Estados Unidos, Canadá y México fueron elegidos el miércoles para albergar la Copa del Mundo dentro de ocho años. La votación fue otra maniobra más de la FIFA para seguir explotando su negocio.

Así la FIFA juega el Mundial

Rodrigo Cervantes

28 DE MARZO DE 2018

Tras las desastrosas designaciones y posteriores realizaciones de los últimos cuatro Mundiales -2010, 2014, 2018 y 2022-, la FIFA eligió a la triple candidatura norteamericana para organizar la Copa del Mundo del año 2026. Al margen quedó Marruecos, el otro país que se había postulado para la votación y que buscaba conseguir el Mundial que le habían quitado en 2010. Después de mucho tiempo e incontables movimientos de dinero en el medio, se puede decir que la FIFA hizo una elección correcta.
La historia se repite cada cuatro años. En el congreso previo a la Copa del Mundo se vota de forma turbulenta la designación del torneo más importante, que se realizará dentro de ocho años. Con Joseph Blatter y Julio Humberto Grondona a la cabeza, la entidad madre del fútbol internacional compró elecciones de Mundiales y llevó a distintos países a crisis económicas y logísticas, que podrían haber sido evitadas.
Uno de sus peores proyectos fue el de Sudáfrica 2010. Debajo de la alfombra que representa ser la primera Copa del Mundo que se organizó en África quedaron los residuos de una votación ilegítima, ya que habían elegido como ganador a Marruecos -al cual lo recompensaron con los Mundiales de Clubes-, los inmensos estadios que se convirtieron en elefantes blancos, como el de Johannesburgo, y el fantasma del espacio para la comisión africana, que sólo sirvió como un efectivo medio para juntar votos a cambio de una falsa promesa de formar parte del interior de la FIFA. Fue también en 2010 cuando por primera y única vez se seleccionaron dos sedes para los años 2018 -Rusia- y 2022 -Catar-.
Después de Sudáfrica siguió Brasil, que también aprovechó las construcciones para ser sede de los Juegos Olímpicos en (Río) 2016. Los defectos de esta designación pasaron, primero, por una prematura investigación que definió un bajísimo presupuesto, lo que obligó al Estado brasileño a invertir mucho dinero en los estadios; también, se presentaron pésimas condiciones laborales que terminaron con un gran número de obreros fallecidos, y familias que aún hoy no han recibido un peso por la pérdida -aunque ningún monto de plata es capaz de reemplazar el valor de un ser humano-, expulsiones de poblaciones para levantar canchas en zonas amazónicas como Manaos y el hecho de que Budweiser, sponsor oficial del torneo, obligó a la presidenta Dilma Rousseff a modificar la constitución brasileña para permitir la venta e ingesta de alcohol en eventos deportivos. Los estragos de ese campeonato todavía siguen en las entrañas de un país que quedó al borde de una intervención de las fuerzas militares en el Estado.
Las problemáticas de la elección de la sede para la 21° edición del Campeonato del Mundo surgieron desde el descontento de Inglaterra, que había sido candidata, cuando promovió boicotear el Mundial por la situación del envenenamiento de un ex espía ruso. Theresa May, primer ministro del país británico, ya avisó que ningún miembro del parlamento ni de la familia real asistirán a la competencia. Además, el mayor inconveniente pasa por la opresión de los derechos que sucede en Rusia, principalmente con la comunidad LGBTIQ. La ironía en estado puro: FIFA, la entidad máxima del fútbol se regodea entre sus sermones de la inclusión, pero elije que el acontecimiento deportivo más importante se realice donde no hay libertad de expresión para diferentes comunidades y donde constantemente se discrimina a los habitantes de color.
Pasará Rusia y llegará el Mundial de Catar, el más polémico e injustificable de toda la historia. Con otra elección fraudulenta, sostenida con los petrodólares de los jeques árabes, la realización de este torneo todavía sigue en duda, aunque parecería ser que la FIFA otra vez tropezará con la misma piedra. Un obstáculo que ellos mismos se colocan.
El país asiático representa muchos problemas para el organismo y para la audiencia del fútbol. Es inimaginable que personas de todo el mundo puedan ir a Catar a vestirse como plazca y a consumir bebidas alcohólicas, promovidas por el ente organizador, en una cultura que no lo admite ni religiosa ni socialmente. La bomba, casi de forma literal, estalló cuando ocho países, entre ellos Arabia Saudita y Egipto, rompieron todas sus relaciones diplomáticas cuando se demostró que el gobierno catarí apoyó económicamente al terrorismo de la región.
La única opción que apareció como posible reemplazante de Catar fue la presentación en conjunto de Estados Unidos y México. La negativa de FIFA, que parece decidida a hacer el Mundial con los jeques, desembocó en la posterior elección del campeonato de 2026 en norteamérica, apoyada por figuras como David Beckham -quien también había sido promotor de Inglaterra para 2018-. Por lo que estos países no podrán ser la solución del Mundial 2022. Inglaterra tampoco es una opción, ambas por la misma razón: la repetición del continente en dos ediciones. La engañosa maniobra de la FIFA le cayó como anillo al dedo a todos los que hicieron negocios para la designación de Catar.
En el recuerdo apareció el Campeonato del Mundo de 1986; sí, la histórica gesta argentina en tierras mexicanas, que se iba a realizar en Colombia. En 1978, la entidad madre del fútbol había elegido al país cafetero para organizar tal torneo. Sin embargo, cuatro años más tarde, el presidente Belisario Betancur renunció a la candidatura del país explicando que “el Mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a la multinacional del Mundial”. Hasta ahora fue la única vez que ocurrió semejante situación, pero vale la pena soñar con que pasará lo mismo con el de 2022.
Antes de la próxima Copa del Mundo habrá que elegir el organizador del campeonato a disputarse en 2030. Como ya es de público conocimiento, el principal candidato y la opción que se perfila como la que será seleccionada es otra triple candidatura, esta vez sudamericana: Uruguay, Paraguay y Argentina. Pero el contexto social no sería el más favorable, aunque a la FIFA le encanta hacer negocios con países en situaciones complicadas.
El 25 de mayo pasado, la Secretaría de Deportes de la Nación decidió suspender su candidatura al Mundial de básquet que se iba a realizar -acordado de palabra- en territorio argentino y uruguayo. El Gobierno de la Nación decidió retirar su apoyo para el campeonato rioplatense por los cambios en el ámbito político.
Pero al pueblo le siguen tomando el pelo. Si por pedido del presidente Mauricio Macri en conjunto con Tabaré Vázquez -el máximo mandatario de Uruguay- eligieron para el bien del pueblo bajar el torneo de básquetbol, es irónico e insostenible que todavía quieran hacer el Mundial de Fútbol, para el cual deberían realizar remodelaciones más costosas, construcciones de estadios inmensos -como el que se proyecta para Santiago del Estero, sin previa investigación de la gente que habita en la provincia- y que posiblemente sea una reedición de la catástrofe de Brasil 2014.
Desde la inmersión del brasileño João Havelange, la FIFA empezó a ser el monstruo que todos conocen hoy, con las prolongaciones de sus discípulos Blatter y Grondona. Pero lo que no se puede explicar, o al menos entender en términos racionales, es el hecho de que los diferentes países subdesarrollados sigan siendo el anzuelo para la pesca de dinero de los negociantes del fútbol. La carnada siempre es la misma: el pueblo inocente.

