Dos criadores de caballos de carrera, un funcionario marplatense y un jockey le cuentan a El Equipo todo el recorrido de un pura sangre. Como se los alimenta, se lo cría, se los prepara para correr y su vida después del retiro. Una inversión millonaria de riesgo que puede generar millones de dólares o terminar simplemente en la nada.

¿Cómo se llega a criar un pura sangre?

@equipotyd

28 DE MARZO DE 2018

La yegua entra en los 200 metros finales con la respiración agitada. Por debajo de su brazo, Gustavo Villalba espía a sus perseguidores, se hace uno con el animal. Según dice, en ese último tramo experimenta la “emoción, la adrenalina y la intriga del último esfuerzo”. Con tan solo 19 años, escucha la proximidad de los que acechan, los ve, su boca está reseca por el viento y en sus manos, las riendas de cuero fuertemente sujetadas. Así, este jockey nacido en San Pedro, cruza el disco en el Hipódromo de Palermo.

Dos días después de la carrera, la fresca mañana en el haras del Hipódromo de San Isidro, es apaciguada por el sol que comienza a despuntar y va secando la arena húmedcra que abunda en los senderos, útil para que los caballos no tengan superficies duras al caminar. Cercano a la pista de vareo, los caballos son evaluados. El criador Juan Panisa observa el trabajo de un vareador. Con un cronómetro plateado en su mano izquierda y los binoculares bien pegados a la cara, les indica detalles técnicos a sus asistentes y saluda amablemente a todo el que pasa. Con un caminar apacible, se dirige nuevamente a su stud y en el camino se encuentra con un colega, Roberto Colsali, quien decide acompañarlo para conversar un rato acerca de lo que más les apasiona, los caballos.

Toma asiento bajo un frondoso árbol, apoya sus antebrazos en la mesa de plástico blanco y bromea junto a Roberto ante la atenta mirada de su perro guardián que no deja entrar a nadie sin autorización de su amo. Colsali es el primero en romper el hielo cuando explica que los caballos llegan al stud no antes de cumplir un año y medio, ya destetado y con los huesos formados, capaces de empezar a entrenar, pero no a ser montados.

Para ello, “es importante hacerlos caminar, trotar, correr y una vez que nos damos cuenta que el caballo ya está desarrollado, recién ahí, le ponemos a alguien encima”. Los pura sangre se diferencian de los caballos criollos por tener un organismo mucho más acelerado, como si un ser humano viviera nervioso. Cuando llegan al Haras, pasan un año entre doma, vitaminas, dieta balanceada y entrenamiento. Recién a partir de los dos años o dos años y medio, están listos para correr.

La mesa sigue sumando gente y se incorpora Eduardo Loria, tesorero del Jockey Club de Mar del Plata que reabrirá sus puertas antes de fin de año. “Los servicios para la procreación de animales son muy traicioneros. Uno invierte 40 mil dólares y tal vez el embrión muere en el vientre, esa plata no es reembolsada” explica. Colsali se suma al comentario del funcionario y argumenta que pareciera que todo fuera librado al azar, que un hijo de campeones no asegura buenos resultados, que tal vez los padres jamás ganaron una carrera pero de ellos nace un potencial Southern Halo, que ha sido uno de los ejemplares más ganadores de la historia del Turf mundial.

Los instantes de silencio se rompen constantemente por los relinchos. Por detrás de la mesa, pasa un hombre con una vestimenta similar a la de un gaucho cargando una bolsa de arpillera colgada de su hombro con alimento balanceado para caballos. Panisa detalla que el mejor momento para estos animales es cuando están cerca de los 3 años, tal vez un poco menos. El incesante trabajo que realizan los criadores, todos los días desde las 6 hasta las 23, les da un ojo clínico para evaluar el rendimiento del ejemplar, sin embargo “es fundamental la opinión del Jockey, lo primero que tenemos que hacer es escucharlos a ellos, porque son los que ponen al caballo a toda máquina”, explica Juan.

La charla se ve interrumpida cuando un potro ingresa al Haras. En ese momento, varios aprovechan para quitarse el abrigo y quedar en camisa ya que el sol de las 11 comienza a elevar la temperatura. Panisa se levanta y camina hacia el animal para evaluarlo. En ese momento, Colsali retoma donde su colega finalizó y afirma que a partir de los cinco años, en promedio, comienza el tramo final en la carrera de estos animales.

