Ex clavadistas dan martes y jueves clases de saltos ornamentales en el Cenard a más de 30 chicos de entre 6 y 19 años.

Figuras en caída libre

Agustín Charriere, Bruno Dupuy, Valentín Cherny, Alfredo Malagón y Daniela Simón

28 DE MARZO DE 2018

“Los brazos levantados y una rodilla flexionada hasta casi tocar el pecho chicos. ¡Vamos!”. Gabriel Hausberger le indica la posición en la que deben picar en el trampolín a cuatro de sus alumnos. El profesor de Banco Central se unió a Andrea De Ruvo y Carlos Caio Moreno, de Racing, para dar clases de esta disciplina olímpica que supieron practicar profesionalmente, en el Cenard

Son las cinco de la tarde de un día de frío con algunas lluvias. Los profesores aguardan junto a cuatro alumnos no mayores de 15 años a que llegue el resto de la clase. Los recursos de este deporte son muy bajos porque no cuentan con la infraestructura necesaria. “El nuevo proceso impulsado por las escuelas de desarrollo como Racing o Banco y la ventaja de que los Juegos Olímpicos de la juventud tengan como sede a la ciudad de Buenos Aires en 2018 servirá para revitalizar el deporte”, opina Caio.

Tres cuartos de la pileta, en la que hay cinco trampolines, están ocupados por la práctica de nado sincronizado. Los chicos están ansiosos con ganas de empezar la clase, se suman dos más, van practicando en la colchoneta elástica saltos con mortal. El profesor Hausberger se tira de clavado que está a diez metros. Una chica de calzas negras y remera blanca acomoda una tabla junto a la colchoneta tomando carrera, pica en la tabla, da una mortal y cae de espaldas en la colchoneta, otra alumna rubia la sigue y Caio les explica la forma correcta en la que tiene que apoyar las manos para dar la mortal.

Unos minutos más tarde empiezan los calentamientos previos al entrenamiento. Son 12 chicos y a Andrea no le sorprende la cantidad: “Es un deporte de pocos porque es difícil de hacer, difícil de convocar, no haymucha infraestructura en el país, así que estamos re contentos con todos los nenes que hay. Nosotros tenemos inscriptos 47 nenes, hoy por el frio y el día lluvioso hay menos pero por lo general tenemos un promedio de 35 y 40 por clase”.

Llega el momento de empezar a saltar y para eso se dividen: los cuatro más chicos a la cama elástica con Andrea y los mayores a la pileta. Se van a cambiar a un costado, donde dejaron los bolsos mientras su profesor Gabriel pone un andarivel.

Las más pequeñas en contextura son las mellizas Matilda y Renata. Tienen apenas seis años, ambas practican hockey, gimnasia artística y saltos ornamentales. Empezaron hace dos meses porque la mamá conoce a uno de los entrenadores. Dicen que no les da miedo saltar. Disfrutan de la cama elástica. Son muy chiquitas, Matilda apenas supera el alto de la cama elástica.

Andrea explica cómo hacer para motivar a una nena tan chica: “Los locos a los que le gustan los saltos ornamentales se motivan solos, es muy raro que un nene te diga: 'Quiero ir a hacer eso, a dar vueltas por el aire y tirarme de 10 metros'”.

Los profesores explican que al principio los de 6, 7 y 8 años no se tiran desde 10 metros y cuentan las satisfacciones de practicar este disciplina: “No estás solo con la cabeza debajo del agua nadando sin hablar, acá te tiras, te dicen la corrección, esperas dos o tres minutos para volverte a tirar, charlas con el de al lado, jugás”.

“Con los mas chiquitos, nosotros tratamos de hacer amena la clase, divertida, estimularlos, hacerles chistes, hoy tenían frio y les digo: ‘¿Qué pasa, están temblando? ¿En un salto palito temblando?’ y se mueren de risa”, cuenta Andrea.

