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Mirochnik haciendo lo que más le gusta.

AMIA, estoy vivo

A 23 años del atentado que sufrió la Asociación Mutual Israelita Argentina, Alejandro Mirochnik nos cuenta cómo sobrevivió a aquella catástrofe y cómo se convirtió, a pesar de su pequeña discapacidad, en un reconocido deportista del mundo del triatlón.

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Juan Pablo Santillán
19 de Julio de 2017

Sobrevivió a uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en Argentina atrapado dentro de un ascensor, su pierna derecha le quedó dos centímetros más corta que la otra, y aun así ha participado de muchísimos triatlones y de diez ironman que es la prueba máxima de un triatlón y consta de 3,86 kilómetros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42,2 kilómetros de maratón. Alejandro Mirochnik es un claro ejemplo de vida y superación.

-¿Cómo surgió lo del triatlón?

-Cuando cursaba el primer año del profesorado de educación física, Ernesto Barrionuevo, un maratonista tucumano, fue mi padrino educativo. Él fue quien transformó mi forma de vida y quien me hizo correr, correr y correr. Cuando estaba en cuarto año, él me invitó a pasear a Villa Gesell junto a un amigo en común llamado Pedro. En el viaje de ida me contó que había un triatlón, justo habíamos llevado las bicicletas. Íbamos a competir, Ernesto y yo nomás. Pero cuando fuimos ese sábado por la mañana a inscribirnos, nos dijeron que había que meterse mar adentro y él no se animó. Entonces me prestó su bicicleta, que era mejor que la mía, y así participé de mi primer triatlón. Nadé 1500 metros, pedaleé 40 kilómetros y por último corrí 1500 metros, en tres horas y media. Fue un esfuerzo supremo. Una locura. Pero ahí nació mi amor por el deporte. Ernesto fue quien me regaló la educación física y fue quien me hizo conocer el mundo del atletismo y del triatlón.

-¿En tu familia habían deportistas?

-No tenía familia deportista. De chico jugué al fútbol amateur. Mi hermano era y es muy futbolero. Mi padre no me transmitió esas ganas de hacer deporte.

-¿Le inculcaste a tu familia el amor por el deporte?

-Si, a raíz de mi ingreso a la educación física, empecé a conocer el mundo del deporte y de la alimentación, y se la transmití a mis padres. Mi papá era una persona que creía que la cena sin carne no era cena. Entonces le empecé a contar a mis padres sobre los hidratos de carbono, las verduras y otros alimentos, y que esta bueno equilibrar. También les inculqué el correr. Con mi papá, mi mamá y mi hermano solíamos correr; mi hermano se enganchó con el triatlón, pero se apasionó por el maratón, corrió más de 30 maratones, tres ironman y muchos triatlones. Mi papá ya está en el cielo hace cinco años, pero murió corriendo, siempre le apasionó correr. Mi madre dejó porque ya no le dan las piernas, tiene 75 años. Pero es un deporte que siempre nos apasionó a los cuatro. A raíz de mi profesorado y mi docencia (lleva 25 años en la docencia), con el correr de estos 30 años, mucha gente se ha enganchado con el deporte que yo les transmito. Más de 100 personas compiten en los triatlones porque yo les he ayudado; les presté bicicletas, les inculqué el deporte, hay mucha gente que aprendió natación conmigo porque he trabajo muchos años con la natación. Han sido los deportes que me dieron vida, fuerza, y siempre trato de transmitírselo a los demás a través del placer que me genera. Es muy contagioso. Me siento un vendedor de ilusiones y un transmisor de este deporte que es tanto el atletismo como el triatlón.

-¿Cómo arrancaste y transcurriste aquel 18 de Julio de 1994?

