Luis Scola, Andrés Nocioni, Carlos Delfino y Emanuel Ginóbili fueron los cuatro sobrevivientes de la Generación Dorada que jugaron en Río para acompañar a una nueva camada de jugadores y firmar su despedida, salvo Scola que todavía tiene nafta. Hoy es momento de agradecerles y despedirlos. 

Son leyenda

Nicolás Bruno @NicoJBruno

28 DE MARZO DE 2018

Que la Generación Dorada, la camada más prestigiosa del básquet y, por qué no, del deporte argentino, tuvo su última aparición, no es noticia. Las palabras no pueden cumplir el propósito de detallar el legado de un seleccionado brillante desde lo técnico, pero sorprendente desde “el Alma”. Su juego fue la base para que el básquet argentino sea tenido en cuenta en todo el mundo. Pero su corazón revolucionó no sólo el monopolio estadounidense en FIBA, sino también la perspectiva de la liga más exclusiva, la NBA.

El olimpismo no es un licuado de deportes que se practican en tres semanas cada cuatro años, sino una ideología que ofrece la competencia sana como pilar del deporte. Como todo atleta y todo récord batido en cada juego, el paso del tiempo acabó con la presencia de cada uno que aportó en la construcción de esta generación. No obstante la esencia de sus triunfos es lo que corresponde atesorar. Desde el primer entrenamiento juntos en 1997, hasta el último encuentro olímpico 19 años más tarde, la Generación Dorada honró esta ideología de punta a punta. La motivación, energía que permite alcanzar objetivos, levantó cuerpos deteriorados para que cada año sólo sea reflejado en la experiencia, y no en la vejez.

Cualquier amante del básquet entiende su valor absoluto, pero la intención es ubicarlos en el pedestal que merecen frente a la minoría que los ignora, o simplemente desconoce. Se podría enaltecer el subcampeonato de Indianápolis 2002, cuando vencieron por primera vez a Estados Unidos. Ni hablar del Oro en Atenas 2004, tras haber sido verdugo del Dream Team en semis. Incluso es una prueba de la persistencia aquel bronce y diploma en Beijing 2008 y Londres 2012, respectivamente. Pero no, esta camada de “El Alma” fue mucho más que oro, laureles y anillos de campeón.

Una familia por definición es un grupo de personas con un parentesco de sangre o legal, pero si existiera un apartado que explicara esta Generación Dorada partiría de sus cuatro padres fundadores, que parecían ser eternos. La obtención de medallas, diplomas y reconocimientos fueron logros colectivos primordiales para formar un linaje. Pero su obligación individual radicó en mantener ese espíritu deportivo defendido por el olimpismo, enaltecerlo para formar campeones que se codeen con los mejores de la NBA. Porque sin importar los nombres que vengan, su tarea era formarlos para cuando ya no estén. La Confederación Argentina de Básquetbol firmó un acuerdo con la NBA para entrenar juveniles argentinos, lo que hubiera sido utópico sin los súper-poderes de los cuatro fantásticos.

Campeón no se nace, se hace. Se aprende y crece día a día. Ese es el legado que los líderes sustentaron. La experiencia y categoría conceden títulos, la perseverancia y valores, respeto. Esta vez su objetivo no fue el éxito, sino la evolución del futuro del básquet argentino, para que sus sucesores cumplan su sueño y puedan integrar los equipos más exitosos del mundo, como ellos consiguieron. Los cuatro fantásticos no podían despedirse de otra manera que frente a Estados Unidos, y hoy sólo queda honrarlos para enfatizar su grandeza, porque nombrarlos no fue necesidad. La gente se expresó cada partido en el Arena Carioca 1 y coreó su nombre para inmortalizarlo. Gracias Manu, Luifa, Chapu y Carlos. Juntos hicieron historia. Juntos, son leyenda.

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