Si te dicen que tu primera cobertura periodísitca va a ser en la NBA, viendo en vivo a Manu Ginóbili jugando para San Antonio una de sus última temporadas, no lo crees. Pero aunque parezca imposible, el sueño puede hacerse realidad. 

Una primera vez alucinante

Lucía Pinillos

28 DE MARZO DE 2018

Al notar el llanto de Manu Ginóbili en los Juegos Olímpicos de Río, me prometí viajar a San Antonio para verlo jugar en los Spurs antes de que se retirara. Llevo conmigo la suerte de tener a mi hermana mayor viviendo en Decatur, Texas, un pueblo a una hora de Dallas y a seis de San Antonio. Sabiendo que iba a ir a visitarla por dos meses durante el verano en Argentina –enero, febrero-, mandé un mail a la NBA y les conté que soy una estudiante de periodismo deportivo, entusiasmada por tener la oportunidad de cubrir algún partido. Afortunadamente, hicieron una excepción y me otorgaron acreditaciones para un partido de San Antonio Spurs ante Dallas Mavericks y, al día siguiente, de nuevo los Mavs contra Cleveland Cavaliers.

Arribé a Estados Unidos el 19 de diciembre de 2016, tachando los días para que llegara el 29 de enero, el primer encuentro. Ese día, viajé sola en micro durante siete horas. Sonreía cada vez que me acordaba lo que estaba a punto de vivir.

En la escala en Austin, conocí a Dorothy, una increíble señora que me contó que tenía la camiseta con el nombre “Manu”, y además me explicó que toda la ciudad de San Antonio cree que sus jugadores son excelentes personas, unos “gentleman”.

El micro se atrasó y llegué con sólo cinco minutos para recorrer el AT&T Center. Me recibieron como si me conocieran, como si me estuvieran esperando, y el hombre que dijo mi apellido entregándome la credencial, me hizo sentir que era Papá Noel explicándome para dónde caminar una vez que saliera del ascensor. De todos modos, me perdí. Entre los nervios y que me hablaban en inglés, no había prestado atención suficiente.

Lo primero que vi cuando se abrieron las puertas fue muchos caminos y al fondo a los Mavericks entrando en calor. Un señor, que evidentemente era prensa, me ayudó a encontrar la salida a la cancha, que casualmente era también por donde entraban los jugadores. Me senté al lado de Raúl, un periodista de Associated Press, quien me hizo un pequeño recorrido por la sala de prensa, de conferencias, vestuarios, el comedor y me presentó con varias personas.

Estuve ahí, en el piso, al lado del aro, al lado de Manu. La gente pedía por él, cada vez que entraba, la cancha entera lo ovacionaba como si estuviera en Argentina. Vi jugar a Nicolás Brussino durante cinco minutos al mismo tiempo que a Ginóbili, y hasta tuvieron un roce en el que se notaron sonrisas en sus caras, y en la mia también.

En el entretiempo, fui con Raúl a la sala de periodistas para comer algo y conversar con el jefe de prensa y otros colegas. Para sorpresa de todos, el juego finalizó 105-101 a favor de Dallas. De más está decir que ambos equipos me regalaron un partido que nunca voy a olvidar; el último de la Conferencia Oeste le había ganado al número dos.

Rápidamente nos dirigimos a escuchar las palabras de un Gregg Popovich no muy contento. “Tuvimos una puntuación de 100, sé que es bueno, pero hubo muchas zonas débiles y errores en la defensa”, admitió.

Al instante salió Manu, ya bañado y tan perfecto como en la cancha. Lo filmé mientras lo miraba sin poder creer lo que estaba pasando y lamentablemente no me salió preguntarle nada, ni me animé a decirle algo en español para que se diera cuenta que era argentina.

Una vez terminadas esas dos conferencias, abrieron las puertas del vestuario y todos ingresamos. Estrellas como David Lee o Danny Green estaban en toalla cambiándose. ¿Cómo era posible que jugadores tan reconocidos permitieran cámaras en ese momento? Increíble, pero cierto. El respeto que maneja la prensa para con los deportistas y viceversa me dejó fascinada.

Entre tanta emoción, mientras los demás indagaban y anotaban palabras en sus libretas, empecé a contemplar el lugar donde estaba, el locker de Manu, la foto de un tigre que tenia Lee, los utileros juntando la ropa sucia y acomodando todo en bolsas directo para lavar. Para ese entonces, ya eran las 21.15 y yo tenía un micro que tomar a las 22 para regresar a Decatur. Cómo iba a salir de ahí si todo era un laberinto, me pregunté.

Corrí hasta estar en la calle, pero igual estaba dentro del predio y al no salir por la puerta principal, sino por la de “media”, de nuevo estaba perdida. No sé cómo, pero con mucha suerte salté una reja, encontré un taxi y llegué a tiempo para viajar. Me acuerdo que me pedí una hamburguesa y llamé a mi hermana para contarle que había cumplido, había visto a Ginóbili.

Después de estar cuatro horas en una escala, amanecí en Decatur a las ocho de la mañana del 30 de enero. Intenté dormir un poco, pero todavía tenía mucha adrenalina de la noche anterior y de lo que estaba por venir. Tocaba Dallas ante Cleveland, a una hora de casa, por suerte. Esta vez fui en auto, acompañada de mi cuñado y con tiempo.

El American Airlines Center es más sencillo ya que está directamente sobre la calle y no dentro de un predio. Además, ya lo conocía del año pasado cuando fui a ver Mavs contra Utah Jazz. Gracias a eso, no tuve que preguntar mil veces dónde estaba la entrada de medios, ni caminar de más.