“Si el caballo comienza su vida deportiva con el pie derecho y gana tres o cuatro carreras seguidas, lo venden a Arabia Saudita por 1 millón de dólares fácil. Tanto allá como en Estados Unidos, los valores por premios son millonarios, no como acá”, revela Loria. “Nosotros ganamos entre 12 y 20 mil pesos mensuales por ejemplar, imaginate que no hay punto de comparación, pero nosotros amamos lo que hacemos, por eso hace 30 años que nos dedicamos a esto”, detalla Colsali. “Cuando un animal es buen corredor, puede mantenerse en actividad hasta los 9 años, pero por lo general, a los 6 ya es tiempo del retiro”, dice Panisa al reintegrarse a la mesa.

Pero como todo deporte, el tiempo se encarga de los protagonistas. “Una vez retirados de las carreras, a muchos "les cortan los huevos" y los mandan al interior del país para que los usen en desfiles de fechas patrias o alguna actividad similar. Muy pocos son sementales y se mantienen para procreación”, explica Colsali. Ante lo dicho por su colega, Panisa detalla otro posible final que es nada menos que sea llevado a un campo con otros caballos: “Los pura sangre viven siempre bajo techo, con cuidados, comiendo sano y con vitaminas, se los llevan al campo que tienen los dueños y se mueren, porque no comen pasto como los caballos criollos, tampoco están acostumbrados a estar a la intemperie cuando llueve. Ellos tuvieron otro estilo de vida”.

Todos quedan en silencio reflexivo, como si el ambiente se tornara pesado, apesadumbrado. Según Colsali, la mejor de las suertes para estos animales es que el propio cuidador, quien los tuvo desde potrillos o potrancas, pueda pagar una suma baja de dinero y quedárselos, no para procrear, no para desfilar, sencillamente por el vínculo afectivo que los unió durante todos esos años. “Los caballos sienten, vaya que sí. Por eso ahora se usan para mejorar a los niños autistas. No hay mejor animal que estos para mejorar la calidad de vida de esos chicos, ojalá todos tuvieran sus años después de las carreras al lado de criaturas que los necesitan, pero son la minoría” expresa.

Loria se inclina hacia atrás, busca apoyar su espalda en un maltrecho respaldar plástico, revisa su celular, toma algunas fotos del lugar con autorización previa de quienes están a cargo del stud. El aire en lugares como este, huele a una mezcla entre avena y bosta y cuanto más calor hace, más se siente. Algunas moscas revolotean entre los reunidos, se oyen los cantos de los pájaros, todo se ve en calma.

Fuera del haras pasa nuevamente Villalba con su metro sesenta de estatura y detrás de él, el sereno andar de su pura sangre por las callecitas enarenadas. A todos los posibles finales para estos animales Colsali suma uno más, actualmente está preocupado por el robo recurrente de caballos en zonas cercanas al stud de San Isidro. “Se los llevan y los venden para hacer mortadela, por eso hay que tener cuidado y estar atentos” explicó.

Esa misma realidad se vivió en Estados Unidos y para evitar el accionar delictivo, los ejemplares comenzaron a ser tatuados en su trompa para ser fácilmente identificados. Cada uno de ellos es fotografiado, como así también su criador. La pena para quien robe un caballo es la prisión, como también lo es para el cuidador si se prueba que estuvo involucrado en el crimen. “Acá no hay ninguna regulación para evitar lo que está sucediendo, por eso, somos nosotros los que tenemos que estar alertas y cuidar a nuestros animales de posibles intentos de robo. En eso nos ayudan los perros guardianes que tenemos en nuestros haras” cerró Panisa.

Panisa y Colsali seguirán sus días entre mates, binoculares y cronómetros, Loria en el continuo ir y venir que le requiere el Jockey Club de Mar del Plata para terminar de lograr las habilitaciones respectivas y para los ejemplares que aún están vigentes, los esperan días de ojos bien abiertos, hocicos agitados, corazones a todo vapor y un final que solo el destino se encargará de escribir. Desde un desfile hasta la muerte, desde un niño con autismo hasta un embutido, a la hora del retiro, nadie sabe qué sucederá. Para el caso, quedarse bajo el ala de sus criadores, no estaría nada mal.

Producción: Rodrigo Brusco, Stefania Vera, Tomás Sánchez de Bustamante, Nahuel Bertoncini e Iñaki Goya

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