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El abrazo de los ídolos tras la victoria frente a Brasil en el segundo tiempo suplementario.

Hasta siempre

Las despedidas son esos dolores dulces. Con lo que cuesta armar un full, armar algún puto full y jugarlo en este paño, ¡Dios!

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Alina González Etter @aligonzalez_ y Nicolás Bruno @nicojbruno
23 de Agosto de 2016

Los Redondos nos han hablado de política, sexo, vida, guerras, religión y, como en este caso, amor. El “gualicho”, según los brujos de los pueblos mapuches, era un amuleto. Un talismán que servía para curar los dolores del alma. ¿Cuántas veces necesitamos o soñamos con tener en nuestras manos un amuleto? El suyo fue la locura, la falta de respeto, en el buen sentido, hacia un equipo que no había perdido desde la inclusión de todas sus estrellas.

En aquella semifinal de Indianápolis, salieron de su papel deportivo y llevaron su alma hacia la tribuna, con su gente, aunque su cuerpo seguía en el pasillo de la muerte frente a quien el mundo creía invencible. Saltaban, gritaban y cantaban, mientras los yankees no entendían qué pasaba. “Como toda herencia, la costumbre sucedió a los nombres propios y el ritual que comenzó hace más de una década continúa emocionando a cada espectador, intimidando a cada rival y conmocionando cada escenario en donde la Selección Argentina de Básquet sea protagonista”, expusieron Matías Baldo y Pablo Pokorski en su libro Dorados y Eternos. Y concluyeron: “Se mueve para acá, se mueve para allá, esta es la banda más loca que hay”.

Cábalas, rituales, ceremonias. No hay lugar para los escépticos. Hasta el mejor de todos los tiempos llevaba debajo del uniforme de Chicago Bulls su short universitario de Carolina del Norte para no tentar a la mala suerte. Muy lejos de desmerecer el talento y la grandeza de esta generación, y de pensar que un encantamiento supersticioso tuvo un rol fundamental a la hora de alcanzar un logro, el azar jugó su papel: todos fueron contemporáneos.

Suena la chicharra. El reloj marca los últimos cuatro minutos y trece segundos para lo que será el fin de una era. Entran ellos cuatro y todos, en todas partes del mundo, se ponen de pie. No podían despedirse de otra manera. El Dream Team los esperaba en la cancha para cerrar el encuentro, mientras que todo el país añoraba que aquel efímero momento sea eterno. Que el blanco y celeste que defendieron, lo lleven en la piel, en su corazón.

Un sonido ensordecedor determinó la finalización del partido y, con él, el sueño de todos, de verlos vestir la 5 y la 13 aunque sea cuarenta minutos más. Ya no importaba pelear por la medalla. Probablemente nunca importó. Simplemente llegar a la final hubiera implicado verlos más tiempo juntos, nada más y nada menos. Argentina fue un gran semillero y ninguno fue un predestinado. La camada más prestigiosa del básquet tuvo su última función. Se va Ginóbili, se va Nocioni. El cerebro y el corazón de un equipo que no supo de imposibles.

Pagamos el precio de ir siempre para adelante. Sin especular ni mirar de reojo la tabla. Aunque había tocado el peor cruce posible, la ilusión estaba vigente porque ellos así nos acostumbraron. Pero Estados Unidos debía despedirlos, de eso no hay dudas, y lo hizo con creces. No sólo desde el juego, sino desde el respeto. Aquel sonido ensordecedor que marcó el final del encuentro también fue inicio de una fila que parecía interminable. Mike Krzyzewski, mítico coach estadounidense, lideró al cuerpo técnico para brindarle a Ginóbili el abrazo que se merecía. El ícono y capitán Carmelo Anthony hizo lo propio con el resto del plantel. Respeto y orgullo, por el número 5 que los cacheteó en Atenas. El responsable de que Argentina ganara el oro en 2004, pero también de que Estados Unidos consiguiera los tres siguientes al bañarlos de realidad en tierras griegas.

El legado de esta generación también será de oro, porque cambiaron para siempre el básquet argentino y mundial. El talento individual y colectivo los llevó a lo más alto del podio. El equipo que comenzó a gestarse en los 90 y que venció al Dream Team hoy se despide, y nosotros fuimos privilegiados de poder admirar a la mejor selección argentina de toda la historia. Mientras el Chapu ya confirmaba a los medios que no continuaría en “El Alma”, pelota bajo el brazo, toalla en el cuello, mano levantada para saludar a los argentinos, y ojos húmedos, Manu concluía su ciclo. Muchas gracias, y hasta siempre.

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