Tras las desastrosas designaciones y posteriores realizaciones de los últimos cuatro Mundiales -2010, 2014, 2018 y 2022-, la FIFA eligió a la triple candidatura norteamericana para organizar la Copa del Mundo del año 2026. Al margen quedó Marruecos, el otro país que se había postulado para la votación y que buscaba conseguir el Mundial que le habían quitado en 2010. Después de mucho tiempo e incontables movimientos de dinero en el medio, se puede decir que la FIFA hizo una elección correcta.

La historia se repite cada cuatro años. En el congreso previo a la Copa del Mundo se vota de forma turbulenta la designación del torneo más importante, que se realizará dentro de ocho años. Con Joseph Blatter y Julio Humberto Grondona a la cabeza, la entidad madre del fútbol internacional compró elecciones de Mundiales y llevó a distintos países a crisis económicas y logísticas, que podrían haber sido evitadas.

Uno de sus peores proyectos fue el de Sudáfrica 2010. Debajo de la alfombra que representa ser la primera Copa del Mundo que se organizó en África quedaron los residuos de una votación ilegítima, ya que habían elegido como ganador a Marruecos -al cual lo recompensaron con los Mundiales de Clubes, los inmensos estadios que se convirtieron en elefantes blancos, como el de Johannesburgo, y el fantasma del espacio para la comisión africana, que sólo sirvió como un efectivo medio para juntar votos a cambio de una falsa promesa de formar parte del interior de la FIFA-. Fue también en 2010 cuando por primera y única vez se seleccionaron dos sedes para los años 2018 -Rusia- y 2022 -Catar-.

Después de Sudáfrica siguió Brasil, que también aprovechó las construcciones para ser sede de los Juegos Olímpicos en (Río) 2016. Los defectos de esta designación pasaron, primero, por una prematura investigación que definió un bajísimo presupuesto, lo que obligó al Estado brasileño a invertir mucho dinero en los estadios; también, se presentaron pésimas condiciones laborales que terminaron con un gran número de obreros fallecidos, y familias que aún hoy no han recibido un peso por la pérdida -aunque ningún monto de plata es capaz de reemplazar el valor de un ser humano-, expulsiones de poblaciones para levantar canchas en zonas amazónicas como Manaos y el hecho de que Budweiser, sponsor oficial del torneo, obligó a la presidenta Dilma Rousseff a modificar la constitución brasileña para permitir la venta e ingesta de alcohol en eventos deportivos. Los estragos de ese campeonato todavía siguen en las entrañas de un país que quedó al borde de una intervención de las fuerzas militares en el Estado.

