Después de casi dos décadas, deja la NBA uno de los jugadores más importantes de este siglo y artífice del único título de Boston Celtics en los últimos 31 años. Sangre fría, capacidad de anotación y una historia de superación marcaron su carrera.

Adiós a "La Verdad": se retira Paul Pierce

Nicolás Bruno @NicoJBruno

28 DE MARZO DE 2018

“Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre”, supo decir el famoso físico Albert Einstein, quien lejos estuvo de creer que su palabra sería condecorada en un artículo deportivo. Y es que sí, la verdad no es nada más, y nada menos, que un sencillo basquetbolista: Paul Pierce.

Lo innecesario es volver a repetir que la última temporada de la NBA se caracterizó por ser el fin de una era. Sin embargo la década del 2000 volvió a hacerse presente en la historia de los Playoffs, cuando uno de los aleros más importantes de aquellos diez años decidió despedirse en el Staples Center de Los Ángeles.

Aunque claro, es evidente que fue con los colores de los Clippers, porque si bien su presente se encontraba en un conjunto angelino, jamás lo veremos utilizar el emblemático violeta y amarillo de los Lakers. Su corazón siempre perteneció a Massachusetts, a pesar de haber nacido en Oakland, California. Tras 22 años de sequía, fue Pierce quien lideró a los Celtics de 2008 a su título número 17, su último anillo.

Voraz y hambriento, aquel equipo quedó en la historia por sus figuras, su rendimiento y, por sobre todas las cosas, por devolverle la hegemonía a Boston, algo que hoy intenta Isaiah Thomas. Junto con el letal Ray Allen, un mágico Rajon Rondo y un implacable Kevin Garnett, fueron directores de orquesta para alcanzar dos finales, ambas frente a los Lakers: el título mencionado, en la 2007-2008, y dos años más tarde, en la que se vieron derrotados por 4-3.

Es real que su palmarés personal, y colectivo, no deslumbra, en comparación con el de Tim Duncan, Kobe Bryant, o el mismo Manu Ginóbili, pero su figura hace brillar los ojos de todos los fanáticos en Boston. Allí llegó en 1998, cuando fue elegido en la décima posición de aquel draft, y dos años más tarde fueron ellos quienes lo contuvieron tras la tragedia…

Rico, joven e inmaduro, el 25 de septiembre del 2000 el alero decidió asistir a un after-hour con su hermano Derrick Pierce y Tony Battie, quien era compañero suyo en los Celtics. Tras un empujón de William Rangland, integrante de los MadeMen, un grupo de rap que cometía delitos, una multitud arremetió contra él y no sólo lo golpeó a puño limpio, con patadas y botellas, sino que recibió ¡11 puñaladas!, entre la cara, el pecho y la espalda.

Durante su traslado al hospital más cercano, la estrella no hacía más que preguntar si aquel sería su final, y balbuceaba: “¿No me pegaron en el brazo, no es así?”. No podía pensar en otra cosa. Nunca pudo. La temporada siguiente Pierce jugó todos los partidos con Boston. Aquella fatídica noche fue un antes y un después en su vida, cuando una puñalada terminó a centímetros de su corazón gracias a su campera de cuero.

A pesar de que su capacidad anotadora, su tiro externo, su resiliencia y su perseverancia fueron sus principales atributos, Pierce contaba con un plus que lo hizo distinto. Sí, fueron aquellos sus fundamentos que lo convirtieron en uno de los 15 mejores anotadores de la historia de la NBA, con más de 26.400 puntos, pero su pulso en momentos cumbres lo hizo “La Verdad”.

Dios estuvo de su lado, pero la verdad esta vez fue complicada de explicar, aunque haya sido sencilla. Sangre fría quedó corriendo por sus venas, a pesar de toda la derramada aquella noche hace diecisiete años. Y es la sangre que vale, la que lo hizo especial, la que le dio la virtud de resolver de forma sencilla una situación complicada. Paul Pierce fue más que un basquetbolista. Él fue la verdad.

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