Unas 150 mil personas pasaron por el mítico Luna Park para despedir los restos de su ídolo.

El funeral y la mistificación

Por Tomás Godoy @tomigodoy94

28 DE MARZO DE 2018

Corre la mañana del 28 de mayo de 1976. La más cruenta dictadura militar gobierna de facto en la Argentina: combina una represión feroz con el avasallamiento de la justicia, la supresión del Congreso, la coerción de las libertades individuales, la violación a los derechos humanos y la persecución a políticos opositores, sindicalistas y dirigentes sociales. Rige el estado de sitio y no se permite realizar reuniones, concentraciones públicas o actividades grupales, so pena de ser detenido y encarcelado.

Sin embargo, la prohibición para protagonizar manifestaciones no es acatada en Avenida Corrientes y Madero. Allí, una multitud se agolpa en el ingreso al Estadio Luna Park. Algunos se abrazan, miran al cielo y suspiran. Otros alternan entre sollozos, gemidos, lagrimeos inocultables y llantos descarnados. Se escuchan gritos y pedidos de justicia. Algunos nubarrones parecen sincronizarse para encapotar el día hasta que se extingue el último rayo de luz. Las nubes se esfuerzan por chocar entre sí y unas gotas aisladas comienzan a mojar, con timidez, a la muchedumbre.

Adentro, un grupo de funebreros amortajan el féretro, rodeado de una gran cantidad de palmas, coronas, claveles y rosas. El Jesucristo de bronce, sobre la madera tallada de la cruz católica, parece contemplar al muerto con cierta melancolía y pesadumbre. El cadáver tiene una bandera argentina que lo recubre desde el pecho hacia abajo. A derecha e izquierda, dos candelabros con tres velas cada uno iluminan la capilla ardiente, que ya está preparada.

Los familiares comienzan a acercarse mientras, afuera, los ya más de 100 mil fanáticos exigen la apertura de las puertas y el inicio de la ceremonia. Los organizadores acceden. El Luna Park se viste de luto y comienza el velorio de Oscar ‘Ringo’ Bonavena. La muchedumbre empieza a ingresar para rendirle tributo y dar el último adiós al ídolo boxístico.

Seis días antes, Bonavena había sido asesinado de un escopetazo en el ingreso del prostíbulo Mustang Ranch de la ciudad de Reno, en Nevada, a unos 750 kilómetros de Las Vegas. Le disparó Ross Brymer, un patovica del local, guardespaldas de Joe Conforte y matón a sueldo. Conforte, además de ser el propietario del Mustang Ranch, era un empresario estadounidense tan oscuro como poderoso con aceitados vínculos con la mafia, dedicado a la trata y la prostitución, el narcotráfico y el contrabando de armas. Discusiones sobre el contrato, del cual el empresario se había apropiado, sellaron su destino como enemigo de Conforte. Una aventura amorosa con la mujer del mafioso precipitó su muerte.

Miles de personas se continúan acercando al Luna Park, cuando el velorio está por llegar a su fin. Se estima que unas 150 mil personas le agradecen por sus guantazos, producto de una aguda combinación de coraje y aptitud arriba del ring, y por su desfachatez y audacia en su vida pública. Esa personalidad y habilidad le permitió ostentar un record profesional de 57 peleas ganadas, 44 de ellas por knock out, un empate y nueve derrotas; lo convirtió en dueño del Luna Park, donde agotaba las entradas en cada pelea; y lo consagró en la histórica pelea con Muhammad Ali, en un Madison Square Garden colmado.

Muchos no comprenden las causas de esa muerte confusa. Nadie se las puede aclarar. Menos aún, explicar. Las últimas personas se retiran del Luna Park, que vuelve a cerrar sus puertas, pero se quedan afuera. Esperan bajo un diluvio. Poco importa. No van a abandonar al ídolo antes de que descanse definitivamente en el Cementerio de la Chacarita. Tienen decidido acompañarlo hasta el final.

La multitud comienza a movilizarse hasta la Chacarita, en auto, camioneta o a pie. Las puertas laterales del Luna Park vuelven a abrirse y el cortejo fúnebre parte hacia el Cementerio. Bonavena, rodeado de familiares y acompañado por miles de seguidores, se despide definitivamente del lugar en el cual supo coronarse en reiteradas oportunidades, donde casi seis meses antes había protagonizado su última presentación, en una masiva pelea frente a Reinaldo Gorosito. El ídolo había muerto. El mito empezaba a nacer.

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