Las problemáticas de la elección de la sede para la 21° edición del Campeonato del Mundo surgieron desde el descontento de Inglaterra, que había sido candidata, cuando promovió boicotear el Mundial por la situación del envenenamiento de un ex espía ruso. Theresa May, primer ministro del país británico, ya avisó que ningún miembro del parlamento ni de la familia real asistirán a la competencia. Además, el mayor inconveniente pasa por la opresión de los derechos que sucede en Rusia, principalmente con la comunidad LGBTIQ. La ironía en estado puro: FIFA, la entidad máxima del fútbol se regodea entre sus sermones de la inclusión, pero elije que el acontecimiento deportivo más importante se realice donde no hay libertad de expresión para diferentes comunidades y donde constantemente se discrimina a los habitantes de color.

Pasará Rusia y llegará el Mundial de Catar, el más polémico e injustificable de toda la historia. Con otra elección fraudulenta, sostenida con los petrodólares de los jeques árabes, la realización de este torneo todavía sigue en duda, aunque parecería ser que la FIFA otra vez tropezará con la misma piedra. Un obstáculo que ellos mismos se colocan.

El país asiático representa muchos problemas para el organismo y para la audiencia del fútbol. Es inimaginable que personas de todo el mundo puedan ir a Catar a vestirse como plazca y a consumir bebidas alcohólicas, promovidas por el ente organizador, en una cultura que no lo admite ni religiosa ni socialmente. La bomba, casi de forma literal, estalló cuando ocho países, entre ellos Arabia Saudita y Egipto, rompieron todas sus relaciones diplomáticas cuando se demostró que el gobierno catarí apoyó económicamente al terrorismo de la región.

La única opción que apareció como posible reemplazante de Catar fue la presentación en conjunto de Estados Unidos y México. La negativa de FIFA, que parece decidida a hacer el Mundial con los jeques, desembocó en la posterior elección del campeonato de 2026 en norteamérica, apoyada por figuras como David Beckham -quien también había sido promotor de Inglaterra para 2018-. Por lo que estos países no podrán ser la solución del Mundial 2022. Inglaterra tampoco es una opción, ambas por la misma razón: la repetición del continente en dos ediciones. La engañosa maniobra de la FIFA le cayó como anillo al dedo a todos los que hicieron negocios para la designación de Catar.

En el recuerdo apareció el Campeonato del Mundo de 1986; sí, la histórica gesta argentina en tierras mexicanas, que se iba a realizar en Colombia. En 1978, la entidad madre del fútbol había elegido al país cafetero para organizar tal torneo. Sin embargo, cuatro años más tarde, el presidente Belisario Betancur renunció a la candidatura del país explicando que “el Mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a la multinacional del Mundial”. Hasta ahora fue la única vez que ocurrió semejante situación, pero vale la pena soñar con que pasará lo mismo con el de 2022.

Antes de la próxima Copa del Mundo habrá que elegir el organizador del campeonato a disputarse en 2030. Como ya es de público conocimiento, el principal candidato y la opción que se perfila como la que será seleccionada es otra triple candidatura, esta vez sudamericana: Uruguay, Paraguay y Argentina. Pero el contexto social no sería el más favorable, aunque a la FIFA le encanta hacer negocios con países en situaciones complicadas.

El 25 de mayo pasado, la Secretaría de Deportes de la Nación decidió suspender su candidatura al Mundial de básquet que se iba a realizar -acordado de palabra- en territorio argentino y uruguayo. El Gobierno de la Nación decidió retirar su apoyo para el campeonato rioplatense por los cambios en el ámbito político.

Pero al pueblo le siguen tomando el pelo. Si por pedido del presidente Mauricio Macri en conjunto con Tabaré Vázquez -el máximo mandatario de Uruguay- eligieron para el bien del pueblo bajar el torneo de básquetbol, es irónico e insostenible que todavía quieran hacer el Mundial de Fútbol, para el cual deberían realizar remodelaciones más costosas, construcciones de estadios inmensos -como el que se proyecta para Santiago del Estero, sin previa investigación de la gente que habita en la provincia- y que posiblemente sea una reedición de la catástrofe de Brasil 2014.

Desde la inmersión del brasileño João Havelange, la FIFA empezó a ser el monstruo que todos conocen hoy, con las prolongaciones de sus discípulos Blatter y Grondona. Pero lo que no se puede explicar, o al menos entender en términos racionales, es el hecho de que los diferentes países subdesarrollados sigan siendo el anzuelo para la pesca de dinero de los negociantes del fútbol. La carnada siempre es la misma: el pueblo inocente.