-El 18 de julio de 1994 fue una mañana como todas, yo trabajaba como archivista en el área de prensa de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentina (DAIA) por recomendación de amigo de mi papá que trabajaba ahí. Desde mi domicilio en Mataderos, iba en una mountain bike como parte de mi entrenamiento. Me levantaba a las 7.30 de la mañana e iba desde General Paz y Alberdi, hasta Pasteur y Corrientes, ese recorrido lo hacía todas las mañanas. Llegaba, me cambiaba y me ponía a trabajar, después a la tarde me iba a nadar y a la nochecita corría. Así eran mis días en esa época del año. Llegué a las de la AMIA, me cambié, dejé mi bicicleta, salí, tomé un paquete de diarios y volví. Entré yo solo al ascensor central y al tercer o cuarto piso sentí que se me desgarró el ascensor. Caí y golpeé; quedé consciente pero sentía un dolor muy grande en mi pierna derecha. No había luz. Toqué y sentí entre mis piernas una biga (yo creía que eso era la biga que me apretaba). Dejé que pase el tiempo mientras escuchaba gritos. Yo en todo momento creía que se había caído el ascensor, tenía paciencia, solamente recé un padre nuestro; sabía que los de la planta baja me iban a rescatar. Se escuchaban mazazos, bomberos y helicópteros, mientras me imaginaba, al mejor estilo McGiver, saliendo de esa forma. Pasaban los minutos y nada. Me oriné encima de la necesidad que tenía, pensaba en los triatlones, en mi sueño de correr mi primer ironman, hasta que llegó el momento en el que surgió una luz. Me paré y noté que tenía la pierna totalmente quebrada. La biga había generado un agujero por el cual me volqué y me escapé del ascensor. Trepé por los huecos (a esa altura estaba en el sótano), grité: “¡Auxilio! ¡Socorro!”, y por suerte me escucharon los bomberos. A las 15 tuve contacto con gente y me dijeron que tenga paciencia, que me quedará tranquilo; pero lo peor fue cuando me contaron que había ocurrido un atentando y que todo el edificio estaba molido; ahí cambió mi cara. Estábamos a dos metros de distancia, había que sacar cascotes gigantes, mientras tanto me tiraron una manguera con agua y otra con oxígeno. A las 18, hicieron un agujero; me tiraron una soga, me la até a la cintura y me sacaron. Cuando salí me pusieron un cuello ortopédico, entre cinco bomberos me subieron a una camilla, me ataron y me llevaron por un caminito, mientras yo miraba todo lo sucedido a mí alrededor. No lo podía creer. Era impresionante. Me llevaron al clínico que estaba a tres cuadras. Allí, en traumatología, me desvistieron, me miraron la pierna y me dieron calmantes. Estuve 28 días con la pierna levantada. Me la estiraron, me la enyesaron pero, sobre todo, me la salvaron. Yo siempre propuse que no me la quiebren. Ellos, al principio, querían amputarla o ponerle clavos. Yo les decía que me la dejen así que tenía que correr. “No corres más”, me decían.

-Mientras estabas atrapado dentro del ascensor, ¿tu familia qué hizo?

-Mi papá y mi hermano estaban en sus respectivos trabajos cuando sucedió el atentando. Llegaron a las 13, vieron como sacaban a todos los muertos y avisaban por parlantes a los que rescataban. Ellos se fueron a Ayacucho, ya que ahí avisaban a qué hospitales había que ir para buscar información. Mi papá visitó los hospitales pero a mí no me nombraban en ningún lado. A las 17 avisaron que estaba vivo pero no dijeron en dónde estaba, todavía estaba en el ascensor. A las 18.30 me pasaron en Canal 13, pero mi papá, mi hermano, mi prima y cuatro amigos, que estaban en un café cerca de la AMIA, me vieron y no se dieron cuenta que era yo, excepto por uno de mis amigos que pensó que podía ser yo, pero no dijo nada. En ese momento, fingió ir al baño y en realidad cruzó la avenida y fue a emergencias. Ahí me encontró, me dio un abrazo y le fue avisar a mi familia. Paralelamente, mi papá tenía un hermano trabajando de mozo en el primer piso de la AMIA pero a él lo encontraron a los dos días, sin vida. Era doble la desesperación.

-¿Qué crees que sucedió esa mañana en la AMIA?

