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Sin importar el odio del pasado, toda la ciudad está a sus pies./NBA

La redención del rey del básquet

Para ser campeón con Cleveland, LeBron James primero tuvo que transitar tortuosos caminos que hoy lo llevan a hacer historia a lo grande.

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Mariano Nullo (@mnullo)
28 de Junio de 2016

Una pelota naranja pica en el cemento de una cancha pintada a medias en las calles de Akron, Ohio. Los chicos ya volvieron de sus escuelas y el punto de encuentro es ese rectángulo con dos aros a 3,05 metros de altura. Se divierten, pero hay uno que no sólo hace eso, sino que también deslumbra a todos los presentes. Un joven LeBron James lanza la pelota y encesta. Vuelve a lanzar y vuelve a encestar una y otra vez. Encara el aro, pega un salto y suelta la pelota, la cual siempre lleva el mismo destino. Los pibes se miran entre ellos. Son los primeros testigos del fenómeno que aún estaba lejos de ser lo que es hoy.

Nacido y criado en un entorno humilde y de baja clase social, la historia de LeBron James con el básquet comenzó de niño. A los 9 años ya estaba con una pelota en sus manos y, a pesar de sus reiteradas mudanzas, él era el mejor en cualquier barrio al que iba. Los años fueron pasando y sus primeros entrenadores no tardaron en ver que aquel chico que tenían ante ellos era verdaderamente algo increíble. En su época de adolescente, LeBron deslumbraba en el básquet de institutos secundarios. Premios de “Mr. Basketball” y su apellido en el primer puesto de todas las estadísticas fueron un pasaje asegurado para el Draft de la NBA, lo cual se transformó en realidad en 2003. La primera elección le correspondía a los Cavaliers de Cleveland, donde James comenzaría a escribir sus primeras páginas en la liga más importante del mundo.

No hay dudas de que la llegada de este alero de Akron a la NBA no fue igual a la de cualquier otra promesa. Todavía no había jugado su primer partido en la liga y LeBron ya tenía firmado un contrato multimillonario con Nike. Todas las cámaras, micrófonos y flashes estaban encima de este joven de 18 años, quien tuvo que madurar de golpe y aprender a manejar la fama que traía consigo el hecho de ser considerado “The Chosen One” (El Elegido). En su primera temporada, James no defraudó. Rompió récords y se quedó con el “Rookie del Año”, premio que se entrega al mejor jugador joven de la temporada. Aun así, Cleveland no redondeó una temporada meritoria de Playoffs, y los sueños del 23, número de camiseta que escogió en honor a su ídolo, Michael Jordan, quedaron en la nada.

Los años en Cleveland fueron sucediéndose. La figura de LeBron se agigantaba cada vez más y más. Ya instalado definitivamente como el jugador franquicia de los Cavaliers, se esperaba que James tome los hilos del equipo. Una tarea que, para un jugador de tan sólo 20 años, podría llegar a ser demasiado peso. Otro año sin Playoffs significó para el alero una gran decepción. Que era demasiado individualista. Que estaba sobrevalorado. Que no entendía que al básquet se juega de manera colectiva. Estas y otras críticas cayeron sobre los hombros de LeBron, y sus actitudes de supuesto egocentrismo comenzaron a rondar por todos lados. Mientras, él se mantenía como una esponja. Absorbía y absorbía. Su respuesta iba a ser en el parqué. De la mano de su figura, Cleveland alcanzó en 2007 la clasificación a las Finales de NBA por primera vez en su historia. James se sentía fuerte, confiado, pero iba a tener que seguir esperando. Se encontró con una paliza propinada por los Spurs de San Antonio. 4-0 fue el resultado de la serie, y una nueva desilusión.

