El Equipo repasa la trayectoria del piloto de Turismo Carretera más exitoso y trascendente de todos los tiempos. Su legado, la relación con su hermano,los detalles de su personalidad y su trágico desenlace. Perfil del hombre que con su personalidad apaciguada y humilde logró ganarse el corazón de los argentinos.

Juan Gálvez, el más grande de todos los tiempos

Federico De Andreis y Agustìn Stella.

28 DE MARZO DE 2018

"Fue, como siempre, el destino. Que no tiene en cuenta ni las estadísticas. Que no respetó nueve campeonatos y 56 victorias. Ni la vida de un hombre de bien. Correcto, simple, honesto, educado. Cuya única manifestación antes de cada triunfo era un brazo en alto y una sonrisa leve con la cabeza inclinada mirando el suelo. Como los grandes”. Con esta claridad y sensatez describió el periodista Juan Carlos Pérez Loizeau al mejor corredor de la historia del Turismo Carretera, el más campeón de todos.

Juan Gálvez ahorró, junto a su hermano Oscar y a escondidas de sus padres, para comprar un Ford-T modelo 1927. Con lo que les sobró, abrieron un taller mecánico en Avenida Gaona al 600. Era el primer acercamiento hacia el mundo fierrero.

Antes de cumplir los 21 años, falsificó su documento y utilizó el seudónimo Cito para inscribirse como copiloto en las Mil Millas de 1937. Cuatro años después, ya compitió como piloto. Junto a su hermano Oscar, se alternaban en la conducción y corrían una carrera cada uno.“Era muy trabajador, de firmes convicciones. Siempre hacía lo que quería, vivía a fondo”, lo describía Oscar, su hermano.

Se esmeraron en no desatender el taller porque el mismo les facilitaba el sueño de seguir en el mundo del TC y en su primera carrera individual, terminó en el segundo puesto detrás de Juan Manuel Fangio. Los cinco años en los que la Segunda Guerra Mundial suspendió la actividad automovilìstica (1942/1947), Juan Gálvez aprovechó para despegarse de Oscar y la rivalidad –leal, siempre- entre hermanos se convirtió en un mito del automovilismo.

Se entendían y habían crecido con el mismo sueño, pero las personalidades de ambos eran muy distintas. Juan se mostraba como un hombre introvertido, de pocas palabras y desinteresado a la hora de demostrar su carisma. Cerebral y metódico tanto en la vida como arriba del auto, sus colegas lo definían como un estratega y estudioso. Preciso observador hasta del más mínimo detalle técnico y reglamentario, se las ingeniaba en cualquier superficie. Ganó en montañas, autódromos, Grandes Premios. Consiguió 56 victorias en 13 temporadas del de TC y ganó nueve títulos, una marca impactante que hoy sigue causando admiración.

Fue campeón en los años 49, 50, 51, 52, 55, 56, 57, 58 y 60. Una racha extraordinaria que sólo pudo cortar su hermano Oscar, ganador en el 53 y 54, y Rodolfo de Alzaga, en el 59, año en que Juan perdió el campeonato solo por medio punto. De los 16 Grandes Premios que corrió, venció en 5 y se adjudicó 31 etapas. Un dominio abrumador. Y a pesar de sus reiterados festejos, jamás tuvo una declaración fuera de lugar o algún gesto de soberbia. Al contrario, siempre mantuvo un perfil bajo y una humildad admirable. Su único gesto luego de cada carrera ganada era su sonrisa con el bigote perfectamente cortado y su cabeza

Fue el 3 de marzo de 1963 cuando se corría la decima vuelta en Olavarría que Juan perdió el control de su auto en el Camino de los Chilenos y, luego de cinco tumbos, salió despedido por el parabrisas. Juan tenía temor a morir quemado y por eso nunca usó cinturón de seguridad. Eso fue lo que le costó la vida.

Juan, ¿para qué vas a ir a Olavarría? Pero ¡no! Como siempre, no contestó. No dijo ni una sola palabra y fue a hacer lo que quería”. Fue uno de los muchos lamentos que tuvo Oscar por su querido hermano. La frase sirve para mostrarnos exactamente como era Juan, un hombre de firmes convicciones, que iba para adelante y nunca dejaba pasar un desafío.

Aquella tarde en Olavarría se escribió una de las fechas más tristes de la historia del automovilismo argentino. Junto con su vida se iría una época dorada de la categoría. Se venía el fin de las Cupecitas, del fin del Turismo Carretera más entrañable... el fin de la era Gálvez.

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