La historia de un rey que brilló en sus inicios pero luego huyó de su dominio para finalmente regresar cuando ya era invencible.  

El emperador James XXIII

Nicolás Bruno (@NicoJBruno)

28 DE MARZO DE 2018

En 2003, hacía casi cuarenta años que Cleveland, cuna del rock and roll, no festejaba un título. Ni los Browns, en fútbol americano, los Indians, en béisbol, ni mucho menos los CAVS, en una NBA siempre dominada por Boston, Los Ángeles, Chicago y San Antonio podían romper el maleficio. Pero alguien debía subirse al caballo, flameando el estandarte clevelander, para poner el vino y el oro en lo más alto del mundo. Por haber defendido el verde y blanco de los Irish, en el St. Vincent – St. Mary High School, se dice que los astros indicaban que los colores de los Celtics pintarían su corazón. Pero un caballero siempre recuerda sus raíces, y no había otro posible para encargarse de la tarea en Cleveland. El rey, “el elegido”, como lo apodaban en la universidad, LeBron James.

Sigamos jugando a dejar esta época, aunque sea por un rato. Viajemos a la edad media, hasta los tiempos de los hombres a caballo, del vino, del oro, de los reyes que lideraban sus ejércitos por amor a su pueblo, a su trono. Por suerte para nosotros, no es necesario estudiar el siglo V, a los bárbaros, viajar al imperio carolingio o analizar los problemas económicos que generó la burguesía.

Estamos a quince horas de las tierras del rey James. A dos aviones y una escala del pueblo que rugió en sus calles al son de un ejército de gladiadores, de verdaderos “Cavaliers”, que venció a los guerreros de San Francisco, que habían mostrado ser los mejores de la temporada. Pero como todo trono, a “James XXIII” le costó construirlo, dominar no sólo a su feudo, quien lo adoptó como propio tras su nacimiento en Akron, un pueblo aledaño, pero lo detractó cuando eligió la lujuria de Miami, sino ser amo y señor de toda la liga, la de las estrellas.

Muchas veces creemos que la historia es una línea de tiempo trazada por una regla de quince centímetros, en la cual la edad media siempre es ignorada. Los historiadores la consideran una época oscura, igual que los contemporáneos a Jordan consideran el básquet moderno, con una ofensiva muy explosiva y el tiro de tres puntos en demasía. La transición post-MJ era liderada por un Kobe Bryant inmaduro, en donde incluso Argentina se animaba a atacar al Dream Team y se consagraba oro olímpico. Pero un año antes todo había vuelto a la normalidad, sólo que nadie lo sabía. Si hoy debiéramos trazar esa misma paralela con una regla para establecer las “edades del básquet”, no hay dudas que un punto de inflexión hubiera sido el 2003: el debut de LeBron James.

Con su carácter atrevido y atlético fue el señor feudal de aquel Cleveland paupérrimo y lo llevó a las Finales en 2007. Sin embargo, como en antaño, el alto clero cacheteó a quien quería revelarse frente a los estamentos sociales: San Antonio 4-0 Cavaliers. A pesar de la derrota, LeBron se ganó con honores su apodo: el Rey James dominaba de punta a punta la liga. Pero como todo poder, siempre es necesario más. La corona sin anillos no significaba nada, por eso se fue a Miami, lo que ocasionó el peor castigo medieval.

En una sociedad dogmática, totalmente fiel a los principios de amor y sentido de pertenencia, el menos esperado para sublevarse era el Rey. Un hereje era quien estaba en contra de estos valores, y la Iglesia lo enviaba a la hoguera. Cleveland, digna urbe de los caballeros del medioevo, castigó de manera fatal a su Rey. Incluso el alto clero, Dan Gilbert, dueño de los Cavaliers, calificó como desleal la acción de James y manifestó que había hecho lo que nadie quiere que sus hijos aprendan. King James fue enviado a la hoguera medieval, pero del siglo XXI, la de los fanáticos quemando su camiseta y tratándolo de desertor.

El regreso más esperado fue bienvenido por el feudo clevelander. El retorno del Rey omitía su título de herejía, o se traspasaba a la “ciudad mágica” donde también se revelaron ante la decisión de su alteza, y esperanzaba a todo el pueblo vino y oro. Un estandarte se elevó en el castillo Quicken Loans, que lo esperaba con los brazos abiertos para las batallas más arduas de toda su historia. El Rey recuperó su trono por defender su escudo y volvía a casa para dirigir el ejército y a “Uncle Drew”, el caballero más joven y talentoso, en las cruzadas frente a los guerreros de la Bahía.

Pero era allí, en la costa oeste, que un imperio se erguía. Su líder, Chef Curry, dominaba absolutamente la liga y se volvía el guerrero más temido del pacífico. El Rey James no recordaba, pero en Akron ya se hablaba de un heredero. Stephen y sus francotiradores decidieron desafiar el trono, para mostrarle que no estaba solo en el exclusivo universo de la NBA. Seis cruzadas le bastaron a los de San Francisco para dominar el mundo medieval y dejar a LeBron sin anillo y con la corona tambaleando.

Dos batallas más durante el año vieron caer derrotado al pueblo clevelander. Fueron dos palizas que ponían en cuestión no sólo a la nobleza, sino al alto clero, la iglesia y el Rey. Allí fue cuando James se acordó de sus ancestros, viajó al pasado para recrear a Carlo Magno, quien, como autoridad máxima de los francos, defendió al papa tras la rebelión en Roma y fue coronado emperador de los romanos. Así, el Rey amparó a los suyos y protegió a Tyron Lue, el entrenador, como Magno lo había hecho con Leon III, y se proclamó emperador del este.

LeBron absorbió las críticas e instruyó a su caballero Kirye Irving a comprender que su legado sólo prevalecería si juntos vencían a Chef Curry y compañía. Con la bandera vino y oro flameando en su armadura, no tuvo problemas en ser la mano derecha del Rey en las cruzadas que los encontraban a punto de ser derrotados. El caballero más talentoso, el señor feudal más importante, fue la rueda de auxilio para conseguir el anillo en la última cruzada en Oakland. El noble Irving ocupó el trono que quedó libre en Cleveland cuando el Rey hizo historia al ofrecerle a su pueblo la histórica victoria. Así “el elegido” se convirtió en el Emperador James.

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