entonces Presidente de la Republica, Domingo Faustino Sarmiento, se hizo presente.

Cuenta la crónica de la época que el presidente tuvo palabras de elogio para los participantes de aquella jornada deportiva e invitó a los jóvenes criollos, fundamentalmente a los del Delta, a tomar parte en el futuro de esta actividad.

El acontecimiento logró dirigir las miradas hacia las aguas del Tigre, ubicado a 32 kilometros de la ciudad de Buenos Aires, y con el correr del tiempo el distrito se convirtió en la cuna del remo argentino.

Con el aporte de las colectividades inglesas, italianas, españolas, francesas y nórdicas, se crearon 15 clubes de los cuales 14 se encuentran en Tigre y uno en San Fernando.

El primero se creó seis días después de aquel acontecimiento social sobre el Río Luján. Los remeros que participaron, más la presencia del Cónsul General de Gran Bretaña y un grupo de aficionados que componían un total de 80 personas presentes, en su mayoría ingleses, se reunieron en el caféGymnasiumsituado en el cruce de la calleFloriday la AvenidaCorrientes, y fundaron el 16 de diciembre de 1873 el Buenos Aires Rowing Club, sinónimo del remo nacional.

Con 166 socios, que era mucho para un deporte y una ciudad que estaba creciendo, y con siete botes de origen inglés, el Buenos Aires Rowing Club mostró desde el comienzo por qué era el decano del deporte náutico.

Las paredes del Rowing actualmente están revestidas con madera de la época y no hay sector donde no se luzca algo de su historia. Fotos de la primera regata de ocho remos corrida en Argentina en 1900 decoran un pasillo. El recuerdo al aviador Jorge Newbery, que representó al club en 1908 y venció en los 1000metros a los campeones hermanos Müller, se luce en un muro que da al patio. Un amplio cuadro de las caras y las gestiones de sus 28 presidentes, y una vitrina repleta de trofeos y premios recuerdan y adornan una enorme sala de estar.

Cada metro cuadrado del club es una manifestación permanente de sus orígenes, de lo refinado, lo metódico: lo inglés. El sector de los galpones es una invitación a soñar con esa época. Cientos de embarcaciones de madera de cedro y de fibra descansan bajo la mirada de Miguel Carrizo y de Britos Raúl, que llevan añares custodiando lo esencial y lo más preciado que posee este deporte: el bote.

“Nuestro día a día es atender y cuidar las embarcaciones. La gente mantiene la tradición de los botes de madera”, sostuvo Miguel Carrizo, quien lleva 27 años trabajando en el Buenos Aires Rowing Club de ocho de la mañana a ocho de la noche.

Otro de los empleados que vela por la salud de los botes es el Uruguayo Britos Raúl, que trabaja en el club hace 35 años y que agregó: “Conservar las embarcaciones en buen estado es nuestra responsabilidad. Si algún dueño lo requiere, lavamos y mantenemos sus embarcaciones y, a cambio, nos dan algo de propina”.

En otro de los sectores del club se encuentra Ana Silvestre. Tiene 64 años y es la delegada en la comisión de remo travesía. El agua es el elemento que mejor la representa. Antes de nacer, sus padres eran apasionados de la náutica, y esa adoración por el río y el aire libre también atracó en ella. “El remo para mí es perfecto. La belleza del delta. La naturaleza. Todo eso es mi historia de vida”, contó Ana, que actualmente compite en la categoría de par simple o doble con timonel y que participa de las diez regatas que por año disputa el campeonato anual de remo travesía, y agregó: “Hay varios remeros de más de ochenta años compitiendo. Al ser un deporte en el que se compite sentado, te deja remar hasta que tu cuerpo te lo permita”.

La segunda institución que se fundó fue la del Club de Regatas La Marina, el 18 de julio de 1876. Institución que brindó al país el orgullo de cuatro remeros que llegaron a lo más alto del podio de los Juegos Olímpicos: Horacio Podestá y Julio Curatella, bronce en Berlín 1936; oro para Eduardo Guerrero en Helsinski 1952, y Alberto Demiddi en México 1968 logró la medalla de bronce y en Munich la de plata. Es el Club que más integrantes aportó a los equipos nacionales de remo y canotaje, y también a Campeonatos Sudamericanos, Panamericanos, Mundiales y Juegos Olímpicos.

La trascendencia de los logros obtenidos llevó a que la Secretaría de Deportes de la Nación declarase de interés nacional la obtención de 1.500 regatas oficiales ganadas. Esto le permitió estar considerado como uno de los puntales del remo mundial.

No hubo premios ni laureles que haya hecho que el Club de Regatas La Marina cambie su esencia de sangre ibérica. El edificio, que se sitúa al margen del Río Luján, mantiene en cada línea de su fachada, en cada escalón, abertura, arcada, y hasta en cada teja, el estilo español burgués de fines del siglo XIX. Es un orgullo para todos por su belleza arquitectónica y su interés por conservar intacto ese aspecto de época.

A mediados de 1888 se fundó otro club de remo. Un pequeño grupo de socios ingleses del Buenos Aires Rowing Club, entre ellos algunos de sus fundadores, se fueron, no por disgusto, sino por el deseo de poseer su propia institución y decidieron crear el Tigre Boat Club.

