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El boxeador espera su momento para volver a tener una pelea importante.

Chaves, el campeón del barrio

El ex campeón mundial Welter de la AMB, Diego Chaves, quiere volver a las grandes carteleras de los Estados Unidos. Se prepara desde San Miguel, el lugar que lo vio crecer.

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Santiago Paz y Agustín Sánchez
01 de Junio de 2017

El reloj marca las 17.45 y el sol da sus últimos momentos de luz del día en un barrio de San Miguel, de casas bajas y humildes, con calles angostas de tierra en las que si llueve se dificulta circular por el barro que se acumula. A cien metros, caminando sin apuro, se acerca un hombre. De a poco se lo distingue mejor. Con botas negras, calentador verde fluorescente a tono con su pantalón corto del mismo color, con las manos en los bolsillos de su buzo azul y la capucha puesta, se reconoce una figura conocida para aquel al que le interesa el mundo del boxeo. Es Diego La Joya Chaves, excampeón peso Welter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), que se entrena pensando en su vuelta a las grandes carteleras de Las Vegas.

En 2012, con 26 años, venció al francés Ismael El Massoudi en el Luna Park para convertirse en campeón mundial. Viajó a Estados Unidos, para poner en juego su corona frente al estadounidense Keith Thurman en el estadio de los San Antonio Spurs, pelea en la que perdió por knock out su invicto y su título de la AMB. Además, fue el primer boxeador argentino que saltó al ring luego de que Sergio Maravilla Martínez perdiera el cinturón y se retirara del boxeo. Esa vez, en Las Vegas, tuvo su segunda derrota en un combate, cuando lo descalificaron por un exceso de agarre frente a Brandon Ríos, en un fallo tan discutido como polémico. En su última aparición en suelo norteamericano empató con el local y excampeón Welter de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) Timothy Bradley, también en Las Vegas.

Al llegar a la puerta de su gimnasio, en el que se entrena cada día, se quita la capucha para saludar con una sonrisa. Se acerca al portón y por una ventanita comienza a silbar para ver si su mamá ya está adentro, porque es la que tiene la llave. “Parece que todavía no llegó”, dice. Gira, ve en la calle pasar a tres mujeres, una nena y dos varones. Saluda a todos por su nombre, aclarando:“Ella es mi sobrina, él mi sobrino, él mi vecino” y así con cada uno hasta que llega Olga, una mujer muy baja que es su mamá, la saluda con un beso y un abrazo, y entra.

El gimnasio se encuentra en una esquina, pegado a un terreno baldío. En el centro hay un ring de cuatro por cuatro de color azul y rojo que ocupa un tercio del espacio. En la pared de la derecha se ve un banner de publicidad enorme de la cadena estadounidense HBO de una de las peleas de Chaves. “¿Viste ese poster? Está buenísimo, viste”, señala con el entusiasmo de un nene que muestra su juguete nuevo. “Es de cuando peleé con Brandon Ríos ahí, en Las Vegas. Tengo buena onda con un yankee que es promotor de la pelea y después de la conferencia de prensa se lo pedí y me dijo ‘sí, sí, llevalo’, así que lo enrollamos y lo guardamos ¡Cómo me robaron esa pelea! Me descalificaron y nada que ver. Encima la venía ganando bien a la pelea. No lo podía creer”, relata.Al lado del banner, hay posters de los demás boxeadores de la familia. A lo largo de las paredes hay colgadas bolsas de distinto tamaño en ambos lados y peras de boxeo.

Una vez dentro del gimnasio, el excampeón se para sobre la lona del ring pero por fuera de las cuerdas y se apoya en ellas. “A mí, en realidad, lo que me apasiona de verdad es el fútbol. Yo al boxeo lo veo como un trabajo. Entreno, me cuido y me rompo el lomo laburando, pero no es algo que me apasiona. A mí me das una pelota y yo meto como nadie, es una cosa que amo. Todo el mundo se sorprende y no me creen cuando digo esto. Me dicen ‘pero boludo, vos sos campeón del mundo, ¿cómo puede ser?’ Yo disfruto del reconocimiento que me da, de salir en la tele, firmar autógrafos, pero no del deporte en sí”, sostiene Chaves.

Él, como muchos argentinos, siempre soñó con ser jugador de fútbol profesional. No estuvo muy lejos de lograrlo. Fue parte de las inferiores de Vélez Sarsfield, donde jugó de lateral izquierdo hasta la cuarta división. Cuando debía dar el salto a reserva le comunicaron que no iba a ser tenido en cuenta. “Muchas veces me citaban para jugar a la mañana en Vélez y a la noche boxeaba. Si me preguntás cómo hacía, no tengo idea”, recuerda.

El boxeo ya lo practicaba de chico. Es una cultura familiar. Su padre fue sparring de los excampeones del mundo Carlos Monzón y Victor Emilio Galíndez, y entrenaba a los hermanos de Diego. “A la tarde venía a casa y boxeaba con mi viejo y mis hermanos pero sólo por compartir algo con ellos”, afirma.

Fueron sus hermanos quienes lo impulsaron para que se vincule con el boxeo profesional. Ellos ya veían desde chico las cualidades técnicas y físicas y la facilidad para subirse arriba del ring con total soltura.