Tres temporadas más en Ohio, en las cuales sus intenciones siempre fueron sepultadas en los Playoffs, significaron para LeBron un punto de quiebre. Su valía estaba siendo cuestionada. Su actitud ganadora no se reflejaba en su palmarés. Quien hace un par de años era visto como el heredero de Michael Jordan, para 2010 comenzaba a transformarse en una mera insinuación, al no poder coronarse campeón. “Dice que se va para ser tratar de ganar”, publicó The Bleacher Report, uno de los más grandes sitios deportivos de Norteamérica, cuando la noticia de que James se iba de los Cavaliers se volvió realidad. A partir de aquí, su relación con Cleveland giró. Fotos de camisetas en llamas con su 23 estampado comenzaron a circular. Los fanáticos se sintieron traicionados por su ídolo.

Miami fue la nueva ciudad de la estrella, quien se rodeó de dos grandes basquetbolistas como Dwyane Wade y Chris Bosh. En su segunda temporada en el Heat, LeBron iba a sacarse las ganas y llegaría la hora de su merecida consagración. Se encontraba en un momento increíble. Se lo veía físicamente impecable, a tal punto que parecía imposible pararlo cuando se proponía atacar el aro. Con él como estandarte, Miami alzó en 2012 el trofeo de la NBA. Casi diez años después de su debut, llegaba el primer anillo para James. Ya su nombre se encontraba en las páginas doradas de la liga, pero eso no era suficiente para él. A LeBron un solo título no le alcanzó. En la siguiente temporada, su nivel creció aún más y encabezó un equipo que supo vencer a San Antonio en las Finales y coronarse campeón por segunda vez consecutiva. El objetivo ya estaba cumplido. Ya no se trataba de una simple promesa. LeBron James era una realidad. Se trataba del mejor jugador de básquet del planeta.

Pero las estrellas, además de títulos, necesitan proezas, hazañas. Tal es así, que el alero se propuso lograr una. Quería dejar marcado por siempre su nombre. Todo lo bueno que vivió en Miami era parte de su vida, pero aún había una herida que no cicatrizaba. Había una ciudad que veía cómo el chico que creció en sus calles, ahora triunfaba en otro lado. Cleveland se sentía devastada. James se convirtió en agente libre y tomó la decisión de volver a su hogar. De pisar Cleveland de nuevo, y hacerlo para lograr lo que no pudo de joven: ser campeón.

La vuelta del hijo pródigo fue en la temporada 2014-15. Los Cavaliers estaban fuertes. Con pie firme se abrieron paso hacia las Finales. Pero allí, la bestia creada por Steve Kerr y conducida por Stephen Curry, llamada Golden State Warriors, le puso fin a la ilusión del Rey. Una vez más, la derrota. Una vez más, el dolor. Una vez más, las críticas. Peleas con sus compañeros, con el entrenador, narcisismo e individualismo. Todas estas cuestiones envolvían a LeBron, quien no hacía más que nadar en un mar de bronca.

Este año, la situación fue la misma. Como si estuviera escrito desde siempre, otra vez se veían las caras Cleveland y Golden State en la final. La historia es reciente y conocida. James logró lo que nunca jamás nadie había hecho: dar vuelta un 1-3 en una serie de Finales. Se cargó el equipo al hombro. Se cargó la ciudad al hombro. “¡Tapa de James!”, fue el grito que soltó Alvaro Martin, relator de ESPN, y que quedará para siempre en la memoria de todos, cuando a segundos de terminar el partido, LeBron metió un tapón épico ante lo que parecía la caída de su equipo. El 23 se tira al suelo y llora. Cleveland es campeón de la NBA. Quienes lo criticaron, hoy lo ensalzan. Quienes quemaron sus camisetas, hoy lo ovacionan. Porque las estrellas son así: siempre tienen su redención. Por más que aparezcan hombres como Stephen Curry o Kevin Durant, LeBron siempre está ahí, demostrando su regularidad, su excelencia. Es el basquetbolista más completo del momento, y ahora tiene en su mano el anillo, y lo tiene en Cleveland, la tierra prometida. La historia de LeBron James está hecha para llegar a lo más alto, y sin dudas que Michael Jordan le guarda un lugar muy cerca suyo en el Olimpo del básquet.

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