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Alejandro Gómez ofrece sus medallas de campeón.

Memorias de un pesista anónimo

Alejandro Gómez representó a Argentina en levantamiento de pesa en banco plano hasta hace dos años. En un mano a mano con El Equipo explica de qué se trata este deporte en el que rompió todos los récords.

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Bruno Negri @Brunonegri
04 de Octubre de 2016

“Mi nombre es Alejandro Gómez, tengo 39 años, nací en Mar del Plata, fui bautizado en Córdoba y viví ahí hasta los cinco años cuando me mudé acá a La Plata. Soy profe en un gimnasio, desde los 17 trabajo como pintor y desde los 23 hasta hace dos años representé a Argentina en Levantamiento de Pesa en Banco Plano”. Así decidió presentarse en la entrevista realizada en el living de la casa que alquila junto a su pareja, aunque omitió un pequeño detalle: no sólo representó al país, si no que fue dos veces campeón mundial y ostenta hasta la fecha el récord mundial, sudamericano y nacional en su categoría.

Mates por medio para calentar el cuerpo por el frío matinal, Gómez desarrolló el relato de sus comienzos en la disciplina, en los que remarcó la importancia que tuvo Marcelo Mendoza, un amigo del gimnasio que ya estaba en el circuito: “Desde que empecé a entrenar a los 18 años me insistía en competir porque me decía que tenía las medidas de brazos y piernas perfectas; después de cinco años me convenció”.

Con respecto a la relación que forjó con Mendoza, quien también representó a Argentina en una categoría de peso superior a la de Gómez, agregó: “Con Marcelo compartimos casi 15 años de viajes, competencias y entrenamientos, su presencia y ayuda a lo largo de mi carrera fue fundamental. Si él estaba conmigo no había forma de que no ganara una competencia”.

A lo largo de su trayectoria, este deportista amateur ha cosechado numerosos campeonatos y premios, entre los que se destacan siete títulos Metropolitanos, siete veces Campeón Argentino, una vez campeón y otra subcampeón Sudamericano, y los ya mencionados títulos Mundiales.

Para conseguir dichas preseas, los competidores tienen tres ejecuciones para realizar, de las cuales se tiene en cuenta la mejor, es decir, la que tiró con mayor pesaje. “Tenés que tener todo el cuerpo apoyado contra el banco, no podés levantar ni la cabeza, ni la cola, y ni las piernas del piso para que cuente como válido. A eso hay que agregarle que tenés que bajar y subir siempre la barra derecha, no podés hacerlo primero con un brazo y después otro, tiene que ser parejo”, explicó sobre el reglamento.

Con respecto a las organizaciones que regulan el deporte en el país, Gómez explicó: “En Argentina hay tres Federaciones, en la que yo estaba se llamaba Alianza Argentina de Powerlifting y tenía su sede en Villa María, Córdoba. Si bien competía para ella, tenía la posibilidad de entrenarme donde yo quisiera, eso era un gran punto a favor, porque por mis horarios laborales no podía entrenar en los horarios y lugares estipulados que tenían otras Federaciones como la que existe acá en La Plata”.

-¿Cómo fue la experiencia de competir en un Mundial?

-Fue una cosa alucinante, aunque también muy dura. Fue en 2012 y se hizo en Villa María. Estábamos los mejores competidores, había gente de todas partes: de Finlandia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Italia; había fotógrafos, público, realmente muy lindo en ese sentido. Pero por otro lado está la parte difícil, porque por mi situación económica se me hacía muy difícil pagarme el coste del viaje, hospedaje e inscripción. Para poder ir tuve que hacer malabares y hasta compré un televisor JVC a mil pesos y vendí un talonario de 200 rifas a 25 pesos. Con eso pude costearme casi todo. También tuve la ayuda de un muchacho que entrenaba en el gimnasio, que era dueño de una casa de ropa y me regaló las zapatillas para competir.

En sintonía a la experiencia, el pesista confesó sus pensamientos: “En la competencia pensaba en que no le podía fallar a la gente que me había bancado con las rifas. Gracias a Dios pude ganar y conseguir el récord mundial con 162,5 kilos, y volví a La Plata con una alegría y una sonrisa que no me entraban en el cuerpo”.

“Al mirar para atrás y ver todo lo que logré pienso que es una locura, es muy fuerte”, agregó al contar los recuerdos del primer Mundial, con evidente emoción en sus ojos y rostro.

Cabe aclarar que este deportista, en realidad, posee dos récords mundiales, sudamericanos y nacionales, ya que el Mundial del 2012 fue organizado por la Global Powerlifting Alliance (GPA), mientras que el segundo lo realizó la International Powerlifting Organization (IPO) en 2014, también en Villa María.

Tras obtener el campeonato en 2012, al año siguiente se realizó un nuevo Mundial, aunque en aquella ocasión la sede sería en Finlandia: “En 2013 era el favorito, pero cómo podría habérmelo bancado. No tenía ni siquiera plata para comprarme una campera para soportar el climna bajo cero de allá”.

Sin embargo, la vida le dio revancha a Gómez, quien ya con 37 años, sabía que 2014 sería una de sus último, si no la última chance para poder competir a nivel mundial: “Cuando me enteré que se hacía en Córdoba ya estaba mentalizado en que iba a levantar mi anterior marca y dejar un récord histórico, no me importaba romperme en el intento”.