-Yo creo que fue una muy buena planificación. Seguramente fue esa Traffic de la que se habla. Tengo contacto con un periodista que realizó investigaciones y por lo que me contó si fue una Traffic que explotó; también pienso en que la AMIA fue dinamitada por la forma en la que cayó el edificio; por aquel entonces estaban haciendo trabajos de renovación institucional las 24 horas en tres turnos, yo creo que alguno se habrá colado y habrá puesto bombas en el edificio.

-¿Cómo afrontaste la recuperación?

-Me diagnosticaron fractura múltiple de tibia, peroné y atrásgalo conminuta. Tuve que esperar más de un año para que se pegue. Tengo la pierna derecha 2 centímetros más corta que la izquierda, toda dura, el tobillo no se mueve, perdí el talón y uso una plantilla. Me duele mucho en días de humedad, pero lo importante es que no me lo sacaron. Mi pie quedó lo más normal posible; puse voluntad, seguí haciendo deporte. En mi primer año de recuperación caminé mucho gracias a la ayuda de Guillermo Candía, un especialista en calzado que me hizo una plantilla de goma espectacular.

-¿Cómo fue tu vuelta a las competencias?

-Al año siguiente había un triatlón en Chascomús. Les dije a mis padres que me lleven porque tenía ganas de participar. Hacía poco tiempo que me habían sacado el yeso; ya nadaba y pedaleaba con el yeso igual. Fui a un especialista y le pregunté si con muleta podía caminar rápido y me dijo que sí, así que con mi familia nos fuimos a Chascomús. Nadé y pedaleé muy bien, y cuando me bajé a correr, mi padre fue a la par mía. A la vuelta le di las muletas y caminé, fue la primera vez que volví a caminar sin ayuda; ahí me di cuenta de que iba a seguir haciendo triatlón. Fue hermoso, emocionante. Lloré mucho. Mis padres estaban muy emocionados y, de ahí en más, nunca dejé de correr triatlón, y lo voy a seguir haciendo hasta que dios me lo permita.

-¿Cómo convivís con el recuerdo de aquel día del atentado?

-El recuerdo es diario. Cada vez que me pongo las zapatillas para correr está el recuerdo, va a vivir conmigo, es un dolor intimo muy profundo. El dolor de la pérdida. Yo siempre digo que Alejandro Mirochnik se murió el 18 de julio y el 18 de julio nació un nuevo. Murió un Alejandro mucho más ingenuo, más tranquilo, más relajado, más alegre, y renació un Alejandro, más terco, más duro, más agresivo, menos sociable, pero mucho más voluntarioso. Me enojo conmigo mismo cuando me duele mucho el pie o cuando me caigo, me da angustia y hasta lloro. Y después viene el “y bueno pero te salvaste”. El destino me salvó. Siento un dolor permanente.

-Desde aquel día, ¿cómo vivís los 18 de julio?

-No hago homenajes. Me quedo en casa, me relajo, rezo un padre nuestro, lloro, le agradezco a Dios que estoy vivo y le agradezco que todo sigue normal.

-¿Qué sentís al recibir reconocimientos por lo ocurrido?

-Yo interpreto que no me dan el premio por lo de la AMIA. A raíz de eso ese Alejandro Mirochnik que nació más revoltoso, más movido, más sacrificado y con mucha más voluntad, le demostró a la sociedad que se puede seguir a pesar de la desgracia. Desde 1998, estoy educando a chicos con discapacidades, dándoles clases de educación física. Yo les enseño cómo moverse mejor y ellos me enseñan cómo se puede vivir con una discapacidad. Esos premios que recibo son al sacrificio, a la voluntad.

-Últimamente en distintas partes del mundo hubo muchos atentados, ¿qué pensas de estas catástrofes comparándola con la que sufriste?

-Asusta. Pero hay que seguir pensando en que todo va a estar mejor, por suerte no me quedó ningún problema psicológico de tenerle temor a algo; no le tengo miedo al ascensor, no le tengo miedo a un accidente, aunque sí al caerme.

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