Había un gran salón tenedor libre para cenar. Elegí pollo rebosado, con parmesano derretido arriba, puré de papa y sopa de tomate.

Esta vez fue más fácil encontrar la salida a la cancha, me quedé un rato abajo observando el partido y luego subí por el ascensor hasta la “Press Box”, donde había más comida, bebida y escritorios con vista al campo de juego.

En el entretiempo, bajé de nuevo al salón y comí un hot dog junto a la “barra brava” de Dallas, a quienes les mostré una foto de mi Instagram que me había sacado con ellos en el partido contra Utah.

No sólo estaba viendo por tercera vez al equipo que se ganó un lugarcito en mi cajón cerebral de fanatismo, sino que también estaba disfrutando de ver jugar a uno de los mejores, LeBron James. Todos los jugadores de la NBA son enormes, pero James es más que eso. Cada pase o asistencia que hacía, le ponía tanta naturalidad y tanta fuerza que parecía que le iba a arrancar algún miembro a otro basquetbolista. No sólo era la calidad de juego lo que estaba viendo, sino magia y show en cada triple, en cada volcada, en cada paso.

Pero los Mavericks lo hicieron de nuevo. La rompieron con todas las letras, jugando en equipo, en zona, marcando bien a cada uno de los Cavaliers y ganaron con amplia diferencia 104-97, simplemente fantástico.

Yo estaba 'hiperfeliz' y entre los periodistas que estábamos ahí, no podíamos parar de hablar sobre el asombroso “back to back” que acababan de ganar los Mavs. "You're must be our lucky charm"-debes ser nuestro amuleto-, me decían.

Bajamos todos juntos a la sala de conferencias a escuchar a Rick Carlisle, entrenador de Dallas. Me pareció una persona super cálida y sincera. "Somos un equipo de mierda", dijo literalmente. “Pero miren lo que logró el equipo de mierda, nadie gana estos dos partidos en dos noches ante los mejores equipos de la NBA”, agregó entre risas.

Al final la conferencia, seguí a un grupo de reporteros a los vestuarios. Cuando entré, estaban todos amontonados en un rincón entrevistando a alguno. Pero no me importó, yo quería encontrar a Nico.

-¿Brussino todavía está en la ducha?, le pregunté al utilero.

-¿Quién?, me respondió.

-Brussino… Mavericks…, dije medio confundida.

-No, este es el vestuario de los Cavaliers, me aclaró medio sonriendo.

Me di vuelta y noté a LeBron en toalla. Otra vez, jugadores en toalla y gente con cámaras ahí. ¡Qué locura! Como tenía el tiempo contado, una mujer me indicó cómo llegar al vestuario de los locales al que fui corriendo. Cuando abrí la puerta, lo primero que vi fue a Brussino poniéndose las zapatillas y le grité enloquecida: “¡Nico!", como si fuese amiga de toda la vida. Le di la mano y me presenté. Él estaba nervioso y tan sorprendido como yo, pero por suerte aceptó que lo filmara.

Poco podía pensar yo en ese momento, sólo imploraba que el audio de mi celular se escuchara bien ya que, si bien no iba a olvidar ese momento, si me iba a olvidar de cosas importantes que Brussino iba a decir. Le hice algunas interpelaciones personales a él, que estaba aprendiendo de los mejores. Tenía muy en claro que el juego en conjunto y la confianza entre ellos fue fundamental para ganar.

Obviamente le pregunté por Manu y sobre qué le había dicho en el roce de la noche anterior. “En ese momento no me habló, pero cuando atacábamos nosotros, que él me defendía, me dijo que si la metía lo iban a retar”, contó riéndose. “Antes del partido hablamos de mi paso por la D-League, de mi estado anímico, de Nico Laprovíttola, un poco de todo para ponernos al día”, aclaró. Cada vez que de su boca salía la palabra “Manu”, podía notar su emoción, todavía sigue siendo un pibe que no puede creer tener al lado al ídolo que miraba por televisión.

Cuando su cara pasó de rosa vergonzoso a rojo tomate, me di cuenta que atrás mio estaba Salah Mejri mirando lo que filmaba. Mejri, el tunecino de camiseta numero 50 de los Mavs, empezó a hacer chistes en español y a molestar a Nico. Contó que jugó tres años en España y por eso podía hablar tan bien el idioma.“Él te mintió, fíjate en su pasaporte, es uruguayo y hermano de Luís Suárez”, dijo de forma graciosa mientras mordía al aire. Me atreví a preguntarle si consideraba que Nico era una buena persona. De nuevo, con mucho humor, me respondió que era un muy buen jugador, pero que no podía afirmar mi interpelación.

No lo podía creer. Estaba en el vestuario con ellos, riéndome y haciendo chistes. La humildad y la buena onda superó ampliamente mis expectativas. Mi cabeza estaba en Disney, muchas emociones en poco tiempo. De ese modo, olvidé completamente que podía haber entrevistado a Seth Curry o Dirk Nowitzki, estrellas de los Mavs, pero como ya había conseguido lo que quería, agradecí, los saludé y me fui.

Cada vez que salía de algún lugar y me cruzaba con alguna persona a la que le había pedido ayuda, siempre me preguntaban si había conseguido lo que necesitaba con una sonrisa en el rostro.

Agradezco esa amabilidad, agradezco a cada persona que se tomó el tiempo de explicarme cosas o acompañarme a algún lugar, agradezco a Julio de la NBA que hizo posible la acreditación, a mi escuela DeporTEA, que estuvo pendiente de lo que necesitaba, a mis amigos y familia por escuchar mil veces las anécdotas.

Espero que esto sea el comienzo de algo grande, definitivamente quiero vivir mi carrera con este mismo entusiasmo en cada evento que me toque cubrir.

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