Su preparación comenzó cinco meses antes de la competencia, terminaba de trabajar a las nueve de la noche y entrenaba durante dos horas: “Entrené duro hasta el día que viajé al Mundial. Compré hasta cadenas de barco para adosarle peso a la barra. Mi pensamiento era que si sobreexigía al músculo, lo dotaría de memoria muscular para trabajar con cargas más pesadas”, explicó.

-¿Hubo alguna diferencia por el cambio del ente organizador?

-Una de las principales diferencias es que en la IPO se utiliza una remera de fuerza para competir, es un material especial que tiene las mangas por delante y no a los costados y te permite levantar más peso; el problema es que costaban en ese momento seis mil pesos y encima había que traerlas de Estados Unidos, así que fue un gran problema acceder a ellas, fue un gasto extra muy importante para mi economía.

Y completó la explicación: “Al igual que la anterior, la experiencia fue algo increíble, pero para esta me propuse dejar todo lo que tenía, me hospedé en un hotel solo, alejado de los demás competidores, fue un laburo mental muy fuerte. Vino gente nuevamente de México, Alemania, Perú, Brasil, Ecuador... En mi categoría (Submaster, en la que compiten deportistas de entre 35 y 40 años, a los cuales se divide por peso corporal), competimos diez”.

En sintonía al relato, entró en detalles sobre la competencia: “En el primer tiro me cargué el record que había de 185 kilos, en el segundo subí hasta 192,5 y también lo hice, y para esa altura los demás competidores trataron de pasarme pero no pudieron por suerte, y como me quedaba el último tiro pensé: 'Tengo que romper los pronósticos aún más', y me cargué 205 kilos. Ahí llegó el momento más feo porque venía con un dolor en el codo desde la segunda ejecución, y se me venció en plena subida de la barra y me rompí el hombro y el codo, así que recibí el premio con un yeso, pero no me importaba, había cumplido mi objetivo”.

El 10 de septiembre de 2014 quedó grabado por siempre en su memoria. Fue el día del retiro por la puerta grande, dejando desde hae más de dos años, dos récords que hasta el momento nadie le ha podido arrebatar, y de los que curiosamente no estaba al tanto de su vigencia por no ser “amigo de la tecnología”. “¡No sabés la alegría que me da enterarme de esto. No tengo ni me interesa tener computadoras, me gustan cuando están apagadas!”, exclamó con una sonrisa imborrable hasta el final de la entrevista.

Al regresar del Mundial, los médicos le aconsejaron reposo absoluto para el brazo y no realizar ningún tipo de esfuerzo, ya que la curación de la lesión podría demandar entre uno a cinco años, según su obediencia. “Recién ahora puedo decir que estoy volviendo, ya van casi dos años de recuperación, pero mis trabajos no me permiten estar quieto y sin usar los brazos. Hace unos días ayudé a un alumno con una barra y se me vinieron a la cabeza un montón de recuerdos, aunque para mí ya es una etapa cerrada”, expresó.

Indagando en la disciplina, llama la atención que existen categorías hasta para personas de más de 80 años, y consultado sobre una potencial vuelta al circuito explicó: “No, ya tenía que empezar a cuidar mi cuerpo, la lesión que tuve fue jodida, además es un deporte caro, al menos para mi economía. Para el último Mundial tuve que trabajar casi ocho meses sólo para saldar deudas, a eso agregale lo que hacía para vivir”.

Curiosa también es la decoración de su hogar, en la que no hay un solo ambiente en el que se puedan apreciar algunos de sus premios o medallas. “Están guardadas en bolsas, ya no les doy la importancia de antes, aunque la realidad también es que alquilo esta casa, y como con mi pareja tenemos ganas de comprar una propia, para qué voy a decorar si quizás en breve tenga que embalar todo”.

-¿Te quedó alguna deuda pendiente con el deporte?

-No sé si una deuda pendiente, porque todo lo que me propuse hacer lo logré. No me importaba si para llegar tuviese que ir en avión, en auto, caminando o nadando, sabía que tarde o temprano lo conseguiría. Mi objetivo siempre fue representar al país y ganar un Mundial, por suerte pude hacerlo y hasta me dí el lujo de tener los récords. Sí me hubiese gustado haber tenido algún tipo de ayuda económica para poder realizar una carrear aún más importante; el deporte amateur es muy sacrificado, todo era muy difícil, creo que hubiese estado más cuidado físicamente. Un día normal para mí era entrar a trabajar a las siete de la mañana y terminar a las nueve y recién ahí poder entrenar, y al otro día era igual, no es que tenía un momento para relajarme en agua caliente y sales y que me hicieran masajes, o un entrenador que me diga como mejorar mi técnica.

Y puntualizó: “Hacía a la vez de atleta, coach, médico, todo junto y eso hace que se haga cuesta arriba todo. Sin ir más lejos, los brasileños que competían en el Mundial tenían tres entrenadores y cuando abrían el bolso sacaban hasta cuatro de las remeras de fuerza. Eso de todos modos me hace valorar aún más lo que conseguí”.

Ya se acerca el mediodía y la labor cotidiana no puede hacerse esperar mucho más. Tras cebar el último mate (ya bastante lavado tras dos pavas de agua), se despide con un abrazo de agradecimiento y la misma alegría y sonrisa con la que posó en la foto tras enterarse de su vigencia en los récords.

 

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