A las 19, sobre el final del entrenamiento, los que estaban en la cama elástica pasan al trampolín de un metro. Matilda tiene una malla roja y Renata una gris. Ambas deben pisar un escalón para poder subir al trampolín. Los demás alumnos esperan de brazos cruzados con frío. Renata practica un salto en la colchoneta con Andrea, mientras Matilda espera que vuelva la profesora para que se suba con ella y le corrija la postura para tirarse de cabeza, mientras la madre de las chicas filma.

Ya en el final del entrenamiento se dirigen todos los alumnos al trampolín que se encuentra a tres metros de alto. Matilda se tira de palito mientras su mamá la filma. “¡Cinco veces me tiré del de tres metros!”, dice muy entusiasmada. Luego su hermana se acomoda en el trampolín junto a una compañera, y no se anima a saltar, pero después de unos segundos salta de palito.

Para Andrea es escaso el tiempo de entrenamiento que se le dedica si tienen como objetivos los Juegos Olímpicos:“Con tres veces por semana que estamos viniendo dos o tres horas no llegamos al objetivo, para poder llegar a una olimpiada deberíamos entrenar cinco veces por semana. Pero, las condiciones no se dan por ahora para que podamos invertir tiempo para entrenar cinco veces por semana". Y agrega: "Tenemos nenes grandes que están preclasificados para el 2018, deberíamos tener muchas más carga horaria de entrenamiento. Tenemos otros trabajos que son los que nos alimentan la vida cotidiana y hay que laburar”.

Concluido el entrenamiento, van todos los que estaban en el trampolín de tres metros al de uno y saltan por última vez. A la derecha están sus bolsos, se secan con sus toallas, y saludan a los profesores.

Agatha tiene 12 años, Martina 15 y Pedro 14. Pedro arrancó este año con los saltos, pero viene de la gimnasia artística por lo que le fue fácil arrancar esta disciplina. “Lo que tengo que corregir es que desde el trampolín no tengo el mismo pique que en el entrenamiento de gimnasia, entonces tengo que acomodar mi salto”, dice Pedro o Pepo, como es conocido en el grupo, mientras termina de secarse. Martina aclara que nunca le tuvo miedo a la altura: “El año pasado arranqué a venir pero ya hacía este deporte desde antes y me tiraba desde el de 7 metros. A veces te da miedo hacer algunos saltos nuevos, está el miedo de que te pase algo, pero después sabés que no te pasa nada”. Agatha confiesa: “Yo en los primeros momentos tenía miedo porque no estaba acostumbrada a saltar desde tanta altura. Si salía bien salía bien y si no, lo seguía intentando”.

Santiago tiene 19 años y es el mayor de todos los alumnos. Practica desde muy chico saltos ornamentales ya que en el club al que concurría pusieron un aviso de clases de cama elástica y le llamó mucho la atención. Luego en el verano vio que saltaban a la pileta y eso terminó de convencerlo. Cuenta que su objetivo no es entrar en una competencia internacional, sino avanzar en el deporte. Al ser el mayor opina de sus compañeros menores: “Siento que ahora tienen más posibilidades porque antes no había tantas herramientas para entrenar, ahora podemos practicar primero los saltos afuera del agua y antes no teníamos eso, ahora tenemos trampolín de piso, cama elástica, arnés. Ahora no se golpean tanto y eso los ayuda a que les guste más. Afuera del agua podés repetir muchas veces un salto; aunque te esté saliendo mal nunca te vas a golpear, si directamente lo hacés en el agua, te podes golpear y ves con otros ojos el salto”.

Pasadas las 19.30, la clase termina. Algunos se retiran y otros se quedan hablando con los profesores, con quienes improvisan una rápida merienda: mates y galletitas que Andrea se encarga de llevar. Uno de los chicos tiene otitis y decidió no pasar por el agua, por eso continúa practicando en el trampolín de piso. El sector comienza a vaciarse.

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