De a poco, el gimnasio se va llenando. Entra su sobrina con su hija, a las que hace saludar a todos, y alza a la bebé, que apenas camina. Luego Ismael, su hermano de 48 años y entrenador, se acerca y les da la mano a todos. También cuando los diferentes pugilistas, ya sea sus sparrings como los demás chicos que van a practicar el deporte, van llegando al entrenamiento y ocupan sus lugares.

Chaves estuvo en Estados Unidos en marzo de este año para presenciar el combate entre Dani Garcia y Keith Thurman. Fue en esa velada cuando tuvo contacto con distintas personalidades del ambiente que lo invitaron a que mude sus entrenamientos hacia aquel país. Sin embargo, muy arraigado a su familia ya que a tres cuadras de su casa tiene su gimnasio y a todos sus familiares más cercanos, el púgil argentino tomó a gusto la propuesta pero la rechazó.“Yo llegué a ser campeón entrenando en la cochera de mi casa ¿Para qué me voy a ir para Estados Unidos si todo lo que conseguí fue haciendo todo acá? No necesito más que esto. Además, acá hay mucha gente que depende de mí y no los puedo dejar”, asegura.De todas maneras, destaca los métodos que se utilizan en aquel país: “Allá todos se ayudan entre todos. En cambio acá en Argentina hay mucho recelo entre todos. Pero lo que más me impresiona de Estados Unidos es que en los entrenamientos se cagan a palos. No sabés cómo se dan. Se matan”.

Cuando ve que sus sparrings comienzan la entrada en calor pegándole a las bolsas, se sube al cuadrilátero y empieza a moverse lanzando golpes al aire. La hija de su sobrina se mete al ring y lo acompaña saltando frente a él, lo que le saca una de las tantas sonrisas que Diego Chaves suelta en la tarde noche de entrenamiento. El ambiente se hace más pesado, el calor humano se empieza a sentir. Todos realizan un calentamiento previo. Algunos se enfrentan a las bolsas, otros lanzan golpes mientras se miran al espejo, varios ocupan algunas máquinas con las que cuenta el gimnasio. Todos ellos alrededor del ring. Arriba del cuadrilátero, sólo Chaves. Como si vieran en él a el camino que hay que seguir. A aquel que cumplió el sueño de mucha gente del barrio. El ejemplo de todos.

Una vez terminado el calentamiento, Chaves y sus sparrings se preparan para “la parte fuerte” del entrenamiento. Tres son los púgiles que entrenan a la par de La Joya. Dos de ellos son profesionales y uno aun es amateur. Se vendan las manos, se ponen los guantes, el casco, el protector bucal y arrancan. En esta oportunidad, disputan enfrentamientos entre todos. El round comienza y pelean los cuatro a la vez, uno contra uno. Cuando el entrenador lo ordena, cambian de rival.

Afuera del ring, las órdenes las da Ismael. Mientras salta sobre una cubierta de camión, observa cada uno de los movimientos de los boxeadores en el cuadrilátero. Cada vez que suena la campana que indica el fin del round, se acerca, les da agua desde un termo y algunas indicaciones. “Diego siempre tuvo una facilidad increíble para boxear”, dice Ismael. Y agrega:“Yo en realidad no quería que sea boxeador, porque sé lo duro que es esto. Pero cuando le ves la capacidad no podes decir que no. Me acuerdo una vez que yo me estaba preparando para una pelea. Faltaba una semana. Él tenía 14 años más o menos. Volvió de jugar al fútbol y le dije que se subiera al ring conmigo. Así como estaba se calzó los guantes y empezamos. En un momento me empezó a dar y me estaba matando. ¡Me pegaba duro! Lo agarré y lo saqué para afuera. Él se debe acordar seguro. Pero era increíble lo fácil que hacía todo ya desde ese momento”.

En el comienzo de un round, luego de varias contiendas, Chaves de un golpe al estómago deja sin aire a uno de sus rivales. Entre risas cómplices, dice: “Uy, le dolió, ya está, no puede más”, e invita a su sparring a seguir lanzando golpes. Le demuestra cómo debía tomarlo en una pelea, dándole razones para nunca ir hacia atrás aunque las dificultades sean grandes. Una vez fuera del cuadrilátero Chaves comenta: “Nosotros nos cargamos y está todo bien. Yo los voy ayudando y alentando también a ellos. Esto les sirve de experiencia, más allá de que es tranquilo”. El entrenamiento termina y todos estiran.

Ya pasaron dos años y cinco meses de la última gran velada que disputó Chaves. Fue en diciembre de 2014, cuando empató con Timothy Bradley. Por problemas con su manager fue marginado por dieciocho meses de los combates y luego volvió a disputar dos peleas nacionales en las que ganó por knock out.

La Joya está a la espera de que en julio se disuelva el contrato que tiene con la empresa Top Rank para poder volver a los Estados Unidos, pero esta vez para una pelea importante. “Estoy muy tranquilo. Yo ya demostré con Thurman, Ríos y Bradley que puedo estar en una pelea fuerte y siento que todavía estoy bien para lograrlo. Sé que están esperando que vuelva”, concluye.

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