El TBC, cómo se lo conoce, no fue el único que fijó su mirada en la zona. Otro grupo de europeos decidió tener su propia institución que represente a su colectividad y, el 15 de mayo de 1890, la comunidad alemana fundó el Club de Remo Teutonia. Es el cuarto club de remo más antiguo de Argentina. Después de la segunda Guerra Mundial, el 8 de febrero de 1946, Teutonia fue confiscado como propiedad del enemigo, pero gracias a una pronta actuación de todos los clubes de remo argentino, fue restituido a sus socios el 1º de enero de 1947. Rápidamente se recuperó y a fines de los años 60 ya contaba nuevamente con 1.400 socios y estaba entre los clubes líderes del país.

El delta del Tigre fue un imán para las colectividades europeas adeptas al remo, que lograron fusionar al deporte y sus raíces, para generar unión, amistad y camaradería entre los socios, representadas en cada remada, reproducidas en la estela del bote al cortar el agua.

La colectividad italiana también se hizo presente. En 1908, el príncipede los Abruzos realizó varios viajes por Argentina, en uno de ellos pudo presenciar una regata organizada en su honor en las aguas delDelta del Paraná. Allí notó la ausencia de los colores italianos en las insignias distintivas de las embarcaciones, lo que no condecía con la importancia y el prestigio de la comunidad italiana en Argentina. Antes de abandonar el palco oficial, su alteza manifestó su deseo de que esas aguas fueran surcadas también por botes con los colores de su país. El 1º de enero de 1910 el club Canottieri Italiani quedó formalmente constituido y al cabo de tres meses ya contaba con 780 socios. Al día de hoy, la sede social mantiene la misma fachada, inspirada en los estilos venecianos y bizantinos de la época medieval.

El actual presidente José Carlos Rosso está al frente de la institución que cobija a los, aproximadamente, 1200 socios. Cuenta con una enorme historia dentro del club y un valioso pasado como entrenador. El Negro, como realmente le dicen los socios y empleados del club, lideró a la Selección Junior de nuestro país al Mundial de Bulgaria, Sofía, en la década del ochenta. También a la Mayor en el Sudamericano de Río de Janeiro 84 y en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84, y sostuvo: “Representar a tu Nación es lo máximo. Cuando entramos al estadio con toda la delegación argentina notamos un saludo del público muy especial. Hacía poco que había pasado la Guerra de Malvinas y sentimos un recibimiento muy particular, como si le estaban dando la bienvenida al pequeño que venía de luchar contra el gigante”.

A fines de los años sesenta, Rosso entró con el bolsito para ir a remar como todos los días y hoy es el presidente del club. Ganó cinco campeonatos argentinos en todas las categorías, también una medalla de plata en el Campeonato de las Américas en el 73, y evocó: “Los mejores recuerdos me los llevo puesto. Mi señora es la que se encarga de conservar los trofeos y las fotos. En cambio, yo los guardo adentro”.

El Canottieri Italiani no es la excepción a la regla que aparentemente rige para el mundo del remo. Recorrer las instalaciones del club te remonta a la época. Cada rincón da muestra de la importancia que le dan a su historia. Existe un sector que se mantiene tal cual fue construido en sus inicios. Se lo preservó como a un cuadro de Picasso. Cada escalón de madera cruje. Las paredes conservan intactos los frescos. Vitraux en las ventanas le dan una vida diferente a las pinturas que se añejan en cada espacio del hall.

Rosana Colagiacomi es una socia que cuenta con varios años en el club. Comenzó a los 16 a remar con un bote escuela, que hoy sería un equivalente a un 430 de fibra y expresó: “Era un deporte de élite y encuentro social. El remo siempre estuvo ligado a lo europeo”.

Pero Colagiacomi no es una más dentro del club, también es árbitro nacional de remo y pertenece a la Comisión Internacional del Tigre donde se encarga de impartir equidad y seguridad a las regatas, y agregó: “Desde el que tiene 14 a 84 años puede remar. Hay categorías para todos y eso lo convierte en inclusivo”.

Mirtha es una empleada administrativa del Canottieri que recordó la historia de Tranquilo Capozzo, el remero que ganó la medalla de oro en Helsinki 1952 y dijo: “Hace tres años venía con el bastón, pedía que le bajaran el bote, se subía y se iba a remar como pez en el agua. En varias ocasiones juntaba personas y los invitaba a remar junto a él mientras les iba contando anécdotas”.

Muchosdeestos clubes guardan infinidad de historias, todas anécdotas de un siglo de antigüedad que con el tiempo nunca lograron deteriorarse. Se siguen celebrando las fiestas típicasdecada colectividad y en las fechas aniversariodesus fundaciones se disfrutadesu música, comida y colorido tradicional.

Son varias las colectividades que con el paso del tiempo se fueron sumando. La belga, francesa, sueca, noruega, danesa, judía, son otras de las comunidades que encontraron en el delta de Tigre un lugar para solidificar su origen.

Los años parecieron no afectarle ya que el espíritu de remar sigue intacto. Las instalaciones fueron preservadas como tesoros. Los artesanos de la carpintería naval lograron verdaderas obras de arte y se cuidan los botes con mucha pasión. Cada punta del remo lleva impresa su bandera emblema que representa al club.

A lo largo de su historia, le dio al país la posibilidad de ganar varias medallas olímpicas. Pero eso no es lo más importante para los incondicionales al remo. Para muchos lo principal es mantener la tradición de sus instituciones, el ritual que se genera en cada contacto de la pala con el agua y el representar a su comunidad y los colores, siempre de una manera honrosa.

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