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En su gimnasio del Bajo Flores, Jesús Romero educa, contiene y forma boxeadores.

El Jesús del Bajo Flores

Despúes de haber sido campeón argentino y sudamericano de los livianos y haber llegado al tercer puesto en el ranking mundial, Jesús Romero dejó el boxeo y fundó un gimnasio en el barrio Rivadavia, una de las zonas más carecientes de la ciudad de Buenos Aires. Allí forma hombres antes que boxeadores, verdaderos campeones de la vida. 

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Javier Bardoneschi
25 de Noviembre de 2014

Jesús Eugenio Romero vive en el barrio Rivadavia, en una zona popularmente conocida como Bajo Flores. Allí, en las cercanías de la villa 1 11 14, las problemáticas sociales abundan: las drogas, con la delincuencia y la violencia que conllevan, la desocupación, la deserción escolar, los embarazos adolescentes y la discriminación son algunos de ellos.

El ex boxeador de 64 años camina esas calles diariamente, donde todos, grandes y chicos, lo conocen y admiran. En su andar, los mayores lo saludan y le sonríen, y los más pequeños corren a abrazarlo con una gran ternura y confianza, como la de un padre y sus hijos. En un pequeño local, enfrente de una plazoleta, se encuentra el gimnasio que ha fundado hace más de cinco años junto con su esposa y amigos, en el que acoge a jóvenes de todo el país y les enseña a boxear.

De ese sitio, ya ha logrado sacar a un campeón argentino, Víctor Hugo Velázquez, que se coronó en marzo de 2014 con el título de la categoría welter; pero sus prioridades son otras: “Puse este gimnasio con la idea de crear un hogar. Queremos atraer a los chicos de los que nunca se piensa que llegarán a triunfar, para educarlos, alimentarlos y recuperarlos. Me da más satisfacción eso que un título”. La tarea solidaria que emprende en aquella zona carenciada es simplemente una huella de lo que le ha enseñado el pasado, de los valores de las personas que lo han llevado al triunfo. Es un agradecimiento a la vida misma.

Jesús nació el 4 de enero de 1954 en Abra Pampa, en la provincia de Jujuy. Cuando sus padres se separaron, se fue a vivir con su papá a Las Palmas, en el Chaco, donde comenzó su amor por el boxeo: “Es un deporte que me gusta desde muy chico. Escuchaba siempre las peleas de Cassius Clay por la radio. Éramos doce hermanos y yo era el rebelde. Empecé a boxear a los ocho años, sin que nadie de mi familia lo supiera. Me acuerdo que me escapaba de todos lados para ir a entrenar”.

En 1964, con diez años de edad, Jesús se escapó de su casa, solo con un bolsito, y se tomó un tren a Buenos Aires, con el sueño de llegar a ser un gran boxeador: “Cuando llegué a Capital, primero me quedé impactado mirando los edificios. Nunca había visto algo así. Después me subí a un colectivo cualquiera y le dije al chofer que me llevara hasta el final del recorrido. Así fue como llegué acá, al barrio Rivadavia, y nunca más me fui”.

Los primeros días de Jesús en Buenos Aires fueron duros. Tuvo que vivir solo en las calles y dormir en un banco durante un largo tiempo. El joven ganaba dinero haciendo pequeños trabajos por la ciudad, como pintar paredes, ayudar a cargar cosas y poner azulejos en un baño. Sin duda, el trabajo más provechoso fue el que realizó un día en la entrada de una comisaría. Jesús se ofreció a ayudar a los policías a cargar unas garrafas y ellos no solo le pagaron, también le abrieron sus corazones. Jesús les contó cuál era su propósito allí y ellos decidieron ayudarlo: “Los policías me criaron. Me dejaban dormir y bañarme en el destacamento, me daban de comer y me llevaban a entrenar. Todos los días me hacían dar vueltas al Parque Chacabuco, mientras ellos andaban con la patrulla por al lado. Me acuerdo que no me dejaban salir del cuartel solo. No querían que trabajara ni que me metiera en cosas raras. Solo me dejaban salir para ir al gimnasio y a entrenar. Ellos juntaban dinero para mí. Hacían colectas a fin de mes y muchas veces terminaban con menos dinero que yo”.

Fueron esos mismos agentes de la policía quienes llevaron a Jesús a su primera pelea como profesional, en el año 1976, y lo acompañaron durante toda su carrera, llena de logros y títulos. Llegó a ser campeón argentino y sudamericano en la categoría liviano, y tercero en el ranking mundial. Era un boxeador más técnico que pegador, era ambidiestro, mañoso y difícil: Algunos no querían pelear conmigo por mi estilo. Era muy vivo y engañoso. En eso me parecía a Mayweather”.

Jesús se retiró del boxeo en 1990 y comenzó a trabajar en un comedor infantil fundado por su esposa, Dora Ana Tolosa de Romero, a quien conoce desde los 13 años. La fundación del gimnasio vino varios años después: “Retirarme fue lo más fácil que me pasó. La vida me dio muchas cosas buenas luego de dejar el boxeo, muchos amigos y una hermosa familia. Las peleas más difíciles que enfrenté no fueron en el ring, sino los momentos en que tenía que alejarme de mis seres queridos”.

La vida de Jesús Romero es un fiel reflejo de los valores del ser humano, del aprendizaje y de la enseñanza de ellos. Es la vida de un hombre al que le han tendido una mano, y que supo tenderles la suya a otros. Es la vida de un campeón.

 

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